Crónica de una llamada con el “príncipe de la chaqueta prestada”
Rocío Reynaga
Me dio envidia el fulano que es mi compañero de trabajo y amigo, ese día (solo ese) dejó de serlo.
Es de suponer que en todas las profesiones hay rencillas y desavenencias, pero nada se compara con el recelo entre periodistas, entre esos entrevistadores inoportunos que toman café a deshoras e interrumpen por teléfono también a deshoras, no saben de horarios; por lo tanto, no tienen la posibilidad de contar con amigos ni familiares para acordar una cita, mucho menos abrazarlos en sus cumpleaños.
Es de saberse pues, que no hay nada más punzante que un colega, además de músicoimelómano, haya conseguido con astucia llegar a un personaje relevante, anhelado por muchos como en este caso; dar con un personaje en particular para guiarlo retóricamente, para retarlo.
Y así sin más, llegó a él, al Príncipe de la Canción.
Un príncipe altivo
Ya lo estudié, ya me sé de memoria cada página de Esta es mi vida, que es su vida, que ya la siento como mía, sonríe el osado y pela sus grandes ojos tan rebosantes de emoción como rebosante estaban mis entrañas de quién sabe qué.
Muy altivo él, con su finta de galán de los 80, en la redacción de soft news anunciaba su exclusiva: cruzado de brazos y recargado en un escritorio esperaba la hora; además divulgaba que le llamaría a su número, al de su casa en Miami, así de sencillo, como si fuera su amigo de toda la vida, qué alzado resultó.
Espera un poco, un poquito más, para llevarte mi felicidad, canturreaba mi compañero con su entonada voz. Ya no quise escuchar más y lo interrumpí para proponerle un trato.
Me sé unas 5 ó 6 canciones de memoria; sí, también tarareo otras y reconozco algunas más; también sé que tiene más de 50 años de carrera y que la chaqueta que usó en su majestuosa interpretación de la OTI en 1970 era prestado y lo devolvió esa misma noche; de su padre neurótico y sobre su madre sumisa, él tenor y ella pianista.
No eran más que vaguedades; sin embargo, sus interpretaciones siempre me hacen recordar mis años mozos y la época en sepia que viví en una colonia popular donde era común ver cholos regañados por sus abuelas; era su voz de ensueño que salía de grabadoras que hacía que mis tías pasaran del llanto a las incontenibles carcajadas. Nada de eso fue suficiente para que mi crédito apareciera en la publicación del día siguiente.
No me quedó de otra que ser testigo de los anhelos y declaraciones del Príncipe: “seguiré cantando para mi público; haré duetos con grandes artistas; esto que tengo en la voz es producto de un malhechizo de una exesposa; la prensa me ha difamando con eso de las drogas…”
No entendí otras cosas que también le compartió amablemente al intrépido reportero. En el estudio de cristal donde estábamos congregados, me pareció haber escuchado a otra persona y no al hombre que alguna vez nos enamoró a mi hermana y a mí con su sublime canto; de cualquier forma estaba emocionada, casi como quien dirigía la conversación.
No le pude preguntar ni decir nada interesante, sólo lo apabullé con mis comentarios sin sentido, al pedirle a mi examigo que me permitiera la bocina del teléfono.
“Lo escucho cada que padezco de amor y gozo de desamor”, casi completo la frase al querer decirle que me gusta siempre acompañarlo con alcohol hasta embrutecer, pero recordé que dijo llevar muchos años de sobriedad.
Le confesé mi admiración y pregunté si tenía la intención de visitar el Norte, es decir, mi estado Sinaloa, me aseguró que sí, que estaría en la capital y en la playa para cantarnos. Finalmente, se despidió de mí como otros tantos menos talentosos y con tonos menos desparpajados se han despedido de mí: “que linda eres mi amor, adiós”.
*Del impreso de LA PARED que circula en Culiacán