De niño, miraba cómo los policías llegaban a la casa del narco del pueblo y estacionaban las patrullas afuera, y se metían largo rato a esa mansión vedada a mi curiosidad.
Más tarde veía cómo en las fiestas los policías cuidaban de cerca al Señor, y todas las gentes querían saludarlo, abrazarlo, pedirle dinero, que les solucionara su problema.
“Es que no tenemos aires en la primaria”, decían las gentes.
“Es que los chamacos se van a graduar de la secundaria”, comentaban.
“Es que ya viene el Día de las Madres”, planteaban.
Y el benefactor concedía a sus súbditos aquellos deseos: arreglo de las calles, dinero para los festejos del Santo Patrono, bacanales a la orilla del lago: mariscos, cerveza, carne asada, la mejor banda musical de la región.
Síndicos y comisarios pasaban por su mansión para pedirle consejo; no se movía nada en los ejidos si él no lo decidía.
Sus hijos se paseaban en las camionetonas o en las cuatrimotos por todo el valle, haciendo gala de su poderío, de su dinero.
Eran altaneros con las gentes, que no podían acusarlos con la autoridad: ¿con quién vamos a denunciar que el hijo del Señor se robó a mi chamaca? ¿Que el hijo del Señor se puso a tirar bala en las canchas? ¿Que una patrulla pasó cuando el Señor cacheteaba a fulano que no quería venderle sus tierras, y sólo sacaron la mano y le dijeron: ‘buenas tardes, Patrón’?
Así se pasaban los días en el pueblo, gobernado por ninguna otra ley que no fuera la del Patrón.
Hasta que un día desvirgó a una muchachita de la secundaria en aquella cabaña del lago. Le dijo que él era su dueño porque le había pagado la fiesta de sus quince años, y que no llorara, que mañana mismo hago que te lleven una camioneta a tu casa.
Los padres de la chica se resignaron al silencio. “Pero si debes estar feliz porque de ahora en adelante nada le faltará a tu hija”, le decían los cercanos.
Desde entonces, al Patrón le dio por desvirgar jóvenes, llevárselas lejos y regresarlas montadas en una camioneta del año.
Por ahí aparecía Fulanita en su camionetota roja, paséandose oronda por las calles enlodadas, dándole vueltas a sus amiguitas de la secundaria.
En las borracheras que organizaba el Patrón gritaba que él era el dueño de todas las mujeres del valle, y que él era el dueño de la tierra, y que siga la banda que yo soy dueño de la voluntad de los músicos, y dinero hay para todo lo que quieran: wisky o perico o las dos cosas.
Pronto, se iba a las canchas del pueblo y rodeada con sus sicarios la zona y se ponía a embriagarse con las armas al ristre.
Por la calle pasaban los policías sigilosos, sin molestarlo, diciéndole adiós al Señor desde arriba de la patrulla, y en sus narices el Patrón sacaba el “cuerno de chivo” y disparaba al aire, carcajéandose.
Y solo esperaban que llegara el Día del Policía para que el Patrón nos mate un torete y nos brinde esas cascadas de cerveza.
Mi pueblo pronto se llenó de una algarabía tenebrosa. El Patrón pasó de un hombre al que todos beneficiaba a uno cuya soberbia impedía que uno lo viera a los ojos.
Lo dejamos llegar, lo dejamos instalarse en el barrio, lo hicimos nuestro amigo -de muchos, de joven, cuando era chamaco, ya lo era, compadre-, le rendimos pleitesía, lo admiramos y deseamos su vida, sus lujos, su dinero, le entregamos nuestros sueños y nos entregamos al banacal que financió con la sangre que derramó en otras partes. Y al final nos hizo sus esclavos, a todos; al gobierno, su empleado.
Y no había nadie que dijera nada, sólo encerrarse tras las puertas cuando el Patrón andaba furioso por las calles, en la noche, queriéndose llevar a una plebita para desvanecerse en sus caderitas apenas florecientes, fértiles como la tierra tierna después de las cabañuelas.
Y si el Patrón mataba era que hacía justicia, y si nos bautizaba a nuestros hijos era que su semblante se convertía en magnanimidad. Así eran las cosas en mi pueblo, sometidos a la ruindad de un hombre que germinó como la hidra de los cuentos, y que nadie nunca pudo detener.
Por Martín Durán
*Este artículo es una mezcla de datos ficticios y hechos verídicos del valle de Culiacán
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