Culiacán, Sin.- La llanura de Mocorito y el polvo de Culiacán no solo comparten geografía; comparten el mapa invisible que el crimen organizado traza sobre el asfalto con sangre y plomo.
Ahí, en los límites difusos de la región centro-norte del estado, fue cercado Iván “N”. En las frecuencias de radio le dicen “El 24”.
Para el Gabinete de Seguridad Federal, es un nombre más tachado en un organigrama; para las agencias informativas y los reportes de inteligencia militar que corrieron como pólvora en las redacciones nacionales, se trata de una pieza de alto tonelaje: el jefe de zona de la facción que comanda Fausto Isidro Meza Flores, el indómito “Chapo Isidro”.
Dentro de la estructura de Meza Flores, “El 24” no era un operador cualquiera. Los informes de inteligencia criminal lo ubican como el encargado de contener el avance de facciones rivales en la estratégica frontera territorial que divide el centro y el norte de Sinaloa.
Su función principal de cara al “Chapo Isidro” consistía en coordinar los brazos armados locales, asegurar el libre tránsito para el trasiego de narcóticos hacia la frontera y mantener el control férreo de las rutas serranas que conectan los centros de acopio con las principales autopistas del estado. Para financiar el despliegue de su gente y asfixiar la economía local, su célula recurrió progresivamente a delitos de alto impacto, como la extorsión a comercios y el robo violento de vehículos comerciales.
Su captura no fue el final de una persecución de película con ráfagas al viento, sino el resultado de un cerco silencioso y asfixiante.
Elementos de la Defensa, la Marina y la Guardia Nacional lo acorralaron junto a sus hombres de confianza, identificados por las agencias como Patricio, alias “Pato”; Esequiel y Jorge. Los cuatro se movían con el sigilo implacable de quienes se saben dueños absolutos de las carreteras, operando el despojo violento de transportes de carga y camiones comerciales.
Cuando las fuerzas federales les cerraron el paso, la ley les quitó dos vehículos, cuatro fusiles de asalto, una pistola corta y el chaleco táctico que ya no tuvieron tiempo de usar para repeler el arresto.
El cabo suelto: El infierno en la rúa 15
Aunque el informe oficial de la federación evita detallar la mecánica exacta del arresto, los reportes de campo y la cronología criminal ligan de inmediato la caída del capo con las horas de terror que se vivieron previamente sobre la carretera federal 15. Todo apunta a que la célula de “El 24” estuvo detrás de la violenta emboscada contra camiones avícolas comerciales que desató una cacería humana a pie y bajo fuego cruzado desde las inmediaciones de Pericos hasta el crucero a Badiraguato.
Cuando las balas zumbaron cerca de los comercios y las fuerzas federales les cerraron el paso a los delincuentes, el tablero se acomodó. La coincidencia geográfica y operativa sugiere que el colapso de esa banda que mantenía bajo asedio las rúas de la región centro-norte fue el hilo conductor que llevó a los uniformados hasta la cabeza pensante de la estructura.
La federación envolvió el arresto de “El 24” y su escolta en un balance de operativos paralelos que sumaron otras 11 detenciones en diversas regiones, una cadena de golpes independientes que las gacetas oficiales unificaron bajo un boquete financiero global de 110 millones de pesos.
Sin embargo, la realidad del terreno demuestra que en Sinaloa las tormentas simultáneas rara vez responden a una sola bandera.
El megaoperativo nacional dejó en claro que el territorio sigue fragmentado en voluntades armadas que operan, pactan y mueren por su propia cuenta.
Mientras en el norte se disolvía la línea de Meza Flores, los fusiles federales detonaban otra realidad en el sur profundo a través de despliegues totalmente ajenos. En la costa, a kilómetros de distancia de la influencia de “El 24”, patrullajes de saturación en las inmediaciones de Las Habitas, en El Rosario, y en La Amole, Mazatlán, cercaron a siete hombres pertenecientes a las mafias locales del litoral.
El grupo retrata a la perfección el nuevo y crudo rostro de las células de sicarios: entre los detenidos había dos extranjeros y un menor de edad.
Llevaban consigo el símbolo inequívoco de las guerras modernas: un fusil Barrett de punta de acero capaz de perforar blindajes pesados, 16 armas largas y placas balísticas diseñadas para resistir el fuego cruzado.
El resto de la jornada entregó sus propios secretos a las columnas militares que peinaron la entidad.
En El Ranchito de los Gaxiola, otro hombre cayó en solitario custodiando seis fusiles y siete kilos de goma de opio, el viejo oro negro que aún escurre de la sierra. El mapa criminal sumó sus últimas bajas en el sur, cuando tres civiles más fueron interceptados por la infantería en las inmediaciones de Mazatlán a bordo de una cuatrimoto cargada con cientos de cartuchos y cargadores de repuesto.

Al final, los caminos rurales también hablaron.
En San Ignacio, los binomios tácticos caminaron con pies de plomo tras descubrir siete artefactos explosivos improvisados, conectados a estopines eléctricos y salchichas de demolición listos para estallar al paso de las patrullas. Y más arriba, donde la montaña se junta con el cielo entre Culiacán y Cosalá, el ejército desmanteló seis factorías clandestinas que respiraban vapor ácido: un reactor de síntesis orgánica rodeado por más de cinco toneladas de químicos esenciales para inundar el mercado de metanfetamina.
La jornada cerró con las cifras frías de un comunicado de prensa, con el pecho erguido de las instituciones en la Ciudad de México. Pero en los caminos de Sinaloa, donde las balas dejan marcas imborrables, el silencio que sigue a los fusiles solo anuncia que la estructura ya busca un nuevo rostro para rellenar el vacío de “El 24”.
Redacción/LaPared

