Abraham, el niño que fue rescatado después de salir en un video en Youtube que sirvió para burlas
En mayo de 2015, un video comenzó a circular en el canal de internet Youtube, en donde aparecía un pequeño niño en compañía de jóvenes adultos que le ofrecían una bolsa de droga. Con una credencial de elector, el menor aspiraba la cocaína, entre el festejo y la burla de los que grababan el video con un celular.
–Esa es de jefes –le decían.
–Échate por el otro poro.
–Ese lo voy a dejar para la navidad –respondía el niño, con una mirada vidriosa, portando una playera gris.
De fondo, los narcocorridos aderezaban la escena en donde el pequeño de entonces 13 años devolvía la bolsa de polietileno y se recargaba en algo parecido a un árbol en la oscuridad.
El video se convirtió en viral, provocó la indignación en unos, las reflexiones morales y éticas de otros, y apenas el desprecio de otros tantos.
Alguien que lo vio convertido en la mofa de jóvenes adictos a la cocaína quiso rescatarlo, arrancarlo de las calles de Culiacán para extirparle ese enganche hacia los narcóticos.
Alguien que él mismo identifica como una vecina de su familia, le aviso a un centro de rehabilitación de acciones. Fue entonces cuando el encargado de una organización especializada en rehabilitación de adicciones buscó la forma para que el preadolescente abandonara las calles, las sórdidas esquinas pobladas de punteros de Culiacán.
Guillermo Rodríguez Gaxiola, director de estos centro, encontró a Abraham y se lo llevó al centro Rehabilítate, ubicado en la colonia Villa Universidad, y desde hace ocho meses se mantiene en una terapia.
No era Margarito, como le decían los adultos que lo rodeaban, sino Abraham. Margarito ya quedó atrás, en el pasado, asegura.
Él mismo dice que se siente de una mejor forma, come a sus horas, practica el box y hasta siente que está creciendo unos centímetros más.
–¿Cómo estás, Abraham?, le pregunto cuando llega esta mañana a saludar para la entrevista.
-Bien, ya estoy más grande–, responde.
Abraham es bajito de estatura, y le cuesta trabajo articular una conversación; pero en la plática no se detiene. Ante el extraño que tiene enfrente parece cohibirse, pero en realidad afirman en el centro que es bastante dicharachero.
Crónica de aquellos días pasados
En aquellos días de la infancia, Abraham recuerda que juagaba al balón con sus primos, en un campito del barrio en donde creció, pero cuenta que no sabe dónde nació ni en qué fecha.
Sabe ahora que tiene 14 años, y que por lo menos desde los 9 años comenzó a usar drogas como la mariguana, más tarde el cristal y, como se observa en el video, la cocaína.
“Iba a la escuela pero a veces no iba, me salía, me iba a la calle”, cuenta sentado en la oficiana de Rehabilítate.
Los especialistas del centro explican que debido al consumo de estupefacientes su desarrollo normal se detuvo, por eso es que Abraham parece más bien un niño de 9 años que un adolescente de 14, aunque él mismo refiere que en su familia la mayoría son de baja estatura.
Pero antes de irse a las calles, Abraham aprendió a ocultarse debajo de las camas de su casa, con su madre, porque a su padre lo mataron cuando tenía dos años de edad.
“Nunca me regañaban, yo hacía lo que quería, me empecé a irme a la calle y a juntarme con vagos, y ahí comencé a fumar mariguana”, detalla.
A su escasa edad, Abraham pasaba madrugadas enteras fuera de su casa, con lo que llama la plebada del barrio en donde a lo único que se dedicaban era a consumir alcohol y drogas.
El niño explica de una forma curiosa la forma en que las calles y sus sórdidos laberintos lo atraparon.
“De repente cuando estaba chiquito iba empezando a caminar, caminaba mucho y ya después me agarré para la calle”, relata.
Sin un muro de contención que lo detuviera, un día conoció a un chavo de 15 años que le ofreció “algo” para que se lo fumara. Era mariguana.
Fue entonces que su nuevo amigo lo empezó a buscar continuamente en su casa para marchar a consumir el enervante; más tarde quiso saber dónde lo vendían, pero al principio no le quería decir.
En esa época de hace cinco años fue cuando comenzó a ausentarse de su casa. “No llegaba a dormir a la casa”, dice.
Se la navegaba en las esquinas con sus amigos, en donde consumía drogas. De la mariguana pasó al cristal, del cristal a la cocaína. Su adicción fue imparable.
Sin rumbo y sin timón, aquella infancia terminó.
El rescate
Una día de hace ocho meses, los integrantes del centro de rehabilitación llegaron por él a su casa y se lo llevaron. Nadie se los pidió en sí, sino la voluntad de recuperar a un chico como él.
Abraham estaba bastante drogado de varios días, y no ofreció resistencia. Desde que fue ingresado tampoco ha mostrado resistencia al tratamiento, sino al contrario.
Cuenta el joven que retomó las clases con el maestro que tiene el centro, y aunque todavía está reacio a la libreta y los libros, le echa ganas.
“Batallando, batallando, pero ahí la lleva”, dice el encargado del centro.
“Me siento bien aquí, nadie me molesta, me baño agusto, como bien y hasta me siento más gordo”, comenta con una voz aniñada.
–¿Y qué piensas ahora que pasaste por esos años?
–Pues que ya no quiero regresar a lo mismo.
–¿Entonces qué mensajes les das a los chicos de tu edad?
En este momento Abraham se queda callado, voltea al techo de la oficina, piensa.
–Que no le pongan (a las drogas), que no se junten con plebes que los pueden llevar a algo más…
Una respuesta escueta para un chico con pocas palabras. Abraham esperará más tarde a la sicóloga con la que a diario conversa. Se pone de pie e intenta sonreír para la foto.
Quisiera decirle que no se preocupe por su estatura, que mejor procure leer y entrenarse. El esfuerzo vale más que cualquier gigantesca proporción física.
Martín Durán