Entrevista | Hernan Arturo Ruiz publica su primer libro de cuentos

Por Sergio Ceyca

Un niño escucha a su madre llorar por el abuelo que ella apenas pudo conocer, el que está enterrado en la tumba que visitan todos los domingos. Un niño que no parece, al menos, tener padre presente. Así que cuando los familiares de la madre buscan sacar los cuerpos de la cripta familiar, los recuerdos de aquellas horas no vividas, empiezan a tener en estado febril a la madre.

De esto trata el cuento que brinda título al primer libro de cuentos de Hernán Arturo Ruiz Lindoro (Culiacán, 1993), “Las horas que perdimos”, el cual fue publicado recientemente por la editorial Nitro Press en coedición con la Serie Ex Libris del Instituto Sinaloense de Cultura.

Ruiz Lindoro (Culiacán, 1993) ganó mención honorifica en 2015 con el cuento “Huellas en el camino”. Estudió derecho en la Universidad Autónoma de Sinaloa. Sus cuentos han aparecido en las revistas Timonel, Aldea 21, y en las antologías Once navajas- Narradores al filo de los 30 (FETA, 2015), Laboratorio para narradores (Palabras del Humaya, 2017), Álbum negro, narrativa de ficción (ISIC, 2018), Lados B, Narrativa de alto riesgo (Nitro/Press 2018), y Sin mayoría de edad (UNAM, 2019).

Fue becario del Programa de Estímulo a la Creación y Desarrollo Artístico de Sinaloa 2017 y “Las horas que perdimos” es su primer libro.

La Pared Noticias: ¿Cómo son tus primeros acercamientos a la literatura?

Hernán Arturo Ruiz: Mi mamá y mi papá estudiaron Letras Hispánicas, así que desde que me acuerdo la casa estuvo llena de libros. De niño leí algunos cuentos de Quiroga, de Poe y el primer libro que leí completo y de más de cien páginas fue Harry Potter y el Cáliz de Fuego a los nueve años. Después me encontré con C.S Lewis y Tolkien. Entonces yo también quise escribir historias como esas. No tenía en mente ser escritor, yo quería ser vaquero, dibujante y hasta camionero, pero me gustaba contar historias. A los quince años mi mamá me recomendó que leyera El Perfume de Patrick Suskind y después Pedro Páramo de Juan Rulfo. Fue Rulfo, junto a Fernando del Paso, quienes me hicieron querer convertirme en escritor.

LPN: Es curioso, entras a la lectura a través de muchos betsellers o libros Samborns. ¿Cuál fue tu relación con esos libros, más allá de que aún no buscabas ser escritor?

HAR: Siempre los vi como refugio. El matrimonio de mis padres tuvo situaciones difíciles y yo encontré un escape en esta literatura fantástica. De pronto no tenía filtro, leía lo que llegaba a mis manos o lo que me resultaba en ese entonces interesante, desde un libro de historia de la SEP hasta el Código Da Vinci. Ya después pude acceder a los libros de mis padres y comencé a ser un poco más selectivo.

LPN: ¿En qué momento decides ya ser escritor?

HAR: En la prepa estaba obsesionado con el Segundo Imperio Mexicano. Había leído para una clase “Noticias del Imperio” de Fernando del Paso, y eso me llevó a buscar otros libros y documentales que hablaran del tema. Entonces escribí una supuesta novela histórica que hablaba de un joven conservador que en el último momento se hacía liberal y luchaba en contra de los franceses en la batalla del 5 de mayo. Esa fue la primera historia que terminé, porque las otras se quedaban inconclusas. De ahí le siguieron algunas obras de teatro, y cosas que se quedaron en alguna carpeta de recuerdos que tiene mi mamá o mi papá. En la universidad decidí que dedicaría mi tiempo sólo a leer y escribir cosas sobre Derecho, pero la literatura pudo más que las leyes. Un día estaba en la librería, y en vez de comprarme algún libro de Carbonell o García Maynez, me llevé los cuentos completos de Borges y algunas cosas de García Márquez y Cortázar. Me los aventé en dos semanas y después de eso comencé a escribir una historia de ficción.

LPN: Ya pasando a tu etapa de talleres, ¿cómo pasaste del interés simple de escribir a una aspiración profesional?

HAR: Cuando iba a la mitad de la historia que estaba escribiendo me enteré de que Mariel Iribe tenía un taller de creación literaria en Cuadrante Creativo. Tardé algunos meses para animarme a ir. Cuando lo hice estaba temblando porque nunca había leído en voz alta, y menos para desconocidos nada de lo que yo escribía, además de que a la persona que leyó antes de mí le fue muy mal con los comentarios. Pero al último pensé: “Ya estás aquí, no seas ridículo”, y les leí el fragmento que llevaba. No me fue tan mal en esa ocasión, pero hay otras de las que no quiero acordarme. En este taller trabajé buena parte de los cuentos que conforman hoy mi primer libro, aunque también he tomado talleres con Juan José Rodríguez, Eduardo Antonio Parra, Imanol Caneyada y Martín Solares.

LPN: ¿Cómo fue el trabajo del taller? ¿Cómo fueron fluyendo tus textos? Más o menos en ese entonces fue cuando participaste en el Beatriz Espejo y recibiste la mención honorifica.

HAR: Sí. El taller era rudo, nada de alabar a nadie y tampoco de guardarnos nada. Si algo no nos gustaba lo decíamos y, claro, lo justificábamos. Fuimos pocos en realidad los que al final resistimos la dinámica y publicamos una antología llamada Laboratorio para Narradores en 2017. El cuento con el que gané la Mención Honorífica en 2015 se llama “Huellas en el camino” y fue el tercer texto que escribí en el taller. Surgió de un ejercicio que consistía en ver la nota roja del periódico e inventar lo que había detrás de ella. Lo mandé sin esperar mucho, ya antes alguien me había dicho que no le gustaba el lenguaje de mis personajes y eso en ese momento me bajó un poco el ánimo, pero después llegó la llamada de Yucatán en donde me decían que el texto tenía la primera Mención Honorífica. Fue la primera vez que alguien fuera del taller le encontraba valor a lo que yo escribía.

LPN: Ya que ocurrió esto, ¿cómo fue llegar a este libro que es “Las horas que perdimos”? ¿Los cuentos salieron solos o hubo alguna especie de directriz?

HAR: En el 2016 me dieron la beca PECDAS, para escribir un libro de cuentos. En ese momento el título del proyecto era “Días de búsqueda”. La intención era escribir diez cuentos que hablaran sobre la miseria, sobre personajes abandonados que en su intento por buscar una vida mejor terminaban mucho peor. El manuscrito pasó por diferentes versiones y cambió de nombre muchas veces, hasta que me di cuenta de que, además de la miseria y el abandono, el tiempo perdido era un tema que estaba presente de una u otra forma en la mayoría de los cuentos. Solo dos historias se salían de este concepto y decidí sacarlas. Al final quedaron estos ocho cuentos que conforman “Las horas que perdimos”. Como dato curioso después descubrí que la muerte era otro elemento que estaba presente en cada historia. También se trata de esto, ¿no?, de descubrir. Seguro en unos años le encuentro otra cosa.

LPN: Ahorita que hablas del tiempo perdido, en todos los cuentos hay una pérdida humana no sólo de tiempo. ¿Qué tanto crees que lo que ocurre en Sinaloa –que es un estado donde la violencia ha arrasado–, que esto se trasmine a los cuentos que componen el libro?

HAR: Pues creo que de alguna forma son la representación del miedo que tengo a la pérdida. La violencia se volvió una cosa diaria. He perdido amigos, familiares y tranquilidad. Entre el 2018 y el 2019 viví en un constante estado de alerta por esta condición tan triste que vivimos en Sinaloa. Llegar a la casa era un alivio, sentía que había sobrevivido.

LPN: Y a ti que te ha tocado estar en contacto con escritores que son de otras latitudes, ¿cómo sientes que ellos ven la situación del estado?

HAR: Algunos se van por el folclor que se ha creado en torno a esto, se despiden de mi con un “fierro, pariente” o “fuga por la costera”, que son frases buchonas. Pero sé que ya no les es tan ajeno lo que pasa aquí. La violencia y el llamado movimiento alterado se ha diseminado por todo el país. Una vez alguien dijo en una presentación de un libro de Élmer Mendoza que se estaba dando una Culichización de toda la república. Me tocó verlo en un viaje que hice a San Cristóbal de las Casas. Si cerraba los ojos e ignoraba un poquito el clima fresco, podía sentir que estaba en Sinaloa porque en las calles se oían los narcorcorridos en donde mandaban saludos a Culiacán. Estuvo muy loco eso. Yo esperaba escuchar y ver otras cosas.

LPN: Y bueno, ¿qué opinas sobre la escritura de temas del narcotráfico?

HAR: Aunque he escrito un par de cuentos que tocan de manera indirecta el narcotráfico, trato de no leerlo mucho. Me satura. Es uno de los pocos temas con los que puedo decir: No, gracias, me basto con la vida real. Aunque también es cierto que es casi inevitable ser del Culiacán y no escribir en algún momento sobre esto. Forma parte de nuestra vida diaria. A muchos nos ha tocado una mala experiencia. Yo tengo un cuento en donde hablo de los productores de marihuana y amapola, que ven las armas como una herramienta más de trabajo y el que les quemen la siembra como un gaje del oficio y otro en donde una familia sufre la desaparición de un hijo. Después decidí que no escribiría más de eso, y espero cumplirlo.

LPN: ¿Cómo fue la experiencia de publicación con Nitro Press?

HAR: Lilia Barajas y Mauricio Bares son unos grandes editores. Súper comprometidos con su trabajo y eso se nota con la gran trayectoria que Nitro Press tiene. Han logrado hacer una revolución editorial y estoy muy contento de estar ahora en su catálogo.

LPN: Y bueno, ¿qué es lo que sigue? ¿Tienes más proyectos?

HAR: Lo que sigue es cacarear el huevo. Hay por ahí un proyecto de novela, pero todo tranquilo. El 9 de febrero iniciará un taller de cuento, novela y crónica que impartimos a través de Zoom la escritora Mariel Iribe Zenil y yo. Son cinco sesiones cada mes y ya se ha formado una gran comunidad con personas de todas partes de la república a quienes les interesa la literatura. Quien guste unirse nuestra página de Facebook es “Laboratorio para Narradores”, y también pueden contactarnos al 6671960714.

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