Culiacán, Sin.- Quien camina un sábado por la mañana por el centro de Culiacán está acostumbrado al movimiento incesante: el ruido de los camiones, los vendedores ambulantes ofreciendo su mercancía y el constante flujo de personas que cruzan la plazuela Álvaro Obregón frente a la Catedral.
Pero la mañana de este sábado ese ambiente cotidiano se rompió por completo. A un costado del templo, sobre la piedra fría, yacía el cuerpo sin vida de Jesús Alberto, un hombre de 47 años al que de cariño sus conocidos llamaban simplemente “Cachuy”.
Su muerte no fue un hecho repentino ni fortuito; fue la crónica de una tragedia anunciada que la ciudadanía intentó evitar durante más de veinticuatro horas, chocando de frente contra la burocracia, la indiferencia y las promesas vacías de la política local.
La huida de las montañas y la vida en la intemperie
Para entender cómo Cachuy terminó sus días en una banca del primer cuadro de la ciudad, hay que mirar hacia atrás.
Jesús Alberto era originario de la cabecera municipal de Badiraguato. Años atrás buscó suerte del otro lado de la frontera y vivió un tiempo en Arizona, pero terminó regresando a la sierra que lo vio nacer. Fue ahí donde la suerte empezó a darle la espalda: una enfermedad mal atendida en un pie mermó progresivamente su movilidad hasta dejarlo con una discapacidad severa, y la muerte de sus padres, hace ya una década, lo dejó en una situación de vulnerabilidad compartida únicamente con su hermano Javier.
Sin embargo, el golpe definitivo no lo dio la enfermedad, sino la violencia. La reciente ola de enfrentamientos y la inseguridad que azota la región serrana de Badiraguato obligaron a los hermanos a abandonarlo todo. Sin patrimonio y con el miedo a cuestas, Cachuy y Javier se convirtieron en parte de esa estadística invisible de desplazados forzados que llegan a Culiacán buscando refugio, solo para encontrarse con la dureza de la calle.
Sin un empleo, sin dinero para pagar un alquiler y sin una red familiar que los sostuviera, la intemperie de la plazuela Obregón se convirtió en su único refugio provisional.
Un día entero pidiendo auxilio
Desde la tarde del viernes, el deterioro físico de Cachuy era demasiado evidente como para pasarlo por alto. Comerciantes de la zona, transeúntes y personas que frecuentan la plazuela notaron que el hombre se encontraba visiblemente enfermo, débil y desprotegido. Varios ciudadanos llamaron repetidamente a los números de emergencia, solicitando una ambulancia para que fuera valorado médicamente y pidiendo la intervención de las autoridades de asistencia social para que la pareja de hermanos fuera llevada a un albergue.
Los llamados de auxilio llegaron a las oficinas del DIF municipal y del Ayuntamiento de Culiacán. Sin embargo, con el paso de las horas, la ayuda médica jamás se presentó. La burocracia estatal operó con una lentitud indolente mientras el estado de salud de Jesús Alberto empeoraba a la vista de todos.
Fue en medio de este escenario donde se presentó la mayor indignación para los testigos. Según relataron las personas que estuvieron presentes en la plazuela, la tarde del viernes hizo acto de presencia el regidor Armando Heráldez. El funcionario se acercó a los hermanos, escuchó su situación, aseguró frente a la gente que se haría cargo personalmente y prometió que la ayuda institucional y el traslado médico llegarían de inmediato.
Sin embargo, tras la foto o la charla de ocasión, el regidor se retiró y jamás regresó. Nadie más volvió por parte del municipio durante el resto de la tarde ni en toda la noche. La promesa de auxilio duró exactamente lo que tardó el funcionario en dar la vuelta a la esquina.
Un cuerpo en el piso y un hermano en la orfandad total
La mañana de este sábado, una nueva llamada al 911 movilizó finalmente a una unidad de la Cruz Roja. Cuando los paramédicos bajaron a revisarlo, no había nada más que hacer: Jesús Alberto ya no contaba con signos vitales. La causa preliminar apuntó a una muerte por causas naturales, acelerada por la falta de atención médica oportuna y las inclemencias del tiempo.
Lo que siguió después no fue más que la continuidad de esa misma cadena de omisiones. Elementos de la Policía Estatal Preventiva colocaron la cinta amarilla para acordonar el área, convirtiendo el centro de la ciudad en una triste escena del crimen social. Pese al fallecimiento confirmado, pasaron las horas y el cuerpo de Cachuy permaneció expuesto sobre la vía pública porque ninguna dependencia se ponía de acuerdo para asumir el levantamiento o hacerse cargo de los costos de traslado a una funeraria.
A un costado de la cinta plástica permanecía Javier, devastado. En cuestión de meses lo perdió todo: su hogar en Badiraguato por la guerra armada, la protección de sus padres hace diez años, y ahora a su hermano y compañero de vida en una banca pública.
Javier no tiene un trabajo formal, carece de ingresos y no tiene a dónde ir ni cómo costear un servicio funerario básico o una sepultura digna para Cachuy.
La indignación colectiva
El caso ha levantado una ola de rabia e indignación entre los transeúntes, trabajadores del centro y activistas locales, quienes no dudan en calificar lo sucedido como un acto flagrante de omisión de cuidado e indolencia criminal por parte de las autoridades municipales y estatales.
La exigencia en el primer cuadro de Culiacán hoy es rotunda: ya no se piden explicaciones ni disculpas institucionales.
La ciudadanía exige que el Gobierno del Estado, el Ayuntamiento y el DIF asuman de inmediato la totalidad de los gastos funerarios de Jesús Alberto, y que de manera urgente se le otorgue a Javier un refugio seguro, atención psicológica y una oportunidad de empleo para evitar que la calle termine cobrándose una segunda vida.
Tras horas de abandono e incertidumbre, en llamada telefónica con La Pared, su hermano Javier compartió un breve respiro en medio del duelo: confirmó que finalmente se apersonaron el médico del SEMEFO y personal del DIF, quienes le prometieron que las instituciones asumirán los trámites correspondientes.
Para Javier, entre el dolor y la soledad, empieza al menos el difícil camino para darle a “Cachuy” el descanso digno que la calle y la burocracia le negaron en vida.
Cynthia Valdez/LaPared