Culiacán, aquella sórdida cantina
(Cuento)
Lo conocí una tarde en una cantina del centro. León y yo tomábamos unas cervezas después de clases cuando vimos entrar al hombre.Llevaba la ropa sucia de bastantes días, la barba sin rasurar y en la mano cargaba la cajita para lustrar zapatos. Parecía temblar de la cruda y bastó con echarnos una mirada, sentados en una mesa de la entrada, para averiguar que nosotros también éramos poetas. Entonces acababa de ingresar a la escuela de Letras y ya hacía mis primeros trotes por los bares de la ciudad, a veces con otros compañeros de escuela y otras veces solo o, como en esa ocasión, en compañía del amigo León, un mochiteco que recientemente se había instalado en la ciudad. El hombre se nos plantó frente a nosotros y se ofreció a lustrar el calzado a cambio de un par de cervezas. No tenía que preguntar a qué nos dedicábamos, ya lo sabía, lo supo cuando nos vio sentados, con la actitud propia de los artistas. Él también era poeta, pero no cualquier clase de poeta. Él pertenecía a una vieja estirpe de bardos cuyo origen se podía remontar a la Francia del siglo XV y cuyo precursor fue un poetastro que murió condenado en la horca por todos sus crímenes. Desde luego, el bolero exageraba demasiado. Cuando le pregunté su nombre me respondió que ya no recordaba cómo se llamaba el poeta ahorcado, pero que en todo caso era muy admirable que un hombre de letras sea todo un delincuente. Luego le dije que el nombre que quería saber era el de él y no el del poeta muerto.
–Soy el Tiburón, para servirles a ustedes y a la santa Poesía –nos dijo con alta solemnidad.
Cuando terminó con mis zapatos, siguió con los de León. La cantina era un bullicio constante de hombres que entraban y salían, sobre todo músicos y vendedores ambulantes, mientras las meseras iban y venían atendiendo mesas y hablando de Miguel Ángel, un cantante de ranchero que por esos meses había sido asesinado. Fue entonces cuando se me ocurrió, armado hasta los dientes de lecturas, retar al bolero a un duelo de versos. El juego consistía en recitar un poema y saber a qué autor pertenecía. Él aceptó de inmediato. Lanzamos el primer verso al aire: “Abril es el mes más cruel”.
–Demasiado fácil, T. S. Eliot –contestó, terminando de bolear los zapatos.
–Déjame ser tú puta, son palabras de Eloísa.
–Pongan otra más difícil, muchachos, Piedra de Sol, de nuestro Nóbel mexicano.
–Cerrar podrá mis ojos…
–Ah, ese es un clásico: la postrera sombra que me llevare el blanco día –terminó él incorporándose a la mesa— un hermoso hipérbaton.
–Me moriré en París con aguacero…
Una sombra de melancolía recorrió sus ojos. Luego tomó un trago a su cerveza:
–Vallejo.
Yo también me moriré muy pronto, nos dijo con algo de inusitada fatalidad, pero en Culiacán y en un día sofocante. Después nos asestó un golpe maestro: Nadie rebaje a lágrima o reproche/ esta declaración de la maestría. Nos quedamos mudos sin encontrar un nombre.
–Huidobro –dijo León quién sabe por qué, quizá por no quedarse callado.
–Borges, muchachos pendejos, aprendan a leer.
Nos carcajeamos, él por el triunfo obtenido y nosotros por la vergüenza causada gracias a nuestra ignorancia literaria.
***
Nunca nos dijo, en esa larga conversación en La Ballena (que era el lugar donde estábamos), su verdadero nombre, sólo que le decían el Tiburón, no sé por qué motivo si ni siquiera tenía un rostro espantoso, más bien era de aspecto bonachón y afable. Decía ser amigo de todos los poetas sinaloenses y nunca, en su vida, había tenido un trabajo estable o, mejor dicho, algo que pudiera llamarse trabajo. Porque trabajar, lo que se llama trabajar, el Tiburón jamás había hecho tal cosa. Excluyendo un par de años en Sonoyta, a donde había huido a los veintitantos años por un crimen que, según él, no cometió, toda su vida se la había pasado en Culiacán. No era hombre de aventuras; de hecho, esa temporada en el norte de Sonora, al lado de una tribu de indios con la que fraternizó, le hizo conocer su destino como poeta, y para él ser poeta era serlo todo. Comenzó a leer, primero, quizá porque era lo más inmediato que tenía, la historia sonorense. Ahí conoció los grandes héroes y los grandes terratenientes de la época revolucionaria, los años mozos del general Obregón, que ya desde muy chico era listo e inteligente, además de haber escrito algunos versos primorosos en su juventud, y entonces empezó a sentir una gran admiración por él. Gracias a la tribu que visitaba, llegó a conocer los antiguos mitos del hombre, participando en los rituales y en las danzas que se hacían en la aldea cada año con la llegada de la semana santa. Después de conocer bien la tierra de su exilio a través de los libros, le dio por leer poesía. Dentro de sus poetas favoritos estaban Antonio Plaza y López Velarde, el cual le daba mucha tristeza por aquel sueño de los guantes negros.
Todos los lunes asistía a la biblioteca municipal y pedía prestado varios libros para el resto de la semana. Los leía todos de una sola sentada. Aprendió, porque en la primaria no le dio tiempo, todo sobre historia mexicana, sobre poesía mexicana, sobre vanguardia mexicana. Amó a Jaime Sabines y detestó, por aburguesado, a Octavio Paz, pero llegó a respetarlo como intelectual. Se peleó varias veces con los Contemporáneos por maricas y al único que llegó a comprender fue a Villaurrutia. Vinieron otras lecturas, de los reyes católicos, de la conquista de las Américas, de las batallas perdidas de los Aurelianos y cuando terminó de saquear la biblioteca, comenzó a extrañar su tierra. Decidió regresar a escondidas con un manojo de papeles donde había escrito sus poemas del exilio. Nadie lo vio llegar a Culiacán aquella madrugada de diciembre. Por la mañana, después de recorrer los mercados sin un centavo en la bolsa y arrastrando un hambre de días, fue a visitar la casa de sus padres. En dos años no había tenido contacto con ellos. Sólo entonces se enteró que la policía ya había hallado a un culpable y él, fugitivo hasta ese momento, quedaba libre de cualquier persecución. Cuando cumplió los treinta, el Tiburón se casó. Luego un día apareció por las calles del centro de la ciudad con una cajita de bolero.
***
En todas las cantinas era respetado por su gran erudición, siempre dejaba boquiabiertos a los borrachines que se sentaban a su mesa y hasta el más ilustrado se sentía cómodo con él. Era un bolero itinerante, andaba todo el santo día con su cajita de bolear por todos lados, pero de vez en cuando, cansado de caminar bajo el sol, se instalaba en una esquina de la avenida Morelos, conversando con los policías que hacían ronda de a pie y que también vigilaban la entrada de varias casas de citas disfrazadas de casas de huéspedes. Tres veces al día venía a la Ballena.
La primera en la mañana cuando abrían, se tomaba una cerveza y salía a buscar calzado sucio. La segunda a las dos de la tarde, que es la hora en que sirven comida gratis a los borrachos de mediodía y que acá le llamamos la hora de la botana, y la tercera vez al anochecer, cerrando faena. Para rematar, como La Ballena cerraba a las nueve, se iba al Tío Pepe, una cantina situada por la calle Hidalgo, entre Morelos y Rubí y cuyo propietario era uno de los hermanos Cisneros. Ahí terminaba sus horas, en una mesa del fondo, garrapateando sus imposibles poemas.
Una noche, ebrio y a punto de las lágrimas, mucho tiempo después de aquel duelo poético en La Ballena, le oí recitar uno de sus mejores poemas donde hablaba de la muerte de su padre. Sólo ha quedado en mi memoria rastrojos y ecos de unas palabras que tal vez no quise oír en esa ocasión: mi corazón, ahora niño, te mira sonreír de nuevo.
***
Fue por el Tiburón que conocí, más adelante en mi paso por las cantinas, a la Mariana y a la Marbella. En la casa de huéspedes Santa Elena, sentadas a la diestra de una omnisciente madrota que vigilaba el paraíso del placer que viaja en látex, estaban ellas, jugando a la baraja junto con otras muchachas de rostros mustios y cansados. Pagué la tarifa a la madrota que me sonrió cuando me entregó el preservativo. Seguí a Mariana por varios cuartos hasta que entramos en el último. En seguida me pidió que me desnudara y entramos juntos a la regadera y, mientras el agua caliente chorreaba por sus pechos, yo exploraba con curiosidad el vello púbico y el clítoris, las nalgas morenas y la cintura estrecha. Más de una vez tocó mi verga erecta; más de dos veces le besé el cuello.
No nos conocíamos y no era necesario conocerse. Estábamos viendo nuestras multiplicadas desnudeces en los tres espejos del baño, ella se alzaba los pechos y jugaba a que todavía eran niños.
Podría comparar a Mariana con un valle fértil, una tierra morena y apacible atravesada por varios ríos subterráneos con salidas al mar, un sitio de descanso feliz, donde el viajero pasara las mejores horas de su viaje, un país lleno de lugares ocultos, montañas y bosques.
Por ejemplo, Mariana de espaldas era una cordillera cuyo precipicio era el borde de las nalgas. Mariana con los muslos entreabiertos, era una mina profunda dispuesta a entregar el húmedo oro de sus paredes. Mariana tendida como una sábana en la cama, era un río caudaloso, un cañón desmesurado con un letrero al final: welcome to Mariana, país libre de la sífilis y el chancro.
Y le dije al oído, recordando a un viejo poeta argentino: Mariana, sos la feba más linda del arrabal.
Experta en puterías, Mariana me hizo terminar rápido, sobre una cama olorosa a semen y cuando menos seis veces usada ese día. Después me contó, quizá porque le parecí simpático o porque ya no teníamos nada que hacer, que tenía una hija de dos años, que a los dieciséis se había huido con su novio y que éste la hizo sangrar la primera vez al romperle el himen y todavía, cuando eran demasiado grandes, le dolía coger. Desde hacía un año su vida era un constante ir y venir. Ya había trabajado de mesera una temporada en el centro nocturno El Copeche, situado al oriente de la ciudad, sobre la carretera Sanalona, pero ahí las noches eran muy largas y a veces terminaban cuando el sol estaba alto.
Renunció a esas desveladas enfilando rumbo a Tijuana para trabajar de bailarina en un centro nocturno situado en la larga avenida Revolución. La niña se la dejó encargada a su madre. En Tijuana conoció a la Marbella a la que le apodaban la Culichi y cuyo centro de operación era una banqueta de la Coahuila. La Marbella ya llevaba varios años en esa ciudad y terminó trabajando de puta gracias a su último novio cuando éste la abandonó por otra más puta que ella al cruzar la frontera de mojado, dejándola enamorada y embaucada con tres meses de alquiler, en un departamento de la Zona Río. Se hicieron amigas y cuando a las dos le fue mal, después de seis meses, decidieron regresarse juntas a Sinaloa. Desde entonces se hicieron hermanas y lo que hacía una la otra la secundaba.
Entraron a trabajar a una casa de masajes siendo explotadas por un grotesco padrote al que le decían el Tío, pero más tarde creyeron, ante las pocas ganancias recibidas, que el negocio independiente era mejor. Se mandaron a hacer unas tarjetitas con sus respectivos nombres y teléfonos y tomaron como centro de operaciones la casa de huéspedes Santa Elena, pagando una módica cantidad a la dueña del local por el alquiler de los cuartos. Cada vez que cogían con un cliente, le entregaban una de esas tarjetas a las que sólo le faltaba anunciar: Putas a domicilio. Esto por si otro día se les llegaba ofrecer o por si alguien más solicitaba sus servicios.
***
Yo más de una vez volví a solicitar esos servicios a Santa Elena, entre muebles viejos y fotografías en las paredes de cantantes norteños. Los cuartos eran austeros, sin un decorado en especial y en algunos, un colchón tirado en el piso era suficiente. En la recepción atendía una mujer entrada en años que le decían la Doña, la omnisciente madrota. Tenía arreglo con unos choferes de taxis para llevar y traer a las muchachas que trabajaban de planta.
Por eso, no era raro ver, además de las muchachas sentadas en sillas de plástico, cruzando a cada rato las piernas o ya de plano dejándolas entreveradas, a taxistas esperando a la entrada del local donde un letrero luminoso decía, contrariando a la realidad: Casa de Huéspedes Santa Elena.
Por dentro, había un largo pasillo lleno de macetas que terminaba en un baño sucio y asqueroso donde las putas iban y hacían sus necesidades cuando estaban dioquis.
Cada una de ellas tenía su propio cuarto. En uno había una alfombra que cubría todo el piso y, en la pared detrás de la cama, colgaba un enorme retrato de Pedro Infante luciendo el uniforme de tránsito de la película A toda máquina. En otro había una estufa inservible y seguramente estaba ahí porque quizá en otro tiempo ese cuarto tenía cocina incluida; me divertía imaginar que su inquilina, para burlarse de algún cliente, se iba y se sentaba desnuda, encima de los pilotos muertos y le decía muy coquetamente:
–Entonces qué, papacito, comemos o cogemos.
El único cuarto con baño y regadera era el de la Mariana y nunca se había tomado la molestia de adornar la pared con un cuadro de su artista favorito. La cama era acolchada y a un lado estaba una mesita repleta de cremas y empaques de condones. Al otro lado había un bote de basura con papel sanitario y algunos condones usados que daban vértigo y asco al verlos con el semen de los clientes que acababan de dejar la cama.
***
La Mariana y la Marbella trabajaban por su cuenta. A veces se les podía encontrar en los bares y centros nocturnos por el rumbo del bulevar Solano. Su parada oficial era El Presidente, donde un grupo de música norteña hacía vibrar el ambiente con canciones de Los Tigres del Norte. Cuando se enganchaban ahí con clientes, estos llamaban a un taxi y se iban a Santa Elena.
La vez que conocí a la Mariana estaba en la Quinta del Papión, que recientemente se había mudado a la esquina de Colón y Granados. El Tiburón me la presentó además de recomendármela:
–Es muy buena en la cama –me dijo.
Más tarde se incorporó a la mesa la Marbella, y me sentí triunfador al gastarme todo mi dinero invitándoles cervezas. El Tiburón se puso a maldecir en cuanto se emborrachó, habló (o balbució) sobre los poetas que habían terminado su vida en la cirrosis hepática o sumidos en la locura. Por ese entonces acababa de terminar sus primeros poemas póstumos. Porque él, me dijo, sería un poeta glorioso en la eternidad de la muerte. En el fondo, me di cuenta que se sentía incomprendido por los demás, cosa que le atribuí a un síndrome común entre los genios. Como a las putas les aburren los poetas y más los borrachos, la Mariana se fue llevándose a su hermana a otro sitio. Al salir de la Quinta intenté localizarlas y alcancé a ver cuando se subían a la camioneta de un tipo de aspecto rudo.
Regresé decepcionado a la mesa con el Tiburón que trataba de empeñar su reloj a cambio de unas cervezas. Pensaba en las hermanas y en lo que les haría ese tipo en un cuarto de motel barato; me imaginé a las dos desnudas en un camastro asqueroso siendo penetradas por un enorme toro, pero llegué a la conclusión que tal vez el tipo de la camioneta era el padrote. El bolero me sacó del equívoco diciendo que esas pirujas no tenían padrote y que su guarida estaba en un hotelito de la avenida Morelos. Le invité una cerveza al Tiburón a cambio de que me oyera recitar el poema que había escrito en una servilleta en la barra de La Primavera. Eran las primeras horas de la tarde y desde temprano ya sabía que no iría de nuevo a la escuela. El Tiburón encendió un cigarrillo, puso una pose interesante y me dijo, mirándome de la manera más arrogante posible:
–Haber, déjame oír tus palabras, pequeño. Para ser poeta debes de tener algo que decir: debes mirar de frente a la muerte.
No le hice caso, por supuesto, a las terribles palabras del bolero. Mientras leía el poema, noté, con el rabillo del ojo, que el Tiburón trataba de saborear cada palabra que iba dejando caer, como migajas de pan, sobre la mesa y sobre las botellas.
***
Cuando terminé de leerlo me dijo que lo encontraba bastante arrítmico. Luego me habló de su amistad con el gran poeta Alberto Álvarez, que él conoció cuando escribió su primer poema siendo apenas un adolescente allá en Guasave, cosa que era un decir porque el Tiburón nunca había estado en Guasave. Pero después él mismo se contradijo diciendo que lo había conocido en el Tío Pepe adonde había ido a buscarlo otro genial poeta, Mario García, el Chaqueño. Esa vez, recordaba el Tiburón, le habían dado el premio Miguel Irriazábal a Alberto Álvarez con el poemario Canción para las noches de desgracia, su ópera prima y donde había ensayado el verso libre al estilo de Saint-John Perse. Los dos querían charlar con él acerca de una antología de poesía que incluyera a todos los norteños y por supuesto, a él.
No, muchachos, les dije yo, me dijo el Tiburón, mi obra no es de antologías y mucho menos para esa clase de antologías. Yo seré un poeta póstumo; por el momento soy un simple hombre que se dedica a lustrar calzado.
Entonces les agradecí que me consideraran para esa antología promovida por el Instituto de Cultura del Noroeste. Me dijeron que finalmente yo me lo perdía, que ahí estaba mi oportunidad de publicar y ser reconocido.
Hablaron de otras cosas, según recuerdo, algo sobre la calidad poética, algo que tenía que ver con las gentes del Instituto, que deberíamos estar agradecidos porque gracias a su empeño ahora íbamos a tener (no sé por qué me incluyó) un panorama formal, y esto lo recalcó García, de la poesía que se escribía por estas regiones de la república.
No, señores, les dije, yo a ustedes los respeto como grandes poetas y los reconozco como tales, pero mi obra no se publica. No insistieron demasiado, continuó diciendo el Tiburón, también venían a charlar conmigo de otros asuntos. Felicité a Alberto Álvarez por su premio. Era un jovencito de veinticuatro años que se asustaba fácilmente con las mujeres que pasaban a su lado y los cincuenta mil pesos del premio los había invertido en pagarse una maestría. Vaya pendejada.
El Chaqueño, por su parte, estaba a cargo del departamento de Estudios Literarios de la Universidad. Él era mi amigo, yo sé reconocer cuando alguien es mi amigo, cada vez que quería hablar conmigo, me iba a buscar a la cantina, donde debe estar siempre un buen poeta como un guerrero listo para entrar en combate.
No sé por que tuve la sospecha que el Tiburón se creía todo un José Alfredo Jiménez, derrotado y envejecido por las botellas. Siguió hablando de Alberto Álvarez, que por otro lado yo conocía y que no era tan gran poeta como se decía. Alberto Álvarez, en efecto, era de Guasave y en 1994 se ganó el Miguel Irriazábal. En su primera juventud fue toda una promesa literaria, pero después del segundo libro su talento decayó y ahora se la llevaba en los cafés del centro acordándose de la vez que un jurado le otorgó, por unanimidad, el nacional de poesía joven. La antología de la que hablaba el Tiburón no la conozco, tal vez no se llegó a realizar nunca. El poeta que él se empeñaba en llamar el Chaqueño, Mario García, era mi maestro de Literatura y era conocido, entre otras cosas, por sus cuatro tortuosos libros de poemas, de los que había tenido la oportunidad de leer sólo dos, dejándome el aliento con sabor a güisqui barato. Me habló de otras gentes que no alcancé a conocer y que finalmente no me interesaban. En mi mente sólo trataba de fijar la imagen de la Mariana subiéndose a la camioneta de su probable padrote y siendo empalada por cientos de vergas en el hotelito de la avenida Morelos.
***
De pronto, el Tiburón se levantó y me hizo que lo siguiera a la calle. Ya había anochecido y corría un viento de lluvia. Me llevó al centro nocturno El Presidente, a dos cuadras de la Quinta. Ahí me presentó al guitarrista del grupo, un fósil de la época sicodélica llamado Antonio Aguirre, el Jim, como me pidió que lo llamara. Esa noche estaba de descanso y nos invitó a su mesa en la que forjaba un enorme cigarro de mariguana. El Tiburón le preguntó por una mujer cuyo nombre no alcancé a escuchar en el ruido de la música. El Jim era un tipo agradable, en la locura de los años 70’s había sido guitarrista de un grupo que ostentó el nombre de Los Reyes de Piedra y que era una mala copia de los Doors.
Mucho tiempo tocaron en La Luna Azul, un burdel de la zona de tolerancia allá por la colonia El Barrio, al oriente de la ciudad y cuya época dorada ya había pasado. Tocaban, según me dijo, pura música grupera, que por ese tiempo estaba de moda, como las canciones de Rigo Tovar y Los Apson. Nunca nos hubieran permitido tocar a Lenon o a Morrison, me dijo el Jim mientras fumaba mariguana, nos hubiéramos muerto de hambre, además teníamos vicios que mantener. Las anécdotas del Jim eran demasiado buenas para ser verdad.
Ese hombre flaco y con cara de caballo, decía haber sido, en su juventud, actor cómico y músico en una carpa de variedades ambulante que iba de ciudad en ciudad presentando un espectáculo de teatro de revista improvisado. Me contó la última gran gira que realizó desde Culiacán hasta Ensenada, de donde se regresó en autobús cargando sólo la guitarra y un neceser que más tarde vendió para comprar unos tacos en la parada de Mochis.
En La Luna Azul llegó a regentear prostitutas y a pasar drogas por el retén de policía en la entrada de la zona. Más adelante, cuando los tiempos empeoraron, se vio en la lamentable necesidad de acostarse con homosexuales para mantener eso que él llamaba sus vicios. Porque además de mariguano, el Jim era cocainómano. Sufría de un alcoholismo crónico que en el 98 lo había llevado hasta el psiquiátrico. Se pasó un mes entero en una sala gritando que veía arañas y alacranes en las paredes, mientras los médicos le administraban ansiolíticos. Entonces, me dijo, aún vivía su madre y fue ella la que se pasó todas esas noches vigilando que los bichos no se le treparan al cuerpo. De hecho, lo único que lamentaba de toda su larga vida de loco, era haber tratado mal a su madre. Ahora ya estaba muerta, dijo, y no hay nada que hacerle.
Desde hacía cinco años, una vez recuperado de todas esas caídas, estaba en el grupo que tocaba en El Presidente tres noches por semana. Ahí conoció a la Lupita que trabajaba de mesera y con la cual, después de acostarse un par de veces, se fue a vivir. Fue por la mujer que había preguntado el Tiburón cuando llegamos.
La Lupita era una señora de cincuenta años, que esa noche no me tocó conocer. Según el Jim tenía dos hijos que vivían a parte con sus esposas. Era viuda y vivía sola. El marido se había dedicado a la venta de carros en un lote ubicado por el bulevar Zapata y toda la vida sufrió de hipertensión hasta que un paro cardíaco le disminuyó la salud y ya nunca salió de los hospitales. Cuando el marido falleció, la Lupita se metió a trabajar a El Presidente, primero de cocinera y después, ante la falta de muchachas, de mesera. No le iba nada mal.
Al Jim tampoco le iba mal, ganaba sus propinas y los días que le tocaba descansar los dedicaba a beber y fumar mariguana. Tenía años conociendo al Tiburón. Se conocieron a principios de los 90’s en el bar La Primavera cuando el Jim le pegaba duro al alcohol y a la coca. El Tiburón recordaba que era menos que un esperpento, unos cuantos huesos cayéndose con el pomo en la mano.
La amistad nació de repente, como nace la amistad entre borrachos. Compitieron por las mismas mujeres y tuvieron los mismos quebrantos. El Jim componía canciones y el Tiburón las cantaba de manera guapachosa. Eran lo mejorcito que había dado una generación de alcohólicos suicidas.
Ya no sé qué sucedió más noche en El Presidente. El Tiburón me dijo que no tardarían en entrar por la puerta la Mariana y la Marbella, la Marbe, como le decía de cariño. Estaba muy borracho y decidí no esperarlas y me marché. Cuando salí a la calle a parar un taxi comenzó a llover. Estábamos en los últimos días de septiembre y no era raro que lloviera. Me había gastado todo el dinero de la semana y tuve que regatear con el taxista para que me llevara a la casa a mitad de precio. Llegué a la casa empapado y comenzaba a sufrir los primeros estragos de la gripe.
***
Al día siguiente, gozando de una espléndida cruda, telefoneé a un amigo pidiéndole prestado y fui a La Primavera a hacer una ronda matutina. Todavía recordaba que dentro de la borrachera anterior le había prestado cincuenta pesos al bolero y muy formalmente había quedado regresármelos a las once. Lo busqué por todos sus rumbos y no di con él en ningún lado. Pasé por la casa de huéspedes Santa Elena, pero en esa ocasión no me animé a entrar. Seguí por los pasillos del mercado, y al no hallar ningún rastro de su presencia, volví a una mesa de La Primavera donde desayuné, con el dinero que conseguí, unos huevos fritos con jamón.
Para mí era una época de feliz miseria. Por las tardes iba a la escuela de Letras y al salir de clases me reunía con unos amigos en un café del centro. Nuestra tema favorito sobre la mesa siempre fueron libros y más libros, ocasionalmente mujeres y borracheras pasadas, normalmente cosas que pertenecían a nuestra utopía personal. Ninguno de mis ex compañeros me perdonaría si dijera aquí más de la cuenta. Las mañanas las aprovechaba para leer y para pasear por el rumbo de Ciudad Universitaria, por donde vivía entonces.
Dos autores merecen especial atención por aquel tiempo: Dostoievski y el Marqués de Sade, además, claro está, de mi incurable afición a la poesía. Acababa de leer Los Endemoniados y me había dejado bastante abrumado y con la tentación del suicidio. Conocí la vida a través del gran maestro ruso y aprendí a masturbarme con Sade.
El Tiburón no llegó nunca a La Primavera, pero, en cambio, el desayuno acompañado de un par de cervezas me sentó bien en el estómago.
***
A la semana siguiente volví a verlo en el Tío Pepe después de clases. Estaba, como siempre a esas horas, borracho y lo acompañaba en la mesa Abelardo Hernández, el regiomontano. Hernández me saludó con los gestos teatrales que lo caracterizaban y me invitó a sentarme con ellos. Él sólo se presentó como bardo, artífice del verbo y de la palabra, cosa que me pareció ridícula por lo demás. También estaba borracho y las cervezas corrían por su cuenta.
Hablaban de la obra del ilustre poeta González Martínez y de sus fecundos años en Mocorito, donde publicó, junto con otra ilustre personalidad, Sixto Osuna, la revista literaria Arte. Su obra, decía Hernández, es sincera y profundamente humana.
–Y le dio un golpe fatal al modernismo –agregó el Tiburón.
Estos maestros del arte continuaron disertando acerca de la poesía sinaloense y en general de la poesía del norte. Cerveza tras cerveza era discutir (discurrir) sobre el futuro de la literatura mexicana. Yo en ese tiempo estaba dispuesto a cambiarla, mi generación tenía el coraje y el talento suficiente para hacerlo, éramos más que simples estudiantes de literatura, aficionados al café y al tabaco, andábamos como perros rabiosos ladrándole a las estrellas, deseosos de sórdidas aventuras de arrabal y prostíbulo.
Abelardo Hernández era flaco y chaparro, usaba unos lentes enormes de culo de botella y parecía una piltrafa humana cada vez que sonreía mostrando las encías sin dientes. Tenía quince años que había dejado Monterrey.
Según supe, se había venido en busca de una mujer de la que fatalmente estaba enamorado y, al no encontrarla, decidió quedarse a vivir, desterrado de su tierra natal por voluntad propia. En las calles y en las cantinas encontró el país de su exilio. Más de una vez lo vi tirado en una esquina o abrazado de un poste del alumbrado público, recitando sus versos al viento. Una vez incluso llegó a caerse al río y de puro milagro no se ahogó.
Por el Tiburón supe que vivía en una bodega de la calle Juárez y que por temporadas impartía cursos de literatura a jóvenes de bachillerato. La mayor parte del tiempo los dedicaba, como él e incluso como yo, a vagabundear y a escribir poemas.
Esa vez, como siempre que se ponía borracho, el Tiburón abjuró de la Poesía y de los poetas. Lo vi romper algunos manuscritos ante la mirada impávida de Abelardo Hernández, que seguía pidiendo rondas para la mesa. Me dio ternura el hermoso poeta ebrio vengándose de su obra, vengándose de sí mismo y de la vida misma. En pleno paroxismo, nos besó la mano y escupió el suelo y no era el suelo lo que escupía sino el cielo y éste le devolvía el escupitajo en pleno rostro. Me reprochó que no me gustaran algunos de sus poemas y que los míos fueran tan malos que daba risa leerlos.
Hernández sólo asentía, consumía su botella y yo era incapaz de soportar los despropósitos del poeta, soportar la ruina y la nostalgia. A cada rato cambiaba de humor, en un minuto estaba gritando y deseando el suicidio de Maiakosky y al otro momento el fantasma de Francois Villon atravesaba sus desvariados monólogos. Luego venía el silencio y eso era lo peor. Cuando parecía quedarse dormido, despertaba y comenzaba de nuevo el huracán de su saliva y su rabia despotricando contra todo mundo. Las meseras procuraban ignorarlo cada vez que se ponía así. Y los borrachines de rostros patibularios tenían la paciencia de escuchar sus gritos, pero yo no. Ese era un espectáculo tan deprimente que decidí largarme.
Dejé, aquella noche, al Tiburón colmado. Era demasiado joven para soportarlo, para soportar su nostalgia y sus muecas de gran poeta. A las nueve que cerraron el bar me despedí de él y del regiomontano.
Lo que sigue a continuación es más bien una síntesis de aquellos días. Al Tiburón no dejé de verlo de manera abrupta, al contrario, lo veía a menudo, en la calle donde me lo topaba cargando su cajita de bolear, en las cantinas que continué frecuentando, en los pasillos de algún tianguis, perdido entre la gente e iluminado como un vaso de alcohol; algunas veces me pedía dinero prestado, un par de cervezas para curarse la cruda. Nunca le recordé lo de los cincuenta pesos en El Presidente. Para que, era feliz viviendo de ese modo.
Es difícil saber el tiempo en que dejé de verlo, pero coincide con el mismo en que dejé de frecuentar sus lugares. Después de terminar Letras, entré a la Redacción de un periódico local, en un puesto que no le veía bastante futuro.
Mis noches ascendían a corregir las páginas de varias secciones, y llegó el momento en que empecé a odiar la prosa infame del periodismo más chabacano. Pero recuerdo que en aquella ocasión, al salir del Tío Pepe, por primera vez fui a buscar a la Mariana a la casa de huéspedes Santa Elena. Allí la quise contra los tres espejos del baño.
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Anotación del 2012.
Años después, cuando ya el Tiburón había salido de mi itinerario y mi vida había dado otros giros, me enteré por un amigo en medio de una parranda que Sergio Castro había muerto de una miserable bronquitis que nunca se cuidó. Todavía, de vez en cuando, al abrir la puerta de espejos del Tío Pepe siento que veré en unas de las mesas de la entrada al hombre bonachón que conocí un día. Dios o el diablo lo tenga en su seno, con una gran botella de cerveza helada.
Martín Durán
Agosto de 2006