La ciudad de los deseos y los delirios

Si Nueva York es el territorio narrativo de Paul Auster, si San Francisco se pobló de hipsters, beatniks y hippies gracias a Jack Kerouac, Nueva Orleans es el escenario donde Tennessee Williams hurga en los incendios del corazón, la locura y la liviandad. La ciudad que sobrevivió en agosto de 2005 a George W. Bush y al huracán Katrina se yergue otra vez como un refugio para las intensidades que brinda el jazz, la exquisitez francesa y la vanguardia creativa a orillas del Mississipi, ese río que brindó tantas historias de ímpetu y revelación a Mark Twain y William Faulkner.  A tres décadas de la muerte de Williams, acaecida el pasado 24 de febrero, y con motivo de un festival literario en su honor otra vez chirrían los tranvías que lo inspiraron.

La Nueva Orleans de Tennesse Williams

Herido de amor, Marlon Brando, ebrio y musculoso como un toro, aulla desesperado:

—¡Stellaaa, Stellaaa!

Y no anda pidiendo una de esas cervezas que corren por doquier en las barras de los bares de Nueva Orleans cada vez que hay carnaval o se celebra un Super Bowl, con apagón o sin él. No. Brando quiere que su amada lo acoja otra vez. Que lo quiera. Que lo chiquee. Vamos, lo que desea cualquier hombre cuando se enamora ciegamente y que Tenesse Williams retrata sin piedad en Un tranvía llamado deseo, esa pieza teatral que causó furor en Estados Unidos cuando se escenificó por primera vez en Broadway, el 3 de diciembre de 1947, y se multiplicó en presentaciones hasta llegar a la pantalla de la mano de Elia Kazan, quien también dirigió la puesta en escena, en 1951. El filme recibió 12 nominaciones a los Premios Óscar y ganó cuatro de ellos: Mejor actriz (Vivien Leigh), Mejor actor de reparto (Karl Malden), Mejor actriz de reparto (Kim Hunter) y Mejor Dirección Artística en Blanco y Negro. Y claro los escenarios son varios rincones del sector francés donde el mismo Williams vivió, imaginó y escribió su hipermelodrama y los tranvías son iguales a los que chirrían todavía por Saint Charles Street desde los años veinte del siglo pasado con sus rancios verdes o con esos rojos metales que crujen por Canal Street desde 1893.

Brando encarna a Stanley Kowalski, inspirado en un ex combatiente que conoció. Y la bella Leigh es Stella DuBois, la amada gritada. Todo va bien en la vida de ellos hasta que llega la hermana de Stella, Blanche, quien con sus delirios de grandeza y sus mentiras saca de quicio a Stan. Buenísima para criticar, Blanche le recrimina a su hermana que viva en la miseria al lado de un bruto, pero ella le oculta demasiadas cosas: que su marido se suicidó para ocultar su homosexualidad y que ella se acuesta con jovencitos o con quien se le apetezca.}

Marlo Brando. Un tranvía llamado deseo
Marlo Brando. Un tranvía llamado deseo

Williams suma conflicto tras conflicto y pone a luchar dos fuerzas opuestas que, finalmente, se atraen. Stan, la fuerza de la naturaleza y la hipervirilidad, y Blanche, la libertina que no se acepta como tal, llevarán al extremo sus emociones y Blanche terminará confesando:

—Siempre he dependido de la amabilidad de los extraños.

Stan, Stella y Blanche viven en Campos Elíseos, ubicado en Esplanade Avenuee, a un costado del sector francés y hasta él se llega por una ruta de tranvía llamada, precisamente, Deseo y que, por desgracia, no existe más. Pero hay otros sitios que permanecen como el restaurante Galatoire, abierto en 1905, que frecuentaba el también autor de La noche de la iguana y que forma parte de la segunda escena de la película.

Están también varias de las casas donde vivió Williams. La más recomendable para visitar está en el número 1014 de Dumaine Street, donde vivió de 1962 hasta su muerte en 1983. Se trata de una casa erigida en 1784 cuando los españoles dominaban la ciudad y Nuevo Orleans no era célebre aún por ese influjo francés que le imprimió, por igual, identidad y encanto.

Nacido el 26 de marzo de 1911 en Columbus, Mississippi, bajo el nombre de Thomas Lanier Williams, el ya ambicioso escritor se cambió el nombre cuando se mudó a Nuevo Orleans y se autonombró Tennessee en honor del estado donde había nacido su padre un vendedor de zapatos que le hizo la vida de cuadritos a su esposa, hija de un reverendo. Su tormentosa vida familiar siempre le sirvió como abono para su creación. Elia Kazan decía de él:

—Toda su vida está en sus obras y todo lo que hay en sus obras se encuentra en su vida.

Buena parte de sus rincones oscuros serán analizados en el Tennessee Williams Literary Festival (www.tennesseewilliams.net), que se realizará entre el 20 y 24 de marzo. Junto con Willliam Faulkner, quien también vivió aquí, Williams siempre estuvo fascinado ante su entorno y fue tolerante ante los excesos propios y ajenos que han llegado a considerar que todo en esta ciudad es super fácil y donde es mejor olvidarse de las precauciones.

Basta rondar el sector francés para cerciorarse de esa fama. Allí se puede corroborar que la crisis europea siempre provoca oleadas de emigrantes que buscan en Estados Unidos su Dorado y que los lugareños llaman sin contemplaciones “la invasión placentera” por la  “carne fresca”, ya que la procedencia de las chicas que bailan en el collar de bares que hay en Bourbon Street es tan variada como colores hay en un arcoíris. La que no es de Alemania es holandesa. Tampoco faltan las francesas ni las gélidas bellezas del este europeo: checas, húngaras, rumanas. Bueno, eso dicen ellas, porque cualquiera podría ser en realidad de Portland o Wisconsin. ¡Hasta de Dubai!

Tenesse. El escritor y su ciudad
Tenesse. El escritor y su ciudad

Sus nombres de batalla son tan exóticos o tan cándidos como algunos de los coctelitos que se beben en las penumbras del Tentaciones. Entre Olenka y Azul tropical, Joy y Bahama Mama, Praskovia y Crema de violeta, discurre la noche y sus caricias que ofertan a 100 dólares lejos de la vista de todos o 20 dólares en lo que dura una canción. Las chicas afroamericanas no sólo superan en número a sus colegas sino que también tienen precios más amigables para aquellos que están de paso y no se quieren ir sin probar el sabor de la noche en el fondo de sus labios. Y ellas siempre lo consiguen porque sus curvas bullen más porque son las que bailan en mayor número cual amsterdamnesas en las ventanas que dan a la calle.

Afuera del bar, bajo los balcones, es raro encontrar sobrios después de la media noche aunque seguramente de que los hay los hay. Parece el Mardi Gras, pero Rudolph Thomas, uno de los tantos músicos callejeros que contribuye sin miramientos al crepitar sonoro advierte que lo que se ve no se parece ni tantito a lo que en realidad ocurre durante el carnaval. El saxofonista advierte que ahora se puede caminar y beber sin derramar los vasos, que no hay tantas gallinitas por ahí y que él apenas ha ganado unos cincuenta dólares, pruebas todas de que es temporada baja. Entre tanta efusión, gritos y brindis, la policía montada vigila el orden y todos saben, al menos los estadounidenses así lo creen ciegamente, que aquí que están seguros y que nada alterará su afán bukowskiano.

Llega un momento en que las calles lucen solitarias y eso prueba que un nuevo día ha comenzado de la misma manera que arranca aquí: con liviandad y tolerancia hacia la resaca y el desvelo.

En el Hotel Monteleone, que opera desde 1886 por cuatro generaciones interrumpidas de descendientes de zapatos sicilianos, hay otra música y es la del jazz porque aquí se hospedaron grandes estrellas como The bird Charlie Parker y Louis Amstrong. Por su belleza y decorados este hotel ha sido set de varias películas y series televisivas. Los amantes de este género deberán venir al Festival de Jazz que se realizará del 26 de abril al 5 de mayo.

44.50 dólares vale hacer un recorrido por el fabuloso acuario ubicado en Canal Street y si uno sale de ahí con hambre y con las ganas de saborear alguno de esos pececillos es recomendable comer el plato estrella de la ciudad: langosta roja con salsa N´awlin, un camino de llamas como sostienen sus hacedores. Sobran los restaurantes donde probar esa delicia o bien ir al Mercado francés. Una caminata a la orilla del Mississipi avivará aún más el apetito y optar, al atardecer, pasear por el vapor Natchez, un barco del siglo XIX movido con aspas que agitan las aguas del viejo Mississipi, las mismas que contemplaron Mark Twain y William Faulkner más de una vez para inspirarse y escribir sobre los habitantes de una ciudad que se resiste a la mesura y el recato.

Arturo Mendoza Mociño/La Pared

One thought on “La ciudad de los deseos y los delirios

  1. Siempre es un gusto leerte querido Arturo. No conozco Nuevo Orleans, pero por lo que cuentas habrá que ir pronto contigo. Besos

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