El Minotauro

Primera parte

Nada hay de cierto en los sucesos que llenan los huecos de la vida, excepto el azar. Domina sobre todas las cosas, al grado que ni siquiera Dios, si es que hay Dios, puede estar seguro de lo que va a ocurrir si no es por el azar. Y fue algo tan simple, tan ridículamente arbitrario como una llamada lo que dio comienzo a esta historia. Aquella noche Culiacán era un laberinto sin entrada ni salida. Un laberinto en el que no hay minotauro ni Ariadna, sólo edificios grises que se ciernen en la oscuridad de la noche para evitar que los hombres se pierdan y se vuelvan locos. Para cada hombre el laberinto es diferente, intrínseco, pero igualmente aleatorio. Cada noche los senderos cambian, haciendo imposible saber de dónde se viene o a dónde se va. Los caminos que antes eran claros ahora son oscuros, y los oscuros ya no existen. Y yo me encontraba precisamente buscando mi camino la primera vez que recibí la llamada. En mi celular no apareció ningún número registrado, sólo la leyenda “privado”, indicando que quien llamaba no deseaba revelar su identidad.

-Diga-, respondí por reflejo, casi por costumbre.

No hubo respuesta.

-Diga-, volví a decir, pero de nueva cuenta no hubo respuesta.

El único sonido que logré percibir a través de la línea fue el de una respiración. No era agitada, sino tranquila. Tampoco se podía deducir fácilmente si se trataba de un adulto o un niño, de un hombre o de una mujer. Pasaron diez segundos sin que ninguna palabra llegara a mí.

-¡Diga!-, dije en tono desesperado-, Si no me dice quién es, voy a colgar.

Durante dos segundos más, todo fue absoluto silencio.

-No quiero morir-, respondió finalmente la persona que hablaba del otro lado. Me fue imposible, una vez más, deducir si se trataba de un hombre o una mujer, pero indudablemente se trataba de una persona adulta.

-¿Quién es?

-Busco a Gregorio Martínez, me han dicho que es el mejor.

-¿A quién? Está equivocado, disculpe. Este número no es de ningún Gregorio Martínez.

-Por favor, no quiero morir.

Su voz temblaba. Dudaba. Como si las palabras salieran por la fuerza. Estaba seguro de que no era una mujer.

-Tendrá que llamar de nueva cuenta porque se equivocó de numero, señor.

-No, tiene que ser usted…

Ya no le di tiempo de decir más. Corté la llamada. En principio me disgustó el hecho de recibir una llamada de un número equivocado ya entrada la noche, pero con los minutos algo creció dentro de mí. Sentí una especie de intriga consumiéndome, como si esa llamada se tratara de algo fundamental para mi vida y la hubiera rechazado. O más bien, rechacé la posibilidad de conocer algo nunca antes visto.

La posibilidad de devolver la llamada y cuestionar a la persona estaba anulada, pues me llamó desde un equipo que no podía rastrarse. ¿Será de alguna clase de broma?, pensé. Decidí no darle mayor importancia y me fui a la cama.

*   *   *

Por aquel entonces vivía en uno de los barrios nuevos ubicados en las afueras de Culiacán, cerca de la salida norte. Desde mi casa podía ver las lejanas luces del centro y del desarrollo Tres Ríos. La zona empezaba a llenarse de toda clase de lugares para divertirse el fin de semana, pero no frecuentaba ninguno de esos sitios. Desde que mi novia murió, todo a mi alrededor dejó de tener importancia. Primero mi trabajo, luego los amigos, y finalmente la familia. En cuanto a mi trabajo, fui reportero durante varios años en La Antorcha, uno de los periódicos de circulación estatal con mayor peso, pero en aquellos años perdió credibilidad debido a que sus publicaciones eran, explícitamente, pro gobierno. Los periodistas de Culiacán por aquella época luchaban por recuperar la tradición de los periodistas de antaño, que investigaban, seguían una noticia hasta sus últimas consecuencias, pero diarios como La Antorcha los hacían ver como peleles que únicamente buscaban complacer al gobierno.

Por mi parte, yo trabajaba en la sección criminal. Hacía toda clase de cobertura sobre hechos criminales, asesinatos en su mayoría. Recuerdo perfectamente jornadas en las que se registraban hasta once asesinatos menos de veinticuatro horas, y siempre tenía montones de trabajo por hacer. Curiosamente fue gracias a ese trabajo que conocí a Alondra. Ella trabajaba para la Dirección de Servicios Periciales y Criminalística de la Procuraduría General de Justicia del Estado. Primero se convirtió en mi fuente Dios sabe por qué. Un día se aproximó a mí y me reveló un secreto sobre un asesinato.

-Hace días vino una señora a reconocer un cuerpo. Ella dijo que no, que no era él, pero los agentes le insistieron en que se lo llevara. Lléveselo, le dijeron. Es su muchacho, si nos firma ahorita, se lo entregamos y mañana mismo lo puede velar. Resígnese, señora. Pero no, ella insistía que no, y de todas formas la hicieron firmar. La pobre mujer necesitaba saber que estaba muerto, y de plano se conformó con llorarle a alguien.

La declaración me desconcertó por completo, pues ni siquiera sabía cómo se llamaba. Sin embargo, la pista era buena y decidí seguirla. La historia resultó ser verdad. Cuando la publiqué fue un escándalo de dos semanas en la Procuraduría, al grado que a todos los reporteros de la sección criminal les fue negado por completo el acceso a la Dirección de Periciales. Luego de esto la busqué y la invité a salir, y con el tiempo nos hicimos novios. Salimos durante dos años, pero un buen día apareció muerta la Isla de Orabá. El caso nunca se resolvió.

Fueron días difíciles. Primero el duelo, el llanto, la incertidumbre. Luego el pedir justicia al procurador, pues no era posible que ni sus trabajadores la tuvieran en los tiempos violentos que se vivían, en los cuales te mataban hasta para robarte el carro. Finalmente me obsesioné con el caso. Quise investigarlo por mi propia cuenta, pero fracasé. Dejé el periodismo criminal porque en cada escena veía su rostro. No podía soportarlo. Gradualmente fui saliendo de los reflectores noticiosos, hasta que me retiré a los veintiocho años. La carga era muy grande y estaba completamente solo.

Durante mis buenos años en el medio también me dediqué a la literatura, aunque nunca lo tomé como una opción de vida. El prestigiado escritor Élmer Mendoza me había supervisado en varios proyectos, e incluso gané un par de concursos estatales. Insistía en que tenía madera, que podía hacerlo en grande si me decidía, pero no lo tomé en serio hasta que salí del periodismo. Escribir, de alguna forma que no sé explicar, me ayudaba a no pensar en la tragedia de Alondra. Me daba rabia no conocer el misterio de su muerte. Finalmente fui ganando respeto entre los escritores. Lograba una publicación anual, lo que me daba el dinero suficiente para vivir cómoda aunque no holgadamente, y debido a que me absorbía mucho tiempo el escribir fui alejándome de todo lo cotidiano para dedicarme a ello por completo. Deje de salir, de frecuentar a los amigos, e incluso en ocasiones evitaba contestar el teléfono. Todo mi mundo era un documento de Word en blanco frente a la computadora, lo cual me hacía sentir cómodo porque todo estaba completamente bajo control.

*    *     *

Las noches posteriores a la llamada fueron inquietantes. Miles de preguntas e historias se formaban en mi cabeza, como torbellinos de tragedias y muerte entremezclándose con mi propia vida, apoderándose de todo. A medida que pasaban los días, el tiempo se volvía de goma, estirándose y retrayéndose a voluntad. Las cosas parecían ya no tener significado y los paseos por el malecón ya no tenían sentido si no tenía la respuesta a las preguntas que surgían en mi mente. ¿Qué era lo que realmente buscaba esa persona? ¿Y si realmente estaba en peligro de muerte y yo era, en ese momento, el único que podía salvarle la vida?

La llamada se convirtió en una obsesión, al grado de que decidí no apagar el celular durante las horas de sueño: no fuera a ser que la persona llamara otra vez. Incluso hubo una vez que dejé de dormir, pero no hubo llamada. La obsesión se volvió peligrosa. Deje de escribir. De vivir. Incluso dejó de importarme la muerte.

Luego de días de encierro y aislamiento vinieron más preguntas. Si la llamada se repetía, ¿qué iba a hacer? En principio, la persona llamaría preguntando de nueva cuenta por Gregorio Martínez. Si le decía que estaba equivocado, ¿seguiría llamando hasta que le contestara la persona a quien buscaba? Y lo primordial, ¿qué sería de mi vida una vez que la llamada se repitiera? Era un hecho que tomaría una decisión al respecto, la cual, al mismo tiempo, desencadenaría una serie de decisiones de las cuales no conocía las consecuencias. Todo era confuso.

Y entonces pasó.

Mi celular sonó nuevamente una noche antes de las once, mientras me encontraba descansando. Sin embargo, cuando vi que se trataba de un número privado, dudé en contestar. ¿Qué debía hacer? Todo mi mundo se cerraba en torno a lo que pudiera suceder después de contestar esa llamada, lo cual no sólo me llenó de dudas, sino de miedo. En parte me había aislado para dejar de tomar decisiones que pudieran afectar la vida de terceros. Siempre tuve el presentimiento de que la muerte de Alondra derivó de la investigación del caso de aquella mujer a la que le entregaron un cuerpo que no era el de su hijo. El teléfono sonó durante minuto y medio y lo dejé. Después de días de espera, no pude tomar la llamada.

Los días siguieron pasando y las hojas caían del calendario como mariposas muertas en medio de la nada. ¿Acaso el mundo se había detenido? Mi mente también se convirtió en un laberinto de preguntas sin respuesta. Todo iba en caída libre, hasta que de nuevo, una noche…

-Diga

Pasaron diez segundos hasta que la persona se atrevió a decir palabra.

-No quiero morir.

Parecía que la conversación iba a repetirse.

-¿Quién habla?

-Por favor, tiene que ayudarme.

-No puedo ayudarle si no me dice con quién estoy hablando.

-¿Es usted Gregorio Martínez?

¿La vida se resumía en esto, una simple decisión binaria que desataría una serie de sucesos cuyo significado no conocía? Diera la respuesta que diera, la vida no sería la misma nunca más.

-Él habla.

-Por fin. Hace semanas que lo estoy buscando. Por fin lo encontré.

-¿Qué puedo hacer por usted?

-Me han dicho que usted es experto en la muerte.

-Nunca he matado a nadie, si a eso se refiere.

-No, perdón, en investigar asesinatos peligrosos. Me dijeron que usted no es como los investigadores de ahora, como los del gobierno, que no hacen su trabajo por miedo o porque no les conviene.

-No soy como los demás, eso es cierto, pero no me ha dicho que quiere usted de mí.

-Alguien quiere matarme. Es una persona del pasado.

-¿O sea que usted conoce a esa persona?

-No. Bueno, no exactamente. Hace más de quince años que no sé nada de él, pero hace días empezaron a llegarme estas cartas.

-¿Qué clase de cartas, con amenazas?

-No puedo decírselo por teléfono, será mejor que nos veamos.

-Sí, es lo mejor.

-Mañana mismo, a las diez en punto.

-En un lugar cerca del centro.

-¿Le parece bien el Bistromiró? Es un café tranquilo, a esa hora no hay mucha gente y podemos hablar con tranquilidad.

-Muy bien, hasta mañana entonces.

-Por favor, no deje de asistir. No quiero morir.

No pude resistir más y colgué el teléfono sin preguntarle su nombre. Decidí irme a la cama apenas terminé con la llamada. Mi cuerpo languideció entonces, pero me sentí liberado. Las dudas crecían, pero la gran presión que me dominaba abandonó mi cuerpo entonces.

Lo cierto es que no tenía idea de lo que iba a suceder después, y tal vez no importaba porque podía no pasar nada, después de todo se trataba de una llamada falsa y yo no era más que un escritor recluido en su soledad. Le preguntaría al hombre los detalles del incidente y tal vez jamás lo volvería a ver. Me invadió el sueño, y a medida que avanzó la noche las dudas se fueron acumulando, pero finalmente logré vencer la barrera de la incertidumbre. Las preguntas continuaban sin respuesta, pero un camino empezó a vislumbrarse entre la niebla.

Sin embargo, el laberinto no tenía entrada ni salida.

Por Elier Lizárraga

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