En una guerra olvidada del resto del mundo, un joven sinaloense entró por casualidad como observador y más tarde como activista pro derechos humanos. Se trata del conflicto del Sahara Occidental, cuyos territorios fueron ocupados por Marruecos desde hace décadas. En la televisión y en los diarios sólo existen ojos para guerras árabes como las de Líbano, Siria, Egipto, entre otros países que se libraron del yugo de la opresión, ¿pero por qué la comunidad internacional se ha olvidado de la pequeña República de Saharaui? La historia de Antonio Velázquez la cuenta.
Primera parte
México, DF.- Iba camino a la República de Senegal, en el occidente de África, cuando la vida le cambió por completo. Entonces este joven sinaloense tenía 25 años cumplidos, y meses atrás había abandonado la casa de sus padres para estudiar artes plásticas en España.
“Quería conocer la cultura de los aquellos países y sobre todo su música”, recuerda Antonio Velázquez, al relatar su historia.
Año 2007. Un billete a Marrakech partiendo de Barcelona fue su primer contacto con el mundo árabe. De ahí continuó de raite por las carreteras hacia el sur, con una casa de campaña a cuestas, hasta llegar los territorios ocupados de la República Árabe Democrática Saharaui (RADS).
Al dejar Marruecos atrás, cuenta que observó la militarización por todos lados. “Al cruzar por los territorios ocupados, viajando más al sur, me daba cuenta de que había muchos retenes y soldados marroquíes, pero en territorio saharaui”, indica Velázquez.
En la carretera conoció durante un aventón a unos jóvenes saharauis exiliados que ese día habían llegado clandestinamente de Islas Canarias. Venían a visitar a sus familiares de Dajla, frente al océano Atlántico.
Entonces supo (porque ellos le contaron) de las tres décadas de terror impuestas por el gobierno marroquí, de las palizas multitudinarias contra los saharauis, la opresión, el dolor, la muerte; genocidio le llama Antonio.
“Yo no creía esas historias que me contaban, me parecían imposibles, como la de una señora a la que le sacaron un ojo”, dice ahora que está de visita a su país.
Pero ver el reencuentro entre familias separadas por el mar, por la distancia, por los años, lo acercó a la realidad del Sahara Occidental. Dice que sigue en su memoria aquel prolongado abrazo bajo la jaima, la casa tradicional de los nómadas del desierto, en donde lo invitaron a quedarse. Enseguida se dio cuenta del gran drama urdido por las potencias, dejando en medio a un pueblo devastado.
Antonio pasó en menos de tres años de ser el muchacho autoestopista de las carreteras africanas, a ser uno de los más reconocidos activistas internacionales pro saharaui, defensor de los derechos humanos de un pueblo que lleva 33 años en el exilio y cuyos territorios, donde viven al menos 200 mil saharauis prácticamente encarcelados tras un muro de 2 mil 500 kilómetros de largo, están pendientes por descolonizar.
Después de este primer encuentro, el joven sinaloense relata que siguió su camino en autostop hasta los territorios liberados del RADS, en manos del Frente Polisario, el ejército regular saharaui que ha dado batallas a las fuerzas de ocupación desde que España se retiró del territorio. Hoy en día existe un alto al fuego.
Atravesó la franja liberada y arribó al desierto de Tinduf, en Argelia. Ahí se integró a los campos de refugiados, donde viven miles de personas en espera de regresar a su terruño, allá donde los detiene un muro levantado por ingienería israelí, custodiado por al menos 150 mil solados marroquíes y millones de minas antipersonal. Toda una generación ha nacido en ese rincón de desierto.
En los campos de refugiados conoció las historias de los viejos revolucionarios, agotados por el cansancio de esperar la libertad en una región donde la guerra fue olvidada por el resto del mundo.
Luego de permanecer días con los exiliados, siguió su camino a Senegal, pero desde entonces ya traía en mente regresar y unirse a la legión de observadores internacionales.
En efecto, relata Velázquez, un año después estaba de regreso con los moradores del desierto.
Las batallas en el Sahara
Según Ahmed Mulay, embajador de la República Saharaui en México, en noviembre de 1975 España cedió los territorios del Sahara Occidental a Marruecos y Mauritania, pero tres meses después el Frente Polisario proclamó la independencia de la República.
“Vino la guerra por obtener nuestra autodeterminación”, refiere Ahmed, entrevistado en la sede de la embajada.
Tres años más tarde, Mauritania se retira de la contienda y Marruecos se anexa todo el Sahara, a pesar del dictamen de La Haya de años atrás que pugnaban por la autodeterminación del pueblo saharaui.
Las resoluciones de la ONU han ido y venido, pero el gobierno de Rabat, el cual preside el rey Mohamed VI, no los ha acatado.
“De qué sirve que la ONU nos reconozca como nación, de qué sirve un dictamen de La Haya o que más de 80 países reconozcan a la República Saharaui, si Marruecos sigue en nuestros territorios”, sentencia Mulay.
A mediados de marzo próximo, de nuevo la ONU tocará el tema del Sahara en el pleno, pero Ahmed asegura que si no hay voluntad del gobierno marroquí de terminar el conflicto, éste seguirá, aunque la paciencia a los saharauis ya empieza a terminarse.
Cuando se le pregunta a Antonio el por qué del olvido de un conflicto añejo, a diferencia de la guerra en Siria, o cómo la comunidad internacional apoyó a los rebeldes del Líbano a derrocar a Gadaffi, responde sencillamente:
“Porque los poderosos están con Marruecos; Francia tiene tratos comerciales con el régimen, y España le vende armas; como los recursos del Sahara están siendo expoliados por Marruecos y vendidos a sus aliados, pues no les interesa. Pero sí les interesa el petróleo de Líbano y Siria”, señala.
La víspera de la primavera árabe
Antonio es el único mexicano al que este pueblo le ha dado su nacionalidad. Hoy también lleva, además de la sinaloense, la sangre árabe. Nació en Culiacán en el invierno de 1982, pero en la más tierna infancia se trasladó a vivir con sus padres cerca de Guadalajara. Cuando puede, va a visitar a su familia a Sinaloa.
Recién llegado al DF en febrero pasado, presentó el documental que hizo sobre el Sahara en la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM), campus Xochimilco.
Ahí cuenta cómo un estudiante de artes se fue involucrando poco a poco en una campaña por la libertad de una nación.
Rememora que regresó en el 2010 a los campos de refugiados en Argelia, esta vez acompañado por una amiga catalana, Isabel Terraza.
Juntos empezaron a grabar testimonios de los activistas sociales que habían sido atacados por el régimen marroquí. Alguien los llevó a la ciudad de El Aaiún, la capital de la República Saharaui bajo ocupación.
Era agosto cuando entraron de la única manera posible con una cámara: clandestinamente, vestidos de muchachos saharauis.
Una vez evadido el cerco militar, comenzaron a entrevistar a activistas pro derechos humanos, hasta que llegaron a la casa de Sultana Jaya, una de las más destacadas activistas. Ya entonces, recuerda Antonio, la policía marroquí los vigilaba de cerca, con una hostil desconfianza.
“Pero entonces sólo nos miraban, no había agresión, pero fue a partir de ahí que supimos que nos estábamos arriesgando, arriesgando nuestras vidas”, dice Velázquez al reconstruir aquellos días.
Al dejar la casa de Sultana, los gendarmes comenzaron a amenazarlos verbalmente de todo lo que se les ocurrió, desde torturarlos hasta desparecerlos en las dunas del desierto.
No se dejaron arredrar. Regresaron con Sultana Jaya y subieron un video a Youtube (goo.gl/8AsLK). Con ello, Antonio e Isabel comenzaron a romper el cerco informativo que existía en torno al clima de represión que se vivía.
Al día siguiente partieron hacia Dajla, evadiendo un retén de la policía militar identificándose como artistas, pero cuando grababan imágenes en esta ciudad costera fueron detenidos y llevados a Marruecos, para vía aérea despacharlos a España.
Se negaron a salir. Insistieron que Marruecos no tiene la soberanía sobre los territorios ocupados. Los dejaron partir y de nuevo retornaron a El Aaiún, donde un grupo de activistas regresaba del extranjero.
“Como sabíamos que la policía marroquí los iba a golpear al llegar a El Aaiún, fuimos para ayudarlos, para servir de escudos humanos porque hasta entonces no habían golpeado a extranjeros”, dice Velázquez.
Cuando el taxi se estacionó afuera de la casa, donde llegarían los cinco activistas de regreso de Argelia, Antonio fue golpeado brutalmente con toletes junto con los saharauis.
Ello consta en otro video que subió a Internet, denunciando el hecho. (http://goo.gl/Ft1an). Entonces el régimen de Mohamed VI ya no vio con buenos ojos las actividades del sinaloense. Sin embargo, lo más difícil vendría semanas después. Era, pues, el preludio de la revuelta árabe.
Martín Durán/La Pared
Segunda parte lunes 7 de enero: El ataque a Gdeim Izik, la primera gran protesta del mundo árabe

