Sabina, de vuelta a la superstición del infierno y en plena carrera rumbo a la redención, nos ha mostrado constantemente que el amor, el delirio, la incertidumbre del vacío total, el fracaso como forma de triunfo y los amores fugaces a la sombra de un sauce llorón o en mitad de la carretera, en el asiento trasero del coche, tienen, del lado de la poesía, su rostro de frustración y su imposibilidad de alcanzar eso que no sin pretensión llamamos plenitud. Historias de parejas desenfrenadas que después de una noche de orgasmo se dicen adiós, como si para el vampiro madrileño el amor fuera sólo una noche y el recuerdo de esa noche que pasados años y varias botellas de ron o güisqui reviven en una letra endemoniada y en una melodía crapulosa que ritman con la calentura que comienza en la entrepierna y termina cuando la madrugada vence a las ganas adolescentes de besarse con cualquier perrita.
Digo todo esto por una rola tan amarga como necesaria en nuestra forma de amar a esa volátil y voluble criatura: la mujer. “Yo no quiero un amor civilizado/ con recibos ni escenas de sofá”, el amor convencional que nos atrapa en la rutina de la vida, el trabajo, la familia, ese muro de frustración que alcanza para aprisionarnos: “Yo no quiero que viajes al pasado/y vuelvas del mercado con ganas de llorar”. Para un matrimonio feliz y a punto de divorciarse, esta introducción es el primer vuelo rumbo a la plenitud, ¿por qué desgastar mis mejores años, mis más grandes ilusiones, mis más terribles fracasos y fantasías frente a una persona que no es mi tipo? Esta es la mayor pregunta de la obra prostiana que navega a los largo de las tres mil quinientas páginas que conforman su novela En busca del tiempo perdido y una de las mayores nostalgias y melancolías que atraviesan el bulevar de los sueños rotos, de preferencia a acompañados de la rubia platino que trabaja en una casa, frente a Sanalona y que cobra 500 la hora.
Yo, por ejemplo, sólo conozco esa forma de la paranoia que a ratos me condena a la soledad, que me confina a una triste sensibilidad sentida desde los más profundo y que temo confundir con mi entraña última “el corazón central que no utiliza palabras ni trafica con sueños” y cuyo principal asidero se oculta en la realidad real. Es de ella de donde extraigo todo, lo Uno y lo innecesario. Frente a los avatares de Aquiles o a las pesadillas del Dante, mi vida resulta una falacia; frente a la poética de un Quevedo o la elefántica imaginación de un Balzac, mi existencia carece de sentido. Yo, que al igual de Vallejo, sólo sé que he vivido entre el golpe de la rabia de Dios y las carencias de un muchacho pobre estudiante de Letras en Culiacán, que durante su infancia vivió enamorado de la pequeña Beatriz, que jugó al futbol con sus amigos y elaboró papalotes alegres sobrevolando las copas de los árboles, el muchacho aquel, triste aprendiz de músico, nuevamente enamorado de Damaris, la princesa guarra de mis años de estudiante en la secundaria.
Ahora, dueño de mi futuro, busco algún bar céntrico donde pasar los viernes, tratando de llevar toda aquella ficción que me ha inspirado a la realidad: “Qué adelantas sabiendo mi nombre/ cada noche tengo uno distinto”. Por lo regular sólo se cumple las borracheras y depresiones onettianas, veo a las muchachas en flor siempre al otra lado de mis deseos, en mesas que no son las mías, con tipos que no son yo; en las calles, inalcanzables: sólo puedo tocarlas en la soledad de un cuarto, en la intimidad del baño, en el escozor vivo del recuerdo, cuando sueño triste y furiosamente, cuando no dejo de mirar, cuando volteo en la calle a observar la multitud y me confundo con ella, cuando sin querer soy uno del montón, un melodramático y pesadillezco tipo de barba, 1.62 de estatura, cuando pienso en usted, y sé que no la entiendo y no me entiende, porque nadie ha dicho que debemos entendernos. Una mística infusión me lleva hacia usted, cuando abordo el autobús saliendo de la escuela, entre tanto camino por la avenida Obregón, con el cigarrillo en la boca, charlar de nuevo con los amigos, en el café, a realizar las misma operaciones que a diario nos llevan a la ilusa parodia nietzscheana del Eterno Retorno: así regreso yo a tus brazos, cada noche, con el agua espesa del insomnio, preguntándome interminablemente ¿a qué horas se acaban las horas? Con el desahogo sentimental a cuestas, con el hartazgo de tragarme la última humillación, el desprecio y el odio. Es entonces cuando me pongo a arrullarme con las canciones de Joaquín Sabina, empiezo a cantar en medio de la madrugada, con el recurso del consuelo, con las ganas de llorar, casi llorando, resbala el cansancio por el bulevar de los sueños, qué importa si cumplidos, qué importa si rotos. Eso es lo de menos. El otro soy yo escribiendo estas apresuradas palabras.
Martín Durán
Febrero 2007
Me encanto la nota, felicidades!!