Silbato final en la cancha: Guamúchil despide a sus tres niños

Guamúchil, Sin.- No hay dolor más grande en esta tierra que el de tener que enterrar a un hijo. Nadie, absolutamente nadie, sale de su casa esperando que una tarde cualquiera de lluvia y risas termine en una trampa de concreto.

Hoy la pelota no rodó en la cancha de la colonia San Pedro; hoy el pueblo entero se juntó ahí mismo para tragarse las lágrimas y tratar de entender lo inentendible: Cristian Adán tenía solo 13 años. Jhonatan, 15. Junto a su compañero de vida y de cancha, salieron a jugar bajo la tormenta y no volvieron jamás.

El calor de Sinaloa caía pesado, asfixiante, como si hasta el aire pesara sobre el pecho de todos los que llegaron. Cientos de mamás, de papás, de vecinos se apretaban bajo sombrillas negras, azules y de playa. No había porras. No había ruido. Solo el sonido desgarrador de los sollozos y el ahogo de ver tres féretros donde antes solo había risas y sueños por cumplir.

Ver a tu hijo ahí, donde antes lo veías correr

Colocaron los féretros justo en el área chica, sobre la misma tierra seca donde tantas veces se barrieron para evitar un gol. A unos pasos, el árbitro permanecía de pie, inmóvil, con el silbato en el pecho y el balón apretado al costado, masticando un nudo en la garganta al ver la escena que rompe a cualquier ser humano.

Porque ver a sus amigos de la infancia destroza.

Los niños del ⁠#DeportivoCH⁠, con sus uniformes morados puestos, sencillamente no aguantaron las piernas. Se dejaron caer de rodillas sobre la tierra, ahí pegados a la red. Uno de ellos se tapó la cara con la camiseta para que no lo vieran quebrarse, mientras su amigo lo apretaba del cuello, abrazándolo con esa desesperación sincera de quienes están perdiendo a un hermano.

Al lado del ataúd metalizado, caliente por el sol, alguien se dobló por completo para pegar la boca a un retrato dibujado a lápiz y acariciar por última vez ese rostro infantil.

Dejaron tres rosas rojas sobre el féretro. A su alrededor, globos morados y blancos se mecían despacio, aferrados a sus hilos antes de marcharse.

La herida abierta de un pueblo

Aquel juego bajo la lluvia se llevó lo más sagrado que tiene una familia. No hay consuelo, no hay palabras ni explicación que alcance cuando la muerte se ensaña con la inocencia.

Cuando levantaron los ataúdes en hombros y los globos blancos empezaron a perderse en el cielo azul de Guamúchil, quedó una certeza que hiela la sangre: esos tres muchachos pudieron ser los hijos, los hermanos o los nietos de cualquiera de nosotros.

Y hoy, Salvador Alvarado los llora con el corazón hecho pedazos.

Redacción/LaPared

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