Culiacán, Sin.-En los días de más calor, todavía puede verse la imagen de El Morro descendiendo por la avenida Ángel Flores, entrando o saliendo de las oficinas de Noroeste, o de la Escuela de Artes de la UAS, en donde sin mayor vanagloria se ha convertido en una institución.
Siempre me había preguntado porqué no dejaba la cámara fotográfica en su casa, porqué esa insistencia de traerla con la correa al hombro, como si el aparato y el hombre fueran la misma cosa, pero su mujer dio la mejor respuesta que he tenido hasta ahora:
“Alejandro puede dejar todo, menos su cámara…”
Y entonces, no hago sino imaginar al Morro durmiendo con su cámara a un lado, soñando imágenes futuras.
A Alejandro Escobar –así lo llamaremos para el lector común, para el que lo conoce siempre será El Morro- lo conocí con sus amigos fotógrafos en el restaurante El Tabachín del Hotel Executivo, hace algunos años.
En la misma mesa suelen reunirse aquellos veteranos de la lente, Leo Espinoza y el ya fallecido Jorge Bojórquez Angulo, el entrañable Güerito. Todo como si entre ellos oficiaran una liturgia secreta que sólo ellos conocen.
Ahí mismo coincidían personajes como Arturo Tolosa, Rolando Carvajal, entre otros menos viejos o más viejos, cuyos nombres se me escapan.
De todos ellos algo me ayudó a cambiar mi visión sobre la fotografía. Bastaba escuchar las anécdotas de El Morro junto con Leo Espinoza y las risas del Güerito, para darse cuenta que estos hombre tienen pasión por el lente, por la imagen, y que todos ellos se cocinaron a fuego lento en las artes de capturar el momento.
Desde luego, además de aprehender esa pasión, también supe de la carrilla bárbara entre ellos, y cómo a pesar del sarcasmo la risa brotaba en el grupo sin molestia y sin alarde.
Años después entré a Noroeste como reportero de locales, y ahí pude percatarme el silencioso recorrido del Morro por las mañanas. Llegar a la redacción cargando con su cámara, sentarse en el escritorio de la jefa de Cultural, la periodista Adriana Castro, esperar el olor del café hirviendo a un lado, hojear el periódico del día, y conversar sobre los avatares cotidianos.
No pocos veces me acercaba a charlar con Alejandro, sobre aquellos ayeres de su juventud en el medio periodístico, sobre la insistencia de permanecer tantos años detrás de la lente.
Lo mismo llegué a conversar con el Güerito Bojórquez y con Leo Espinoza, y me parece imposible cómo después de tantos años en común todavía se reúnen en una mesa de café a seguir con la inagotable plática. Ya Bojórquez se adelantó, como otros tantos, pero los que permanecen retoman a diario la charla, la carrilla y el chascarrillo.
Pero en esta ocasión, le tocó el homenaje al Morro, de parte de la Asociación 7 de Junio, por eso vine a la toma de protesta de la nueva dirigencia, a felicitar a Escobar, con menos pelo, pero con el mismo bigote de cepillo, aunque ya coloreado por las canas.
Y me doy cuenta que sigue siendo El Morro, y cuando le pregunto si ha pensado en el retiro, me responde que seguirá adelante. Entonces me doy cuenta que aquella imagen del Morro subiendo o bajando por la Ángel Flores será una que se repetirá por muchos años más, en esa cotidianidad que invade la ciudad, y que el sigilo de su lente continuará capturando la calle, ese hábitat que tras cuarenta años Alejandro Escobar se renuncia a dejar.
Martín Durán/La Pared