Entrevista | “Me interesa escribir sobre la vida que me rodea”: Julio Zatarain

Por Sergio Ceyca

Julio Zatarain (Mazatlán, 1990) entró en la literatura ya grande. Cuando estaba estudiando comunicación tuvo una clase de crónica cuyo profesor fue quién le abrió la puerta a lecturas, a autores, y a partir de ese momento no se ha detenido. Nos acercamos a entrevistarlo y nos compartió un cuento corto para acompañar.

Es licenciado en Ciencias de la Comunicación y ha participado en diferentes cátedras y diplomados de literatura. Ha publicado cuentos en el libro Ráfagas de nombres (El Colegio de Sinaloa, 2014) y en la Revista Timonel, impresa por el Instituto Sinaloense de Cultura.

En el 2018 publicó dos cuentos: uno en el libro Cuentos desde la orilla, editado por Andraval Ediciones y el Instituto de Cultura de Mazatlán; otro en Álbum Negro (ISIC, 2018). Actualmente se desempeña como músico y maestro. Durante el periodo 2017–2018 fue becario del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes (Fonca). Además ha participado en la organización de los encuentros de escritores La Ballena Literata, en Mazatlán.

La Pared Noticias: Bueno, vamos empezando por tus primeros acercamientos a la literatura. ¿Cómo fueron estos?

Julio Zatarain: Como la gran mayoría, me ocurrió por medio de los libros que había en mi casa. Los cuales leía de morillo, cuando estaba aburrido, sobre todo, en los domingos de los Noventa sin televisión y sin internet. Pero no fue hasta que estudiaba la universidad –me especialicé en ciencias de la comunicación–, en que estuve en una clase de crónica y un maestro nos dejaba de tarea que, ahí mismo, en la clase, hiciéramos una crónica de cualquier tema. Entonces yo hice un pequeño cuento. Ese fue el primero, por así decirlo, y a raíz de eso el maestro nos dejaba tareas y lecturas y a partir de ahí comencé a leer y a escribir.

LPN: Esos fueron los inicios pero cuando empezó a volverse más serio el asunto. ¿Cómo fue la transición a empezar a escribir en forma?

JZ: Comencé a asistir a talleres con autores que iban a Mazatlán. Enrique Serna y Eduardo Antonio Parra. Y a través de esos talleres te publican, vas conociendo gente, tuve la oportunidad de ganarme el Fonca y llega a un punto que no hay vuelta atrás. La primera publicación que tuve fue en el 2014 en una antología que se llamó Ráfagas de nombres, publicada por El Colegio de Sinaloa; ahí andaba iniciando, fue en una catedra con Eduardo Antonio Parra sobre Juan Rulfo.

LPN: ¿Cómo fue el año que tuviste la beca del Fonca?

JZ: Al principio fue una novedad bien grande en Mazatlán porque ya hacía mucho tiempo que nadie lo ganaba en letras. Creo que desde que lo ganó Juan José Rodríguez, en los noventa, cuando recién empezó el proyecto. Entonces, yo ya había estado haciendo un poco de ruido dentro de la localidad y al ganarlo fue una proyección nacional en el que varios ojos de aquí me voltearon a ver, más que nada el gremio, y que varios periodistas voltearon a mirarme. Y ya estando en Ciudad de México, a los meses en el primer encuentro, más que nada la experiencia mejoró al tener contacto con otros artistas muy cabrones, ese capital cultural que te da el Fonca es muy importante además de los compañeros y los tutores. Y me dio más porque a parte tuve la oportunidad de irme a vivir un rato, a terminar los últimos 3 meses de la beca. Y pues eso fue lo que me sirvió más, yo creo, haber expandido mi mente de esa forma. La perspectiva que tenía sobre la narrativa se expandió de una en poco tiempo por recomendaciones de autores, conocer las opiniones de gente que tiene más experiencia que yo, simplemente de compañeros míos que ya habían sido premiados en certámenes internacionales. Yo hablo del lado bueno, en general.

LPN: ¿Cuáles han sido los autores que has mantenido más cercanos?

JZ: En su mayoría narradores hispanohablantes como Marquez, Cortázar, el inevitable Rulfo, Revueltas, Pacheco, pero también me he empapado de los contemporáneos como Enrique Serna, David Toscana y Eduardo Antonio Parra, otros en menor medida en lo negro como Raymond Chandler, o Cormac McCarthy sobre todo en obras específicas que me deslumbraron. Últimamente me he acercado mucho a los escritores de mi edad, admiro el talento de estos escritores que oscilan entre los 30 y 40 años.

LPN: ¿En qué proyectos andas trabajando ahora?

JZ: Además de estar atorado en un cuento desde hace dos meses, sigo avanzando lentamente en mi proyecto de novela que tuve la oportunidad de trabajar con la beca del Fonca. Es un proyecto ambicioso que desde un principio sabía que me costaría varios años. con mayor razón en mi situación de esclavo, no es fácil leer y escribir cuando se tienen 3 trabajos asalariados, un taller de narrativa y dos grupos musicales. Tengo una antología terminada, pero no me he acercado a suficientes editoriales para publicar y no tengo la intención de autopublicarla.

LPN: Dicho esto, ¿cuál es el tipo de literatura que te interesa escribir?

JZ: Pensé que podría partir desde lo que he escrito y lo que quisiera escribir, pero en realidad no estoy tan alejado pues me he mantenido fiel a mis intereses, a mis temas y mis necesidades (y necedades). Muchos nos esforzamos por narrar las cúpulas de poder, las relaciones entre lobos y ovejas, las bajezas humanas, las condiciones precarias, los bajos instintos, etc, pero la vida no solo es eso, también son los aprendizajes, las búsquedas, los atropellos incoherentes de la cotidianidad, incluso las buenas noticias. En conclusión, lo que me interesa escribir es la vida que me rodea porque es la que conozco

LPN: ¿Qué nos puedes decir del cuento que continúa aquí?

Trato de plasmar la búsqueda de una esperanza perdida, que se intenta recuperar, pero en el transcurso uno puede enloquecer. Originalmente es un ejercicio, el punto era escribir un cuento con un final estilo Bukowski, en el que un pájaro devora a un hombre, con todos sus simbolismos.

La llama que se apaga

Inspirado en la obra de Charles Bukowski

Vine a tirarme aquí porque dicen que por estos caminos tiran a los muertos. Estuve coqueteando con la muerte mientras todos alrededor se ahogaban en una burbuja de lloriqueos hostiles. Me cansé del mundo y él se cansó de mí. Nunca era mi día, ni mi semana, ni mi mes, ni mi año. Ya ni de mi cabeza era dueño. Chingada madre. Por eso vine a estos matorrales a morir.

Caminé por los senderos olvidados, de finito polvo y piedras filosas. Miré soles nacer y lunas desaparecer, y un sinfín de nubes actuando como transeúntes. Uno se cansa de caminar sin llegar, sin tener derecho siquiera a morirse y a la ves de morir cada día y renacer hecho una piltrafa. Cuando miré mis pies descalzos, hinchados y grises de tanto caminar, pensé que no valía la pena tanta malograda aventura. Aún me quedaban cigarros pero no lumbre. Esperé sentado toda la mañana, descansando mi cuerpo, hasta que pasó un arriero y me regaló su caja medio llena de cerillos.

Supo que me quería morir cuando vio mi cara demacrada, el yugo, mis labios agrietados, la mirada cansada de mirar, los cachetes hundidos y enmontados de una maleza blanca sin rasurar, la piel palidezca y mi nariz anhelando ese salto de segundo a segundo en el que dejará de respirar.

Al ponerme de pie miré un gran árbol y me nació decir, Allí es buen lugar para morir. Él dijo algo de la cobardía y rogó que subiera a un burro, pero le negué hasta el agua.

—Si usted se quiere morir, tiene el derecho a decidirlo, morirse no es como el nacimiento, pero ahí le encargo que no lo vaya hacer en los matorrales de su espalda porque son de mi compadre.

—No se preocupe, lo haré en ese fresno solitario, me daré fin bajo el encanto de la luna, quien brillará de verme entregado a ella, pensando en que soy un regalo para su desgastados sol que me descubrirá muerto y brillará con todas sus ganas por tamaña sorpresa, junto a los cerillos de cabeza negra que me regaló y los inexistentes delicados sin filtro, ya fumados, y esta mochila que contiene el valor de mi vida que no ha de dar cobijo emocional mientras uno piensa en abrirse la panza con la piedra más picuda, y servir como tocino sus intestinos a los buitres que estarán dormitando en el árbol toda la noche, esperando el banquete que me considero.

—Eso sí da qué pensar

—Mañana venga, ya estaré muerto pero va encontrar un dinerito –le grité pero quién sabe si me escuchó.

Lo cierto es que yo morí hace cuatro o cinco días, cuando saqué mi capital del banco y la mujer se negó.  Hasta llegué a decirle a la Chavelita que no se apendejara, que lucrara con mi muerte; ella no sabía qué significaba lucrar. Vio el dinero y se le escapó la mirada, pensó en su cocina económica, en una televisión de pantalla plana, pero pronto volvió en sí para decir sin inmutarse que no se acostaría conmigo.

—Son cien mil pesos, en mi casa están las escrituras y mi testimonio –le repetí–, donde la hago heredera de todo, sólo si me da un hijo y no me encuentran muerto en unos días. Si esto pasa, le dejé la responsabilidad de firmar algunas cosas a la funeraria, con una remuneración mínima. Piénselo, nueve meses de embarazo y sale de pobre.

De momento pensé que diría que sí, pero poco a poco se le borró la sonrisa, seguramente al imaginar estas barbas blancas pasearse por sus músculos vaginales enloqueciendo su universo. La muy pendeja no quiso, entonces agarré camino y me declaré muerto, yo, Carlos Tirado, amigo de nadie, víctima del aburrimiento y la desentonación del encanto, que teniendo todo este dinero en mi mochila pude volar y navegar y morir, irme a la Muralla China, conocer dónde se inventó el pensamiento, hacer una nueva vida en una región pacifica del caribe, invertir en una carreta de tacos y conocer una verdadera mujer y vivir diez años más, decido entregarme a mi propio auto exterminio.

Bajo las nubes que confundía con el humo de tabaco, unos zopilotes merodeaban en lo alto, desde las montañas me leían la mente. Por vez primera escucho las percusiones de la naturaleza, grillos, ranas, el viento y los gritos de toda la humanidad que viaja como ánimas en el aire a través del eterno circular de las horas.

Estas cosas se hacen sin pensar, hallé una piedra larga y roñosa, la encajé en mi ombligo y jalé.

No pude explicar mi falta de dolor. Introduje los tres dedos del medio y como quien abre un ascensor, abrí mi estómago para mostrar la noche a mis adentros vírgenes de luz; después conocerían el sol. Me restregué las manos con la aspereza del piso, tomé un cigarro y prendí uno de los últimos cerillos

Jamás usé los billetes, qué pendejo no seré, ojalá el arriero regrese y saque adelante a su familia con lo que encuentre. Comenzaba a sentir pulsadas esquizofrénicas y algunos delirios corporales y del susto comencé a rellenar mi panza con los billetes, total, me costaron cuarenta años de obrero, y yo que no sabía qué responder cuando me preguntaban cuánto valía mi vida. Hay gente que responde mil millones o algo parecido, qué buen chiste. Yo estoy orgulloso de estos rostros multiplicados de Ignacio Zaragoza, valerosamente manchados con mi sangre, obtenidos con litros y litros de sudor, bajo el sopor de las desveladas y olores fétidos de píes.

No podría hacer menos con ellos que usarlos para rellenar mi cuerpo metáfora de cementerio capital, con una neblina gris de tabaco rondando en el pecho de lado a lado. Eran las vísperas del amanecer. Desde el abismo, al fondo de mí mismo, supe que un delgado pájaro negro se posó en mi rodilla, parecía un cuervo bebé pero no era más que un chanate, avanzó en mi dirección suavemente, el pico enorme se abrió más y más y me envolvió hasta no saber más de mí.

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