Zacarías Avendaño, esa noche del Día del Padre, llegó a El Ranchito de los Burgos para festejar. Era hombre pendenciero y el mote de “el loco” se lo había ganado con los años porque se decía de él que mataba sin ninguna razón. Y además, aseguraban que sí estaba loco. A la menor provocación soltaba bala, pero ya los habitantes de El Salado estaban acostumbrados a verlo como un maldito que estaba ahí, sin oficio ni beneficio.
–¿A poco sabes usarla? -le dijo el Loco Zacarías con mucha sorna.
–Pues nomás la traigo para lo que se ofrezca–, contestó el mozalbete aquel que había llegado a la fiesta del Día del Padre.
–El que trae una pistola es porque sabe usarla, ¿o no? –soltó en el mismo tono.
Quienes recuerdan el episodio refieren que Zacarías ya andaba ebrio y loco como de costumbre, y como de costumbre traía su rifle AK-47 terciado. En el pueblo, El Ranchito de los Burgos, El Salado, las cosas andaban para la juerga y no para duelos sin cuento.
Conocidos entre sí todos los pobladores, dejaban al Loco Zacarías vagar a sus anchas, allá anda el Loco entre los caminos encima de ese caballo oscuro, con su “cuerno de chivo” al hombro, con su carrillera de granadas a la cintura, construyendo la viva imagen del forajido, del matón del viejo Oeste.
Se levantaba temprano y se iba despacito en el caballo, al que también le travesaba un rifle en el cuello para hacerlo más bravo. Pasaba por las calles de las comunidades del oriente de El Salado, como El Ranchito y la Estancia de los Burgos, y saludaba a las personas.
–Buenos días –les gruñía por detrás de los cercos.
Le temían, pero a la vez sabían que era un loco de remate. Había que llevárselas tranquilo con él. Gatillo fácil, le atribuían decenas de muertes, quizá más de las que en verdad cometió.
Hubo un tiempo en que fue un fiel pistolero del Mayo Zambada, a quien Zacarías nunca dejó de considerar su patrón. Su leyenda le adjudica la historia de que el Mayo lo envío a la frontera a matar a sus enemigos, y que Zacarías fue tan eficiente que, aún ahora que era solo un mostrenco temible para la comunidad, Zambada y sus hombres lo dejaban vagar y patrullas por brechas y caminos de su tierra, siempre con el caballo y sus armas.
Un día, el Loco Zacarías se robó a una chamaca de El Ranchito de los Burgos, y se la llevó a su casa. Los padres de la joven no se animaban a pedirle que la regresara, que por favor, si apenas era una niña.
Ahí la tenía encerrada el Loco, custodiada por su furia agazapada y por sus armas.
Los padres, temerosos, recurrieron a su compadre Ismael Zambada Imperial, El Mayito Gordo, hijo del Mayo Zambada.
–Devuelva a la muchacha, compadre –cuentan que le dijo el Gordo a Zacarías.
–No, pues ai ta’, llévesela…
–A que no me tiene respeto a mí.
–No pos sí.
–Entonces usted agárrela y llévela devuelta a su casa.
El Loco Zacarías obedeció, como el animal violento que reconoce al amo. Tomó a la muchacha y la regresó con sus padres.
Por eso, cuentan en el pueblo, el Gordo era una figura de respeto para Zacarías, que evitaba los problemas si las cosas de oponían a los intereses del patrón.
Pero ya con el Mayito en la cárcel, no había nadie quien le impidiera hacer bravuconadas en las fiestas. El miedo latente a ser victimado por el sicario, perdido en el alcohol y las drogas, era constante.
Hacia la noche del Día del Padre de nuestra historia, Zacarías bebía en la fiesta en la que se habían reunido los pobladores de El Ranchito y otros puntos cercanos.
Al lugar llegó un joven de una comunidad cercana, de nombre Ricardo Mendoza Rojo. No se le conocía como hombre de problemas, pero esa noche su malasuerte decidió que tenía que llevarse su pistola al cinto.
Llegó a la fiesta luciéndola en la cintura fajada. El Loco Zacarías lo vio y le sonrió con sarcasmo maldito.
–¿A poco sabes usarla…?
Ricardo le respondió que era para lo que se ofreciera; según los presentes, no lo provocó. Sabían que nadie se le enfrentaba al Loco Zacarías y menos por algo tan baladí en ese lugar como traer una pistola fajada.
Ricardo entonces cogió una silla, y al momento de sentarse el arma emergió de la cintura, por lo que hizo el ademán de sacarla para después acomodarla plácidamente entre el pantalón y el cinto.
Pero el Loco Zacarías vio lo que quiso. Vio en el ademán de Ricardo el intento de desenfundar para disparar, su paranoia influenciada por los años de vicio lo llevó a sacar el “cuerno” y asestarle tres disparos al joven, en medio del festejo. Tres disparos lanzados sin pericia que le dieron tiempo suficiente para sacar el arma y soltar un solo proyectil, antes de caer malherido.
Ricardo se desplomó, y en ese momento pensaron que el Loco se había llevado otro cristiano por delante, ¡otro muertito a la cuenta de Zacarías!
Del otro lado, el Loco había caído. El único tiro que soltó la pistola le había dado en el pecho. Fin de la fiesta.
Los del Ranchito cargaron con el cuerpo de Zacarías a la funeraria Emaus de El Salado. Ricardo aparentemente había sobrevivido, pero al final murió. Los dos cadáveres fueron reunidos en la morge, a donde llevaron después policías y ministerios públicos para levantar los partes.
Sin el loco que traía la muerte a caballo, las gentes de pronto comenzaron a sentirse feliz.
Fue tal el gozo que sintieron los pobladores de El Salado por la muerte de Zacarías, que horas después de que su familia lo llevó a sepultar, los hombres del pueblo sacaron sus fusiles y pistolas, y comenzaron a disparar al cielo. Algunos policías incautos que escucharon la balacera en la lejanía creyeron que alguien vengaba la muerte del viejo matón, pero más tarde se enteraron que el desconcierto de tiros era de franca felicidad, de puro gusto.
Por Martín Durán
(Publicado en Deprimera)