Entrevista | Diego Rodríguez Landeros ahonda en los causes subterráneos de Ciudad de México

Por Sergio Ceyca

Cuando Diego Rodríguez Landeros (Mazatlán, 1988) llegó a estudiar la licenciatura en letras a la Ciudad de México no dejaba de pensar en los caminos del agua por la ciudad. Por ejemplo, que la urbe se fundó encima del lago de Texcoco. Que cada año, con las lluvias, el agua toma la ciudad. Poco a poco, la obsesión se convirtió en literatura y es así como este año publicó Desagües (Fondo Editorial Tierra Adentro).

Ensayista y narrador mexicano. Estudió Letras Hispánicas en la Universidad Nacional Autónoma de México UNAM. Es autor de dos libros, obra suya forma parte de dos antologías. Textos suyos han aparecido en Este País, Punto de Partida y Revista de la Universidad de México.

Fue becario de la Fundación para las Letras Mexicanas FLM (2015-2017) y del Programa Jóvenes Creadores del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes FONCA (2017-2018), y actualmente lo vuelve a ser entre 2019-2020.

La Pared Noticias: ¿Cómo te acercaste a la literatura?

Diego Rodríguez Landeros: Pasé mi niñez en un barrio de Mazatlán cercano a la playa, con un montón de niños para jugar, así que no fui un lector precoz. Fue hasta la secundaria cuando la curiosidad me hizo descubrir algunos libros latinoamericanos en los exiguos estantes de mis padres: García Márquez, Skármeta… Así, de la noche a la mañana, me apasioné por las historias. En tercer año de la secundaria hubo un concurso de cuento organizado por la SEPyC. Mis amigos y yo hicimos una apuesta para ver quién era seleccionado. El caso es que gané, pero a nivel estatal, y me premiaron en Culiacán con un paquete de libros Sepan Cuantos que aún conservo. El cuento era una historia que ocurría en la década de 1930 en Mazatlán, entre la Catedral y la Isla de los Chivos. A partir de entonces supe que quería escribir y leer como una ocupación de vida.

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LPN: De ser alguien foráneo, ¿cómo te acabas interesando en las estructuras hidráulicas relatadas en Desagüe? ¿Ya existía de niño ese otro interés por el agua y sus distribuciones?

DRL: Supongo que el hecho de haber crecido con la presencia del mar hizo que, al mudarme a CDMX para estudiar Letras, buscara en esta urbe las huellas negadas y sepultadas del agua. No sé si a todos los citadinos les causa extrañeza la situación hidráulica tan particular de la capital mexicana, pero a mí me produjo, desde que llegué aquí, hace catorce años, una curiosidad mezclada con angustia y miedo. A veces cuando uno camina por ciertas calles, sobre todo de noche, se pueden escuchar cauces subterráneos, cascadas sepultadas. Eso a mí me resulta perturbador, como si la presencia del agua en esta ciudad fuera siempre un fantasma condenado a la invisibilidad. Lo cual adquiere dimensiones francamente terroríficas cuando uno se entera que este era -es- un territorio lacustre tenazmente asesinado a lo largo de los siglos.

LPN: ¿Alguna ocasión que recuerdes en específico que hayas oído esas corrientes subterráneas?

DRL: Sí, en la esquina de las calles Doctor Vértiz y Obrero Mundial se encuentra la lumbrera 4A del Interceptor Central del Drenaje Profundo. En ese lugar, de noche, sobre todo después de una lluvia torrencial de verano, el rugido del agua es espeluznante.

LPN: ¿Alguna vez has soñado con corrientes o con agua?

DRL: Son más bien obsesiones diurnas o de vigilia. Las fugas y goteras en la fontanería doméstica me ponen los pelos de punta. La idea de que, trasvasados desde lugares remotos, entren a la ciudad decenas de metros cúbicos por segundo, me da ansiedad. Y pensar que toda esa agua, la utilizada por más de 20 millones de habitantes sumada a la que cae del cielo, sale expulsada de la Cuenca del Valle de México, convertida en porquería tóxica, rumbo al Golfo de México, me parece alucinante y pesadillezca.

LPN: ¿En qué momento surge, entonces, Desagüe?

DRL: Desde que llegué a la ciudad sentí inquietud por el tema, pero fue a principios de 2015 cuando, haciendo una tarea para la Facultad, descubrí que, en el inicio de la comedia “El semejante a sí mismo”, de Juan Ruíz de Alarcón, uno de los protagonistas hablaba del “desagüe de México” como la octava maravilla del mundo. Me pareció realmente extraño que en una obra de teatro de comienzos del siglo XVII se hablara de eso. ¿A qué se refería Juan Ruíz? Me puse a investigar y descubrí una historia rarísima en la cual un misterioso ingeniero alemán llamado Heinrich Martin llegó a finales del siglo XVI a la capital de la Nueva España con el título de “Cosmógrafo del Rey”. Poco tiempo después, el cosmógrafo dirigió las primeras obras realizadas para secar los cinco lagos del Valle de México, esos que habían servido de asiento a la gran Tenochtitlan. Al final, el alemán fracasó, enloqueció y murió, pero sus obras fueron la piedra de toque de una lucha contra y por el agua que se ha extendido varios siglos y que se ha vuelto cada vez más extraña y alucinante. A partir de ese hallazgo, pensé escribir una serie de textos más bien de tipo ensayístico para relatar mis descubrimientos y así darle forma a mis obsesiones. Pero el proyecto mutó en una novela.

LPN: ¿En qué momento nacen Indra e Ixtab? Esta pareja que, desde el inicio del libro, trae un sino trágico.

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DRL: Cuando me di cuenta de que el proyecto sobrepasaba los moldes del ensayo y exigía contarse como ficción y, por lo tanto, tener personajes contemporáneos además de los históricos como Heinrich Martin. Para mí, una de las metáforas más fuertes que saltan a la vista en la historia hidráulica del Valle de México, es la del suicidio. La CDMX es una urbe suicida porque mató sus cuerpos de agua para erigirse a sí misma. Quienes habitamos aquí cargamos con esa sombra. Indra e Ixtab son dos jóvenes chilangos: el presente y el futuro de la megalópolis. Ella tiene una enfermedad terminal, él decide seguirla en su camino hacia la muerte. Sus historias desembocan en el Gran Canal del Desagüe, construcción porfiriana cuya función es sacar las aguas negras de la urbe y evitar que el lago de Texcoco siga existiendo. Sus nombres tienen reminiscencias míticas porque creo que la novela juega todo el tiempo con mitos. Hay otro personaje que se llama Dios.

LPN: A ratos pienso mucho en Farabeuf de Elizondo leyéndola, ¿hay algo de ella en el trasfondo? Y si no, ¿qué autores te acompañaron en ese camino?

DRL: Ahora que lo mencionas podría haber algo en común: el hecho del instante repetido, en este caso el del inicio poliédrico de mi historia… Sin embargo, las voces que me acompañaron fueron otras, la mayoría están consignadas al final en una lista de apropiaciones que enlisté en orden de aparición y entre las cuales aparecen modelos literarios como Rosa Beltrán, Sergio González Rodríguez, Kafka, Richard Brautigan, W. G. Sebald, Agustín Yánez… Pero también modelos de investigación histórica como Priscilla Connolly, Jacques Soustelle, Manuel Perlo Cohen, Francisco de la Maza, Jorge Legorreta, Alma Lilia Roura, o de ensayistas brillantes como Marshall Berman, Claudio Magris o Francesco Careri. Todos ellos son geniales y, al menos por haberme apropiado algunas palabras suyas, espero mi texto tenga algo de su lustre.

LPN: En la novela reflexionas mucho sobre la estructura de las historias, sobre esta capacidad que tienen de muñeca rusa de encerrarse una en otra, ¿cómo fue esta idea a la hora de ir escribiendo Desagüe?

DRL: Ese concepto narrativo, que se tradujo en la forma y estructura de la novela, surgió a partir de un descubrimiento inevitable en mi investigación acerca del agua: al rastrear el origen de la historia hidráulica del Valle de México, de la misma manera que al rastrear la fuente de un río, uno se da cuenta de que los cauces se confunden, las corrientes se mezclan… ¿El mar contiene a los ríos o al revés? ¿Dónde empieza uno y termina el otro? ¿Cuál es la corriente principal? Al escribir Desagüe descubrí que las historias son como el agua y viceversa.

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