Culiacán, Sin.- Todas las mañanas, el trayecto marcaba una frontera invisible. El viaje comenzaba en la Laguna Colorada, una comunidad rural en las afueras del sur de Culiacán, donde la tierra es seca y el horizonte lo dominan los cerros.
De ahí salía el auto rumbo al norte, cruzando la ciudad hacia las aulas climatizadas del colegio privado, donde el aire huele a perfume caro y a futuro asegurado.
En la Laguna Colorada se quedaba el padre, un hombre de campo, de los de antes. Era un ranchero legítimo que trabajaba sus tierras, ordeñaba sus vacas y criaba sus gallinas; un hombre “de bien”, según dicen en el pueblo, que construyó un patrimonio honesto y sólido con el sudor de la frente.
En esa casa de campo no faltaba nada; vivían desahogados, con el confort de una familia rural acomodada que jamás conoció el hambre.
Aquel ranchero, recto y de principios claros, intuía el peligro que respiraba la juventud en Sinaloa. De acuerdo con datos recopilados por La Pared, el hombre les repetía una advertencia implacable a sus hijos.
Carlos lo contaba después entre sus conocidos de la escuela, casi como una anécdota para justificar el control de su casa: su padre les había jurado que, si alguno se metía en “cosas turbias”, él mismo, con sus propias manos, los entregaría a las autoridades.
Era la estrategia de un padre de bien para sembrarles un miedo sano, un freno de mano moral.
Pero el miedo no bastó contra la fascinación del dinero rápido.
El auto cruzaba diariamente trasladando a los tres hermanos desde la severa rectitud del rancho paterno hasta el laboratorio social de la capital sinaloense.
En las mismas bancas donde se sientan los hijos de los apellidos que aparecen en las secciones de negocios, se acomodan también los cachorros de los hombres que controlan la sierra y la frontera. Hijos de la legalidad y herederos de la mafia, compartiendo el mismo patio de recreo.
Entre todos ellos, Carlos Alberto Páez Pereda y sus hermanos menores siempre fueron el faro de excelencia del plantel.
Información obtenida por este medio constata que los tres eran alumnos brillantes, de los que no daban un solo problema. En sus boletas no había espacio para otra cosa que no fueran dieces perfectos; muchachos responsables con sus tareas, puntuales, impecables. “Carlitos” era el hermano mayor, el que cargaba con la responsabilidad de abrir camino y hacerse cargo de Luis Alfonso y de la hermana pequeña en ese viaje diario desde la periferia rural hasta la burbuja de la clase alta. Eran, a ojos de todos, tres “buenos plebes” de impecable conducta destinados al éxito académico tradicional.
Pero Carlos tenía una fijeza en la mirada que no venía de los libros, ni compartía la paciencia del oficio de su padre. Tenía ambición. Una ambición fría, calculadora, que terminó contagiando el destino familiar.
—¿Cuál es la carrera que deja más dinero, profe?— preguntaba a menudo, interrumpiendo las lecciones de civismo o matemáticas. No preguntaba por vocación, ni por seguir el legado de las tierras y el ganado de su padre.
Preguntaba por el valor neto. Quería saber dónde se escondía la llave de la riqueza absoluta.
Los maestros, ingenuos, le hablaban de finanzas, de leyes, de comercio internacional.
Los estudiantes estrella escuchaban y tomaban notas, pero el verdadero maestro ya los esperaba al volver a casa.
El veneno de los detalles caros y la ley del silencio
Mientras el padre representaba el trabajo duro y la inflexible promesa de entregarlos a la ley si se desviaban, el diablo apareció por el flanco familiar con el rostro de un tío. Andando el tiempo, ese diablo no llegó con azufre; llegó con el motor rugiente de una camioneta del año y un brillo cegador que empezó a desarmar los miedos impuestos por el viejo ranchero.
Reportes consultados de La Pared señalan cómo el tío, parte del engranaje de la maña y hombre de acción, vio en la brillantez y disciplina de sus sobrinos el combustible perfecto para la estructura. El adoctrinamiento no fue violento; fue sutil, una seducción a cuentagotas que eclipsó las advertencias del rancho.
Comenzó con los regalos ostentosos que llegaban hasta la Laguna Colorada. Un día era el último modelo de teléfono; al otro, piezas de relojería exclusivas y cronógrafos suizos de alta gama.
Pronto, el brillo se volvió más evidente. Carlos empezó a llegar a la escuela portando anillos de oro macizo incrustados con diamantes y gruesas cadenas que destellaban bajo las luces del aula. Frente a sus compañeros, extendía las manos y presumía con naturalidad el botín:
—Mira lo que me trajo mi tío de tal viaje— decía, repitiendo la frase como un mantra, pero cuidándose de jamás pronunciar un nombre de pila.
Según el seguimiento e información que ha procesado esta redacción, aquella era una regla no escrita en el plantel. Carlos operaba bajo los mismos códigos que los otros alumnos hijos de grandes capos que compartían el patio de recreo: muchachos que tenían estrictamente prohibido revelar la identidad real o los nombres de sus padres y protectores. En esas aulas se sabía todo, pero no se nombraba a nadie. El silencio era la moneda de cambio y el tío, un fantasma generoso que sepultó bajo el peso del oro la promesa de castigo del padre.
El tío les demostró que la universidad te preparaba para ser un empleado de lujo, y que la tierra daba para vivir bien, pero que el negocio del narcotráfico te convertía en el dueño del tablero.
De la libreta de calificaciones al radar transnacional
Poco a poco, el estudiante brillante empezó a aplicar su disciplina matemática a la logística de las rutas. La mente analítica de Carlos, la misma que resolvía ecuaciones complejas en minutos, comenzó a cuadrar inventarios, a entender la química de las sustancias y a calcular los márgenes de ganancia del tráfico de fentanilo, cocaína y metanfetamina. El “buen plebe” descubrió que la carrera que deja más dinero no estaba en ninguna universidad de prestigio.
Su metamorfosis fue total. Su propio nombre, Carlos, sirvió para bautizar su descenso a los infiernos. Con una ironía macabra propia de la nueva generación del narco, que utiliza referencias de la cultura pop para nombrar la muerte, su alias se transformó en “Carlitos Rugrats”, un juego de palabras inspirado en el temeroso personaje infantil de los lentes. Bajo ese manto, asumió el mando de “Los Rugrats”, una facción armada y sumamente violenta de la estructura de Ismael “El Mayo” Zambada dentro del Cártel de Sinaloa.
La disciplina que usaba para las tareas escolares la trasladó a la guerra contra “Los Chapitos” y al control del corredor de Tijuana hacia San Diego, asegurando el negocio mediante ejecuciones y secuestros perpetrados por sus sicarios.
Hoy, la historia de aquel alumno de excelencia ha tomado una escala de impacto internacional. Más allá del expediente judicial de la corte de California, un cruce de datos realizado por La Pared confirma el peso específico de los hermanos en la nómina criminal.
El Tribunal de Distrito de los Estados Unidos para el Distrito Sur de California ha emitido una orden de arresto en su contra, elevando sus actividades al nivel de narcoterrorismo, conspiración internacional para distribuir sustancias controladas y apoyo material al terrorismo extranjero, acusaciones que en el sistema penal estadounidense se pagan con una pena máxima de cadena perpetua.
El peso de la ley de hierro: La cacería del FBI
La ofensiva de las autoridades estadounidenses no contempla matices. El fiscal federal a cargo del caso resumió la determinación del gobierno con una frase contundente dirigida al alias del prófugo, advirtiendo que no se puede capturar a un personaje de dibujos animados, pero a un narcoterrorista sí.
La gravedad del caso ha llevado al Departamento de Estado a ofrecer una recompensa millonaria por información que conduzca a su detención.
Como parte del expediente desclasificado en California, el FBI y el Departamento de Justicia han expuesto el estilo de vida que el dinero de sangre financió.
La acusación incluye un detallado registro de armas de fuego personalizadas con acabados en oro, rifles de asalto de uso militar exclusivo, fardos de dólares en efectivo y registros de video recientes donde se aprecia al sospechoso portando armas en lugares públicos con total impunidad.
A nivel táctico, reportes periodísticos de este medio identifican a Páez Pereda como el brazo ejecutor principal de Ismael Zambada Sicairos, alias “El Mayito Flaco”.
Las agencias federales lograron rastrear su ascenso mediante interceptaciones y el análisis de narcocorridos que describían su rango. Su célula criminal opera actualmente como una fuerza de choque en la cruenta disputa de Culiacán contra los hijos de Joaquín “El Chapo” Guzmán, atribuyéndosele golpes de alto perfil como el enfrentamiento donde fue abatido el jefe de escoltas de Iván Archivaldo Guzmán. Asimismo, las autoridades documentaron que operaba en coordination con los jefes de plaza en Tijuana para blindar el flujo de metanfetamina y fentanilo hacia el norte.
El alcance transnacional de la organización obligó a activar alertas en embajadas y consulados globales, y es aquí donde la revisión documental de La Pared y el expediente federal coinciden en que la ambición arrastró de lleno a la mancuerna de hermanos.
Luis Alfonso Páez Pereda, el otro estudiante de dieces que compartía el asiento del auto en el trayecto escolar junto a su hermana, ya no es un espectador. Las investigaciones financieras del FBI lo señalan formalmente en el mismo expediente, acusado de conspiración para cometer lavado de dinero.
Mientras Carlos aplicaba su inteligencia para convertirse en el brazo militar de la organización, un desglose de información hecho por La Pared expone que Luis Alfonso utilizó su capacidad analítica para transformarse en el cerebro financiero de la célula.
La acusación detalla su conexión directa con operaciones en el Caribe, específicamente en la República Dominicana, donde era el encargado de adquirir propiedades de lujo y mover los hilos bancarios para blanquear los millones de dólares obtenidos por la venta de fentanilo en las calles de Estados Unidos.
Debido a la designación del cártel como organización terrorista, los cargos que enfrentan los hermanos Páez Pereda en una corte federal conllevan castigos implacables.
El cargo de narcoterrorismo contra Carlos estipula una sentencia mínima de veinte años y una máxima de cadena perpetua, al igual que el cargo por liderar una empresa criminal continua, mientras que los delitos financieros que cercan a Luis Alfonso imponen multas que ascienden a decenas de millones de dólares y la confiscación absoluta de cualquier propiedad adquirida con dinero ilícito.
En los pasillos de su antiguo colegio en Culiacán, los pasados noticieros y la actual ficha de búsqueda del FBI imponen un silencio sepulcral. Los alumnos ejemplares que devoraban los libros y entregaban las tareas a tiempo terminaron graduándose con honores en la única facultad que no puede clausurarse: la del polvo, el plomo y el dinero de sangre.
Despreciaron la vida tranquila que su padre construyó entre ganado y labranza en la Laguna Colorada, desafiando la vieja advertencia del viejo ranchero que juró entregarlos y rompiendo el destino de tres hermanos que alguna vez compartieron la misma ruta escolar.
Olvidaron que en este tablero global, las amenazas de un padre se transforman en la realidad de las agencias federales, donde los errores ya no se pagan con una mala nota, sino con una celda de por vida o con la muerte.
Por Cynthia Valdez/LaPared


