Sucesión en Sinaloa: Los fantasmas en el armario de los aspirantes de Morena y aliados

Culiacán, Sin.- En política no hay santos, y en el turbulento escenario de Sinaloa, cada folio de registro arrastra su propia dosis de pragmatismo, herencias incómodas o debilidades operativas.

Tras el cierre de inscripciones de la coalición oficialista para la encuesta que definirá la Coordinación Estatal rumbo al 2027, la retórica de unidad se topa de frente con el pasado de sus contendientes.

Esta es la lectura sin filtros de los puntos flacos que acechan a cada uno en el tablero de la sucesión:

Gerardo Octavio Vargas Landeros arrastra el fantasma del pasado “malovista” y las viejas siglas partidistas. Aunque presume de estructura en el norte, el morenismo de cepa no olvida las severas disputas del pasado con el gobernador con licencia Rubén Rocha Moya, a quien Vargas llegó a acusar públicamente de presionarlo y amenazarlo con carpetas de investigación para frenar sus aspiraciones previas.

Por el lado de Estrella Palacios Domínguez, su vulnerabilidad radica en la tibieza política frente a las crisis institucionales del estado. Al ser cuestionada sobre la separación del cargo del exmandatario estatal ante investigaciones en curso, prefirió la evasión y la respuesta ambigua en lugar de un deslinde categórico, proyectando una imagen de falta de autonomía.

El camaleonismo político juega en contra de Ricardo Madrid Pérez, aunque en Sinaloa es un secreto a voces que opera bajo el cobijo y la bendición directa de Rubén Rocha Moya, siendo considerado prácticamente un ahijado político del exgobernador. Su reciente y meteórico salto desde la oposición del PRI hacia la dirigencia del Partido Verde (PVEM) para insertarse en la alianza oficialista despierta un profundo recelo entre los fundadores guindas, quienes lo perciben como un pragmático de ocasión favorecido desde el poder.

Omar López Campos carga con el estigma de ser un “cuadro de laboratorio” ligado directamente al grupo del polémico senador Enrique Inzunza. En la coyuntura actual de sacudidas políticas en Sinaloa, este lazo cercano y de padrinazgo resulta más un lastre de cuestionamiento público que un activo real para convencer al electorado.

Imelda Castro Castro se mantiene como una de las figuras más respetables de la izquierda histórica del estado, lo que la convierte en el referente natural para el voto duro fundacional. El único reto real en su contra no es de trayectoria, sino de mercado electoral, pues su perfil marcadamente legislativo le exige un esfuerzo extra para conectar y convencer a los sectores económicos y empresariales más pragmáticos del estado.

Para María Teresa Guerra Ochoa, el verdadero fantasma es la deuda con su propia bandera. Su paso por la Secretaría de las Mujeres bajo la administración estatal dejó un amargo sabor de boca: más allá del discurso y las mesas de trabajo, la realidad sinaloense la rebasó con cifras alarmantes de feminicidios, persistencia en violencia de género e impunidad estructural. Al final, quedó a deber en resultados tangibles para proteger a las mujeres del estado, desgastando su perfil de defensora social y dejando la impresión de que la burocracia institucional la neutralizó.

En el caso de Graciela Domínguez Nava, el fantasma es la gestión cuestionada. Su paso por la Secretaría de Educación Pública y Cultura (SEPyC) bajo el cobijo de la administración estatal saliente estuvo marcado por choques magisteriales e institucionales que mermaron su popularidad, dejando la impresión de que funciona mejor en la tribuna parlamentaria que en el gabinete ejecutivo.

Jesús Alfonso Ibarra Ramos carece por completo de identidad y arrastre popular. Es percibido como un perfil meramente técnico y de escritorio; su reciente exigencia de “pasar la báscula” y revisar nexos criminales entre los propios aspirantes evidencia su desesperación mediática por figurar ante la falta de una base social propia.

En el bloque de aliados y registros complementarios, el diputado federal Jesús Fernando García Hernández topa con su propia intrascendencia fuera de las siglas del PT, pues su arrastre local es insuficiente para unificar un proyecto de envergadura estatal.

Por su parte, el legislador del PVEM Rodolfo Valenzuela Sánchez entró al juego con un discurso complaciente y defensivo sobre la fortaleza del partido ante las crisis actuales del estado, exhibiendo la típica postura de quien prefiere la disciplina ciega antes que la autocrítica para sobrevivir en la contienda.

Finalmente, el diputado local Kristiam Alexis Espinoza García opera como un registro digital de última hora, cuyo fantasma es la irrelevancia ante el peso de las decisiones cupulares.

Una situación similar a la de Lucila Ayala de Moreschi y Tomás de Jesús López Bajo, quienes al carecer de estructura de movilización real o capital político masivo, terminan funcionando como una suerte de “decoración ciudadana” para validar la simulación de un proceso abierto.

Redacción/LaPared

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