Mazatlán, Sin.- El chillido de las llantas y el seco crujido de los plomazos perforaron la mañana en la colonia Montuosa.
Apenas amanecía sobre la avenida Gutiérrez Nájera cuando los gatilleros cerraron el paso y abrieron fuego a quemarropa. El objetivo era directo: Óscar Roberto Osuna, director de Protección Civil municipal.
Fueron segundos de pánico absoluto. Mientras los vecinos se arrojaban al suelo entre el estruendo de las detonaciones y los comerciantes bajaban las cortinas a medio abrir, las balas alcanzaron de lleno al funcionario.
En el mismo punto, la ráfaga alcanzó a un acompañante, dejando a ambos tendidos sobre el asfalto entre casquillos humeantes y el olor a pólvora recién quemada.
Los sicarios no esperaron a ver el desenlace; pisaron el acelerador y se perdieron entre el laberinto de calles del sector antes de que el aire terminara de limpiarse.
El ulular de las sirenas cortó el silencio posterior. Entre gritos y maniobras a toda prisa, los paramédicos subieron a los dos heridos a las ambulancias y enfilaron hacia el hospital escoltados por una muchedumbre de patrullas.
Contra todo pronóstico, dentro de la urgencia, el reporte médico dio un respiro: ambos ingresaron con vida y se encuentran estables.
Para cuando el sol terminó de salir, la Gutiérrez Nájera ya era una marea de luces rojas y azules. Elementos del Ejército y la Policía Estatal cercaron la escena con cinta Amarilla de “Prohibido el Paso”, mientras peritos en criminalística marcaban los impactos en las fachadas y contaban uno a uno los casquillos percutidos.
Se montaron retenes y patrullajes a toda velocidad por las colonias vecinas, pero la cacería no dio frutos.
El atentado contra el mando de Protección Civil no es un hecho aislado ni una coincidencia desgraciada: es la estampa viva de un Mazatlán que lleva semanas ahogándose en una ola de violencia sin freno, donde las balaceras a plena luz del día, las ejecuciones y los levantones se han vuelto la rutina de un puerto donde las autoridades tampoco tienen blindaje.
Redacción/LaPared