Culiacán, Sin.- Lorenza Rivas se trajo a sus siete hijas a este trozo de tierra sin porvenir, en las afueras de Culiacán, para iniciar una nueva vida. Vino porque huían de la pobreza de la sierra, y sobre un pedazo de tierra que compraron fincaron esta pequeña casa, pero buscando un camino nuevo conocieron la desgracia.
Esta mañana dos empleados de la funeraria se llevaron las últimas sillas y la carpa que les prestaron para el velorio de su hija Dania Berenice. Hace más de una semana que la asesinaron cuando trabajaba en un puesto de vendimias a un lado del malecón nuevo, y hace días que la fueron a sepultar al panteón de la Limita de Hitaje.
El largo malecón es testigo de su muerte y de su entierro.
Lorenza me recibe sin siquiera preguntar quién es el desconocido que la saluda desde la calle.
Come unas quesadillas que hizo para el desayuno. No hay más que unas cuantas tortillas y queso derretido sobre una mesa atestada de moscas. La encontré compungida, callada, espantando los insectos que luchaban por prenderse a la comida.
Bajo el cobertizo, que ya calienta por la hora del día, juega una niña de ojos castaños.
-¿Es hija de Dania?, le pregunto.
-No, ella es hija de otra hija mía que anda pal trabajo. Mi nieta Emily está con su papá ahorita, se la llevaron para que la vieran los abuelos -comenta la señora.
No pregunta a qué vine, pero parece decirme con sus gestos que ya me estaba esperando. Ahí sigue el Cristo plateado de la cabecera del féretro, las flores en sus canastas se marchitan rápido por el calor y en el suelo, formando una cruz, permanecen varias veladoras encendidas.
Ella sola comienza su plática, como si hablara consigo misma, mientras carga a la pequeña en brazos y mastica las quesadillas.
-Ya vinieron los de la funeraria, se llevaron las últimas cosas, pero les faltan unas más, me dijeron que vuelven luego -dice.
-Sí los vi ahorita que iba llegando.
Las moscas se afanan sobre la mesa. Ella las espanta con un trapo rojo.
-Apenas hasta ahora me sabe el bocado… el otro que día fuimos a enterrar a Dania ni comí. No sé que va ser de mi nieta, si ya no vivía con su marido, usted ya sabe cómo son los jóvenes de hoy. La mujer se separa del esposo y luego vuelven -refiere.
-¿Cómo era Dania, su manera de ser?
-Era muy buena mi hija. Pero con el muchacho era otra cosa, no se entendieron, por eso se fue a trabajar con su hermana, para ayudarme aquí en la casa -cuenta Lorenza.
-Escuché que la iban a ayudar a pagar el funeral y apoyos para la niña, ¿ya vino alguien, derechos humanos, del gobierno?
-No ha venido nadie, oiga, y la verdad la falta que nos hace. Todavía no terminamos de pagar todo.
El aire acá en el cerro es diferente. La casa de Lorenza es apenas un cuarto construido con ladrillos y tablas unidas. Desde el porche se ve un par de camas revueltas, un refrigerador maltratado por el uso y otros muebles puestos de cualquier forma.
Aquí termina la ciudad. Calle abajo, sólo hay una parcela sembrada de maíz que parece resecada al sol. Más adelante sólo hay un monte donde crecen árboles achaparrados y espinosos.
Y más allá se escucha el rumor del tráfico de la carretera que va al fraccionamiento Los Ángeles.
La colonia en realidad es un asentamiento irregular, donde se levantan casitas construidas con lo que les sobró a los ricos: tablas, cartones, láminas, pedacería de lo inimaginable; aunque ya hay algunas casas fincadas con ladrillo y cemento.
Uno al llegar a la zona puede imaginarse que este lugar surgió gracias a la obstinación y a la necesidad de sus habitantes.
Lorenza dice que llegó con sus hijas y su único varón hace un año y medio, que el terreno se lo compró a un señor que conocían de tiempo atrás. Se vinieron de Badiraguato porque allá hay menos oportunidades que aquí.
Su hija Dania Berenice tenía apenas un mes trabajando en el puesto del malecón. Su hermana Sugey, menor que ella, la secundó cuando fueron a pedir trabajo al dueño del negocio. Ganaba 150 pesos diarios.
-Dicen que el señor ya no la cuenta, que está muy grave de las quemaduras –comenta Lorenza.
-¿Y Sugey dónde está, ya se encuentra bien?
-A ella le pegaron un balazo en la mano, anda pal hospital, la van a operar porque no quedó bien.
Sugey tiene tres años menos que Dania, 16. A ella le tocó esa bala que le destruyó parte de la mano, pero con entereza ha enfrentado el destino que le tocó.
Cuando converso con Lorenza, no se ven rastros de rencor contra los responsables de asesinar a una de sus hijas y dejar herida a otra. Parece que la tragedia se asume de otro modo aquí.
Sin embargo, la tristeza en esta mujer que habla despacio es mucho más profunda de lo que se nota al principio.
Al hablar de sus hijas, se refiere a que ahora sólo le quedan seis de las siete que tuvo. Cuando le pregunto cómo era físicamente Dania, recuerda que tiene unas fotografías a la mano.
-Tengo unas fotos de ella, deje ir por ellas…
De regreso, muestra la primera algo arrugada. Ahí está Dania con sus espléndidos 19 años, con una blusa lila, la ceja perfectamente delineada, el pelo negro que se pierde en la oscuridad del fondo, una pared de ladrillos sin enjarrar que la coronan con unas hojas verdes de un árbol de Nim anónimo.
Hay otra foto que muestra Lorenza, ésta donde aparecen tres de las siete hermanas, delgadas, con ropa de estar en casa. Sugey está en medio, casi de perfil, en una pose más de modelo. Aquí Dania aparece seria, una sonrisa a medio camino que no alcanza a desprenderse de las comisuras. La tercera muchacha es otra de las hijas de Lorenza.
Su pequeña nieta, en un descuido, toma las fotografías para jugar con ellas, pero Lorenza la reprende.
-Déjalas, niña, las puedes romper.
Luego va y se sienta y se pone a verlas largamente. Es cuando llora, quedito, mientras desestruja las imágenes. Y de pronto regaña con dulzura a la pequeña.
-Si es lo único que me queda de Dania, de tu tía, unas fotografías, y tú me las puedes romper…
En silencio, limpiándose los rastros de lágrimas, Lorenza se mete al cuarto y guarda las fotografías.
En la noche habrá novenario. Una patrulla pasa inútilmente por la calle principal de la colonia.
Lorenza está a la espera de noticias del hospital, donde Sugey será intervenida para salvarle la mano.
Tal vez no lo asume así, o al menos no lo dice, pero sus hijas fueron víctimas de una violencia demente que arrastra a personas inocentes a la muerte. Ella misma es víctima.
Lorenza le seguirá llorando en silencio a su hija. Las trajo aquí, a las siete, a este lugar rodeado de monte y pobreza, porque en la sierra no encontraron oportunidades.
Vino buscando un porvenir.
Los hechos
Dania Berenice murió la noche del 1 de noviembre tras un ataque perpetrado por hombres encapuchados que llegaron a un puesto de vendimias ubicado sobre el Malecón Nuevo, en la colonia La Lima.
El hombre por el que iban, fue identificado como Mauricio Bejarano Sepúlveda, quien llegó con unas personas a bordo de una Tahoe de modelo reciente. Era vecino de la Isla Musala.
En el ataque, un tanque de gas explotó. El dueño del negocio, Marco Antonio García resultó herido de gravedad, mientras que Sugey, hermana de Dania, resultó lesionada de un balazo en una mano.
Ante los hechos, el gobierno se apuró a decir que se trató de un hecho aislado, y que a las víctimas inocentes se les brindaría apoyo.
Por Martín Durán