Aquí nunca hay soledad. Mil fantasmas gritan en calma.
Ambar Lucid
Por Sergio Ceyca. – Cuando uno crece en una ciudad que no aparece en los libros de Historia, el recorrido de los lugares donde ocurrieron los hechos importantes en el desarrollo de la nación, las fechas que tuvimos que memorizar para los exámenes, parece una suerte de ingreso a la ficción o a la fantasía. Quizá hasta una forma de viaje en el tiempo. Es en este territorio compuesto por la monstruosa Ciudad de México, donde la narradora Lola Ancira (Querétaro, 1987) construye los relatos de su nuevo libro Tristes sombras, el cual fue publicado por la editorial Paraíso Perdido.
En ocasiones, los relatos que conforman el libro tienen más la forma de ensayo o crónica; en otros, coquetean con la investigación periodística o la histórica, haciendo que el libro pueda tambalearse en la cuerda floja del texto informativo y el texto narrativo; sin embargo, estos siempre desembocan en imágenes o hechos terribles y por eso inesperados: la compra de una botella que puede contener el olor de los seres perdidos, la automutilación de los genitales a través del incendio, un trabajador del psiquiátrico que siente envidia de los pacientes, un estudiante de la criminología con ideas subversivas para la academia legal-penal de principios de siglo, un hombre que busca asesinar al presidente, la vida y los negocios de los presidiarios del pabellón J, en Lecumberri. Historias que, parece, han sido felizmente olvidadas.
Historias que bien pudieran ser definidas por Guillermo del Toro, en El espinazo del diablo, como ‘fantasmas’: “Un evento terrible condenado a repetirse una y otra vez, un instante de dolor, quizá algo muerto que parece por momentos vivo aún, un sentimiento, suspendido en el tiempo, como una fotografía borrosa, como un insecto atrapado en ámbar”. Y aunque los lugares donde se repiten estos momentos parecieran ser sólo dos (el psiquiátrico de La Castañeda y la cárcel de Lecumberri, ambas instituciones ya clausuradas), las historias que conforman Tristes sombas atraviesan otras geografías de la Capital: desde las turísticas, como el centro histórico, el Zócalo, y la tienda de los sombreros Tardán; hasta el otrora pueblo de Mixcoac, el cual rodeaba al manicomio fundado por Porfirio Díaz en su afán de introducir el Progreso a nuestro país. Sectores que continúan, aún hoy, sosteniéndose a pesar de los terremotos y la lluvia ácida.
La manera en que Lola Ancira se acerca a estos ‘fantasmas’ recuerda a lo que Edgar Allan Poe propone al inicio de El entierro prematuro, en cuanto a que la calamidad general no es tan recordada en sus detalles como la personal, haciendo que de esta manera la experiencia de individuos en concreto sea la que va forjando la Historia: “no necesito recordar al lector que, del largo y horripilante catálogo de miserias humanas, podría haber elegido muchos ejemplos individuales más llenos de sufrimiento esencial que cualquiera de estos vastos desastres generales. La verdadera desgracia, el infortunio por esencia, es particular, no difuso”.
Entonces, en el largo catálogo de desgracias que es nuestro país pareciera que los seres humanos que la vivieron son arrastrados, en mayoría, hacia el olvido; que son tristes fantasmas que caminan por las calles de una ciudad siempre repleta de personas buscando mejores condiciones de vida, buscando ser recordados. Más el tiempo parece comérselos a todos.
Sobre la recuperación de estos ‘fantasmas’ Danilo Kiš ha escrito el cuento principal de La enciclopedia de los muertos. En este narra la historia de una chica que da con un gran lugar que contiene las biografías de todas las personas que alguna vez han existido y no han sido importantes; en él, busca el expediente de su padre, quien acaba de morir. Lo hace para recordarlo. Para arrebatarlo de las garras del tiempo.
Es de eso, también, de lo que Lola Ancira se nutre para exponer otro ángulo de la Ciudad de México que, a lo largo, se omite: la zona lacustre ha albergado a millones de personas que son olvidadas. Es una ciudad dónde cualquier puede perderse, ahí está la vida de Samuel Noyola como ejemplo. Al enfocarse en relatos que tienen de escenario dos instituciones importantes, ambas creadas durante el Porfiriato para suprimir a la población y a los disidentes, la autora queretense descubre algunas anécdotas, escabrosas la mayoría, que brindan testimonio de las vidas de estos fantasmas que, ahora mismo, podrían estar caminando por sus calles buscando justicia.
Ancira señala que, en esta ciudad capital, no todo lo importante de recordar es el Árbol de la Noche Triste, el Templo Mayor, el Palacio Nacional, sino que también están Satélite, la Magdalena Contreras, Iztapalapa, Ciudad Neza, Mixoac, y todos estos sectores marginados en los que han vivido personas a las que el paso del tiempo ha ido borrando de los registros, y han dejado de lado en los textos históricos. Que se vuelven una cifra o un número en los expedientes.
Que quizá debemos regresar esas vidas al discurso público, no sólo reiterar fechas y lugares y hechos pomposos.

