Tepetlaoxtoc, Estado de México.- El escape de Kenzo, el imponente tigre de Bengala blanco que mantuvo en vilo a este municipio durante cuatro días, no terminó con un rescate, sino con una lluvia de balas que hoy desata una tormenta política y ambiental.
La Procuraduría Federal de Protección al Ambiente (Profepa) confirmó la muerte del felino, pero las versiones encontradas apuntan a un operativo desastroso marcado por la incompetencia.
La versión oficial de la Profepa intenta justificar el desenlace argumentando que, durante el intento de captura, los veterinarios dispararon dardos tranquilizantes para sedar al animal. Según la dependencia, el tigre reaccionó atacando al personal, lo que obligó a los cuerpos de seguridad a abrir fuego real ante un “riesgo inminente” para sus vidas.
Aunque aseguraron que el felino recibió atención médica, las heridas de bala fueron mortales.
Sin embargo, la Asociación de Zoológicos, Criaderos y Acuarios de México (AZCARM) tiró por la borda el discurso oficial y denunció una auténtica ejecución.
Ernesto Zazueta, presidente de la organización, acusó directamente a los dos veterinarios contratados por Profepa de no tener la menor idea de cómo manejar fauna silvestre: afirmó que a Kenzo primero lo balearon con armas de fuego y, ya herido, lo anestesiaron, alterando de forma brutal cualquier protocolo de seguridad.
Mientras la Profepa reaccionó clausurando el centro de donde el felino escapó originalmente, la indignación social crece.
La muerte de Kenzo no se está leyendo como un accidente de campo, sino como el reflejo de la falta de capacidad de las autoridades federales para resolver una crisis sin recurrir a las armas, dejando en el aire la pregunta: ¿se defendieron de un ataque o mataron al tigre por pánico y mala praxis?
Redacción/LaPared