UN MUNDO SURREALISTA

Caminan sin rumbo fijo; comen por inercia, la gente los mira sin verlos, a veces con asco, a veces con lástima, es la triste realidad de los afectados emocionales.

 

Francisco de Asís Solís

El gobierno pocas veces se ocupa de ellos. No votan. No entran al círculo del consumismo o producción. Están en la periferia de la sociedad, a lo más vagan como un decorado más del casco urbano, solo cuando transgreden las “buenas costumbres” se les ve con desprecio y asco, cuando piden comida, unas monedas, algo de agua, o cuando hacen sus necesidades a plena luz.

¿Qué hay detrás de esos andrajos?

Sus mentes nebulosas, quizás afectados por las drogas, alcohol, o problemas familiares, los sumieron en un mundo propio. Millones de neuronas están muertas. Otros millones trabajan y les permite tener algo de conciencia, solo para sentir las necesidades elementales del cuerpo: comer, beber, dormir y defecar.

Son hombres y mujeres que transitan por la ciudad de Culiacán, sin rumbo fijo. Miradas perdidas, poco diálogo y en ocasiones furia contra ellos y otros que se encuentran a su paso, presos de la esquizofrenia.

Son los “renglones torcidos de Dios” o los condenados a la oscuridad, parcial y en ocasiones, absoluta. Algunas y algunos todavía contestan y piden monedas o comida para seguir subsistiendo. Su pasado no lo conocemos. Aparecieron sucios de su ropa y cuerpo.

Todos los ignoran. Hasta sus familiares los abandonaron. Les tienen miedo a sus reacciones, en ocasiones violentas o sexuales.

José, que así lo llamaremos, es un joven que apareció hace 23 años en la colonia Miguel Alemán cerca de la base de la Cruz Roja del bulevar Gabriel Leyva Solano; ya está vestido solo por un pantalón mugroso. Los vecinos se compadecen y le dan comidad. Y… todas las noches el joven Julián Mendoza, propietario de la menudería La Escondida, le obsequia un litro de caldo con granos y algo de nervio. Esto lo que puede hacer por él.

Y así pasan los minutos, horas, días, meses y años  y José, vive en su mundo. No le hace daño a nadie. Habla solo y camina solamente en un radio de seis manzanas. Pernocta todas las estaciones del año afuera de la casa de la familia Valenzuela en unos maceteros de cemento. En temporada invernal los vecinos lo dotan de cobijas, chamarras y zapatos y luego de un tiempo arroja todo a la basura.

En un tiempo usó drogas y robaba pegamentos de la Tapicería Roca, hasta que se cansaron  los  municipales  de llevárselo a la barandilla y de repente ya no se drogó, ni inhaló solventes ni pegamentos. Entró en un mutismo inexplicable. Lleva una vida rutinaria. Algunas veces pronuncia incoherencias y camina a paso rápido y voltea como si alguien lo siguiera.

Cuentan  que fue un joven muy estudioso. Cayó en las drogas y adiós estudios y futuro tal vez promisorio.

NOS INVADEN AFECTADOS DEL SUR DE LA REPUBLICA.

Antes en Culiacán teníamos nuestros propios dementes, por así decir de esa gente que nadie se ocupa, ni el gobierno, y ahora nos invaden de otras partes de la República Mexicana, muchos de ellos afectados, de sus facultades mentales, por hambre.

Venían de paso a los Estados Unidos y el hambre les hizo bajarse del tren o se les acabó el dinero, mientras viajaban en autobuses de pasajeros. Empezaron a mendingar, hasta que los ciudadanos les dieron la espalda y el hambre les hizo desvariar su conducta y sus acciones.

Caminan andrajosos; sin rumbo fijo. Están prietos azotados por los fuertes rayos de sol.

Ninguna autoridad les da albergue ni tratamiento psiquiátrico. El único hospital existente cobra sus servicios por internamiento temporal o total.

Estos perturbados, que ofrecen conductas vergonzosas ante la sociedad que los expulsa, al desnudarse y hasta masturbarse en la vía pública ante el escozor de algunos y el morbo de otros que se consideran normales.

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