Sobre la realidad:”-Así es la verdad –respondió Don Quijote-, y si no me quejo del dolor,
es porque no es dado a los caballeros andantes quejarse de herida alguna,
aunque se le salgan las tripas por ella” El Quijote de la Mancha.
Hace unos días conversaba con un amigo quien a su vez lo hacía de otro cercano a los dos, acerca de sus opiniones respecto a mi artículo anterior versado en términos generales sobre Anatole France, una especie de biografía no autorizada y análisis de algunas de sus obras, en especial aquellas de contenido, bullicio y enfrentamientos sociales en la nación francesa, el caso de “Los Dioses tienen sed” y “La isla de los pingüinos”.
Me provocó sorpresa, luego risa el escuchar que el texto estaba fuera de la realidad, elitista para ser precisos, porque tocaba un ente fundamental, la creación del Estado moderno y las consecuencias de los actos de sus protagonistas. ¿Esto es estar fuera de la realidad?, ¿acaso no sugieren los historiadores que para comprender el presente hay que conocer el pasado?, en esa frecuencia, ¿comprender el Estado moderno capitalista no implica mirar su origen en la revolución (burguesa) francesa? Mientras pasa el tiempo en lugar de aterrizar a la realidad resulta que me alejo más de ella, allá donde no hay bien ni mal, ni ciencia ni religión, ni cielo ni infierno…
Supongamos que la crítica sea cierta, el documento sobre Anatole France es una abstracción de los acontecimientos sociales, por lo tanto el Estado moderno siempre ha existido tal y como lo conocemos actualmente, sin la responsabilidad de garantizar las necesidades nacionales que antes de las Reformas neoliberales se estipulaban en la Constitución como parte de las conquistas de los trabajadores, lo que significa que la historia no tiene ningún sentido al estar detenida en el presente eterno, o será como llamara Nietzsche el eterno retorno, una constante sobre un mismo acontecer, su repetición hasta el infinito.
Pregunto, ¿qué significa entonces hablar de la realidad?, o mejor dicho, ¿qué es la realidad?, ¿cómo nos vinculamos con ella y para qué? El tema no es nuevo, en décadas pasadas quien no hablaba de la realidad, así tajantemente, era considerado pequeñoburgués, ¿actualmente qué apelativos merece? Veamos mejor eso que nuestro crítico llama realidad desde una perspectiva literaria porque el inicio de esta discusión parte de la publicación de una semblanza bibliográfica de France.
Balzac es considerado el padre del realismo literario, en eso no hay discusión, sus novelas imprimían elementos típicos del funcionamiento y orden social, una especie de espejo donde se reflejaba el acontecer de la vida aristocrática francesa. Por entonces se puso de moda el realismo en la forma de escribir novelas y cuentos. En el siglo XX en los territorios soviéticos surgió la narrativa heroica de los obreros, idealizados como la máxima expresión social en aras de la desaparición de las clases sociales, a este auge se le llamó realismo socialista.
En Latinoamérica durante la segunda mitad del siglo pasado se hizo literatura realista sobre golpes de estado, dictaduras, movimientos sociales y guerrillas urbanas o campesinas, mas no fue afortunada en difusión ni elaboración artística como sí gozaron obras que exploraron otros caminos de autores como García Márquez, Vargas Llosa, Borges, Onetti, Cortázar y Octavio Paz.
Si antes dije que la relación entre literatura y realidad no es tema nuevo, es porque parece que nos topamos con otro dogma (tampoco nuevo), el querer exigirle a la literatura que se deje dominar, que esté al servicio de la realidad.
En cierta ocasión, Óscar Collazos (crítico literario), arremetió contra la persona y obra de Julio Cortázar, por no ser un escritor comprometido, por no repetir los cánones lingüísticos que entonces se gestaban en el continente, a partir de la fiebre desatada con la revolución cubana en 1959. Me parece que la respuesta de Cortázar es válida para lo que sucede en nuestro caso, no se trata de impregnar la obra de revolución sino de revolucionar la obra en sí, o sea de revolucionar la literatura como medio artístico y de expresión. Cortázar jamás eludió su colaboración sea con Cuba o Nicaragua, desde sus posibilidades como escritor y hombre de cultura.
Puede suceder que la obra contenga un vínculo estrecho con la realidad, por otro lado es imposible desligarse, pero que la realidad la someta significaría hacer de la novela un panfleto, y me parece que sus connotaciones artísticas no son precisamente esas, que haya quienes puedan equilibrar ambas cosas también es cierto, pero no menos cierto es que son pocos quienes lo logran, quienes al plasmar la realidad en una novela no pierden su toque artístico, tenemos el caso específico de Eduardo Galeano.
En nuestra comarca sinaloense es absurdo exigir un equilibrio entre arte y realidad, las novelas, obras de teatro, cortometrajes, revistas y comics se parecen más a un reportaje de sección policiaca al estilo de La Sirena que expresiones artísticas propiamente dichas.
El arte literario sinaloense de las últimas décadas es una repetición de nota roja, lo peor del caso es que las producciones están condicionadas por las mismas instituciones culturales oficiales, no olvidar que también son empresas, por lo tanto comercializar sus productos a un mercado determinado deja buenos dividendos, y ese mercado es el llamado narcocultura.
En Sinaloa para abrirse camino en el quehacer de la literatura, especialmente la novela, se tiene que escribir sobre el narco, porque esa realidad está generalizada en boca de la sociedad. El sometimiento de la narrativa sinaloense sobre estos tópicos tiene que ver con un mercado construido para consumir todo lo que vincule con el tema, sea en ropa, música, formas de hablar, de caminar, los automóviles, es decir existe una representación de lo que significa ser sinaloense de la cual ni los políticos (algunas veces catedráticos) se abstienen de ello, y ante este mercado donde, dicho sea de paso, circula mucho dinero, los creadores conducen su arte a ese mercado.
Si hay una región en el país donde el publicar se dicta con celo y férreo control es en Sinaloa. En la cúpula institucional de la cultura aparecen los mismos personajes de hace veinte años. La publicación está condicionada por estos jueces-charlatanes que deciden quién sí y quién no, los sí son ellos mismos, los no tienen que asistir a los cursos que organizan los sí, pagar (además) los talleres que imparten, hacer sus vueltas, y aún así no es suficiente para lograrlo, porque la cultura según dicen, no es para todos.
Otros han abierto brecha mediante el periodismo, y desde allí guiñan el ojo a la cúpula cultural y dicen aquí estoy, presionan mediante reconocimientos en cubrir la nota (con pago anticipado por los protagonistas) hasta que las puertas del cielo son abiertas por el viejo San Pedro.
Independientemente de donde se escriba, si desde las instituciones oficiales o los diversos medios impresos o electrónicos (no hay mucha diferencia), todos escriben sobre el narco y con el mismo lenguaje tosco, directo, bravucón y poco imaginativo. No hay espacio para otras formas de expresión, lo que denota la mutua correspondencia en estos menesteres entre la delincuencia organizada y las instituciones culturales y de la información.
En Sinaloa hay dos temas los cuales no debe dejar de lado un escritor (si es que quiere vivir como tal), uno es el narco y el otro la política, ambos estrechamente vinculados. Lo alarmante es que ya no sólo la novela, también el teatro realiza en sus representaciones adaptaciones para atraer ese público, de pronto se verá a Tartufo con la virgen de Guadalupe en su playera y un paño amarrado en la frente, la imagen se acerca más a los garbanceros de los camiones o los cholos de la Díaz Ordaz que al mítico personaje de Moliere; o los cortometrajes donde los juniors de las Quintas prestan sus trocas ostentosas para escenificar la sociedad culichi, dando secuencia en sus escenas a una serie de asaltos y asesinatos encadenados entre sí sin término ni pausa.
Por fortuna los poetas no se han dejado seducir, no hasta el momento, se les ve recitando poemas en la bohemia (marginados muchos de ellos), maldiciendo todo y a todos, excéntricos hasta la médula, como hijos de aquel poeta romántico, Jesús “Chuy” Andrade, el mismo que predijo la muerte de Obregón cuando al sonar las campanas de la catedral de Culiacán pasaba por la calle principal que hoy lleva su nombre.
Volviendo al tema de discusión, ¿qué significa escribir sobre la realidad y qué implica salirse de ella? Para Anatole France significaba buscar mecanismos de comunicación en la novela para tratar un tema común desde otros ángulos, el menos trabajado pero efectivo que encontró fue la ironía, la risa. En sus novelas indica que quienes se aferran a transformar la realidad desesperadamente terminan haciendo aquello que negaban, esa enseñanza vale más que mil publicaciones, pero pocos la han apreciado, entre ellos el escritor checo Milán Kundera.
En una sociedad como la sinaloense, tan llena de predicadores, amantes de las estatuas y bendiciones de Malverde, lo que menos cabe y vende es reírse de esos modismos agresivos que están generando una psicosis social (ciudad cementerio), y precisamente es lo que promueve France en la novela “los Dioses tienen sed”, dar espacio para la risa en esta tragedia colectiva que vivimos.
Si me abstraigo de la realidad, según la apreciación de mi crítico, no es por ignorar o negar lo que sucede alrededor, se trata de ver eso que nos desgarra como sinaloenses desde otras perspectivas, por qué limitarse sólo a una tan trillada y que no ofrece nada nuevo y que sin embargo se consume como refresco de lata por las mañanas.
Ese fue el mensaje que se mandó con el ensayo anterior de France, vernos críticamente incluso allí donde a veces se piensa que por el sólo hecho de estar nos salva o hace diferentes. Romper los dogmas, así sea en posiciones políticas o literarias es uno de los aportes fundamentales de este escritor francés, cosa que aún quienes decimos “somos” debemos de ejercer y de la cual nadie está a salvo, ni quien escribe esto, mucho menos.
Crux Antonio