Tecate, B.C.— La frontera y el pacífico comparten algo más que rutas de trasiego; comparten la simbología de la crueldad y la evolución de una narrativa visual que deshumaniza a las víctimas.
En un lapso de apenas 36 horas, el municipio de Tecate, Baja California, se convirtió en el epicentro de una embestida criminal con la ejecución de ocho hombres en distintos puntos periféricos y zonas de brecha de la localidad.
Los cuerpos, que presentaban huellas extremas de tortura física y ataduras, fueron abandonados junto a alcancías plásticas en forma de cerdos de color rosa y mensajes explícitos firmados por una célula identificada como “Los Cabezones”, un hecho que quedó documentado por el Semanario ZETA y que se aprecia en una imagen de este medio.
Este escenario en la frontera norte no es un hecho aislado ni azaroso. El uso de objetos lúdicos, figuras caricaturescas o elementos animales colocados estratégicamente sobre los cadáveres representa un lenguaje delictivo diseñado para infundir terror, pero sobre todo, conecta de forma directa con un modus operandi que en las calles y sindicaturas de Culiacán, Sinaloa, se ha padecido de manera sistemática.
Las ejecuciones en Tecate se concentraron en zonas de terracería y colonias de la periferia, puntos utilizados históricamente por las facciones en disputa para abandonar restos y delimitar territorios.
En el argot criminal de la frontera, la colocación de cerdos de plástico —particularmente de color rosa— carga con un mensaje interno muy específico que está directamente asociado con el castigo a la delación, el robo de mercancía (conocido popularmente como “bajar” droga) o la traición a la estructura dominante.
Al firmar como “Los Cabezones”, la célula delictiva no solo asume la autoría del exterminio en un tiempo récord, sino que busca la viralización inmediata del hallazgo para fijar una advertencia psicológica tanto a sus rivales operativos como a la propia estructura social de la zona.
Para la sociedad sinaloense, esta teatralidad del dolor resulta trágicamente familiar, ya que en el entorno de Culiacán la colocación de objetos sobre los cuerpos ejecutados ha sido una constante histórica empleada por las diversas facciones para clasificar el “delito” del ejecutado ante los ojos de la opinión pública.
Por ejemplo, en avenidas principales de Culiacán o en los accesos a sindicaturas como El Diez o Costa Rica, es común el hallazgo de víctimas cubiertas con decenas de pastillas de fentanilo o bolsas de dulces cuando el homicidio busca sancionar de manera interna la venta no autorizada de sustancias o el involucramiento en el narcomenudeo local.
Del mismo modo en que en Tecate se utilizaron los cerditos plásticos, en el contexto culichi se ha documentado el abandono de cuerpos con sombreros puestos o carros de juguete encima, señales que las cúpulas delictivas utilizan para etiquetar públicamente a los occisos como supuestos ladrones, “punteros” traidores o miembros de facciones contrarias atrapados en zonas de conflicto.
Dejar un recado en una cartulina ya no parece ser suficiente para las organizaciones criminales en México. La velocidad del fuego en Tecate —ocho homicidios en un radio geográfico pequeño y en menos de dos días— refleja una ofensiva de “limpieza” o una incursión violenta que emula las jornadas de alta tensión y los despliegues de impunidad que fracturan de golpe la cotidianidad en colonias como Las Quintas, Barrancos o la periferia de Culiacán.
Al final, ya sea un cerdito rosa en una brecha polvorienta de Baja California o un fetiche abandonado sobre el asfalto caliente de Sinaloa, el lenguaje es el mismo: la exhibición pública de la impunidad y el control absoluto de los territorios a través de la deshumanización del enemigo.
Por Redacción La Pared
Foto: Semanario Zeta