De héroes y villanos
Si una persona me alentó a continuar en la carrera nefasta del periodismo de nota roja (más parecido a veces a reportes policiales sin cribar), ese fue Alfredo Jiménez Mota.
A pesar de que en la época en que comencé a incursionar en la policiaca, allá por julio del 2008, Jiménez Mota ya tenía tres años desaparecido, conocí de primera mano sus historias, su pasión por el periodismo, pero también su inocencia y su entereza.
Gracias a Gustavo Lizárraga, su amigo reportero de El Debate, me enteré de la vida de Alfredo, y desde entonces surgió la admiración por el periodista de El Imparcial que un día como hoy fue desaparecido de la ciudad de Hermosillo, en donde vivía dedicado a su trabajo.
Mi afán por comprender por qué Alfredo se arriesgaba tanto al publicar reportajes sobre capos y cárteles de los que nadie hablaba públicamente, me llevó quizá a publicar también líneas arriesgadas, bajo la premisa de que “no pasa nada”, “quien no la debe no la teme”.
Y así, con esa temeridad a veces se va por la vida, soñando con encontrar la historia que nos justifique como reporteros, pensando que si no hay miedo no hay adrenalina, y no hay nada que valga más que conocer el fondo del asunto, enmarañado y fundido entre buenos y malos, y representado fielmente en la serie televisiva Breaking Bad, ese volverse malo del hombre bueno y mediocre, que prueba el poder, y lo arrastra hacia su fin.
“En el fondo, creo que Alfredo admiraba a los narcos”, me dijo doña Esperanza, su madre, la calurosa tarde del 1 de abril de 2013 en que la conocí.
Y es cierto en parte esta reflexión. Desvanecidos los límites entre buenos y malos, se podría confundir el afán del periodismo de narcotráfico con la fascinación.
Fue algo que experimenté en el semanario Ríodoce. A veces uno como reportero va más allá de lo meramente informativo, y quiere meterse a las alcobas de la mafia, conocer quiénes son aquellos que están metidos en el negocio, pero cuando se encuentran fuentes dispuestas a entregarnos un banquete, es a riesgo de la traición, la delación y la cobardía. Algo similar podría decirse que le pasó a Jiménez Mota.
“Alfredo quedó entre las patas de los caballos”, también me comentó don José Alfredo Jiménez, padre del reportero, en aquella ocasión.
Me habló de muchas cosas que no le cuadraban en la investigación del caso de su hijo, que están por demás mencionarlas aquí.
Lo que sí, es que me pidió de manera encarecida nunca olvidarme de Alfredo.
“Sé que ustedes los reporteros no pueden hacer nada por la investigación, pero sí les pido que no se olviden de mi hijo, si se olvidan entonces es cuando ganarán los que lo desaparecieron”, recuerdo que dijo en la Plaza del Tinaco, en el Centro de Empalme. Ahí estaba la familia, entera moralmente, en alto, a pesar de la mutilación de la ausencia de Alfredo.
Simbólicamente (doloroso), José Alfredo me regaló una reflexión profunda, toda una teoría extraída de una tanatología primigenia, y que muchos intuimos: No se mata a lo que se recuerda, a lo que sigue vivo dentro de nosotros.
Es el mejor homenaje, es la mejor forma de exigirle a los ladrones de la alegría que por más que quieran quitarnos lo que amamos, estaremos con la memoria, con los recuerdos de los hechos que un día fueron, pero que podemos dar testimonio.
Hoy, 9 años después de su desaparición, leo que la familia Jiménez Mota prepara como cada año el homenaje en el Tinaco, en un jardincito en donde los amigos de Alfredo pusieron una plaquita con su nombre. Me dolió el corazón de nuevo, al leer las declaraciones del padre: “Esperaremos a que los reporteros nos hablen este día”.
Siempre he pensado que el caso de Alfredo es la tragedia del periodismo mexicano. Yo, por mi parte, sueño con sobrevivir a estos tiempos convulsos, salir indemne de este oficio que me mantiene en el fuego cruzado.
Pero si por algo no me amilano, es por la memoria de Alfredo. Quizá él en donde esté no hubiera querido que nadie abandonara el oficio nada más por miedo.
Por Martín Durán