Ayer
Por Gabriela Camacho
Alguien sabio me dijo ayer que no hay una persona amiga tan real, mucho menos en suma, que cumpla a caballead tan delicado papel en la vida.
Que son tan misteriosas, tan hablantes, compartidas y falsas que no se pueden contar ni con los dedos de una mano.
Alguien que ama y amó de una manera tan delicada y exquisita, que se alejó para evitar ser odiado porque el más sincero amor tiene esta similitud con los extremos.
Hoy he dejado que la sabiduría del bien tuyo me empalague. Que las palabras regaladas de aliento con amor, valen más que un desmenuzado apego falso.
Que las decisiones que tomamos son porque si bien ellas debieron ser para nosotros, nosotros debimos aprender de ellas fracturando el alma hasta reencarnar.
Los aprendizajes vividos no son más que un cúmulo de emociones que debemos alterar de vez en cuando para encontrar el balance.
El miedo detiene, pero tú abrazas y tomas mi mano aún sin saberlo ni sentirlo, hasta ayer.
Lo fructífero de las situaciones no tiene vigencia, al igual que el amor, ese vive, enciende, fascina y altera, pero también da mucha paz.
No hay nada más que hablar que cuando se siente todo en el alma y sabe a la misma miel que de un panal pasó a un frasco.
Uno muy bien sabe que solo cambia el recipiente.
Lo amargo, lo ha desvanecido.
Pero lo que ha desvanecido es esa fuerza, lo puro, lo más delicado y fino que puede existir que no se puede tocar ya que reside en otra cama, tan solo se admira de lejos.
Fuiste y eres la voz que sana, que aconseja a raíz de experiencia y enseñanzas que te han dejado hasta estar al borde y tocar el límite siendo ese impulso que te detiene antes de una caída.
Siempre nos encontraremos, aunque distantes, porque las almas se han llamado, que si no es para amarse, siempre será para cuidarse.
Recordándonos cada día nuestra valía y de nuestros planes en vida, porque la vida misma depende de la energía que regalas a otros cuando están a punto de aventarse al vacío.
Los declives son normales, solo que a ojos ajenos no son más que errores mundanos que creen que deben ser juzgados.
Yo ya miraba desde arriba ese hoyo que me hablaba para guardarme por siempre y solo llegaste, me miraste y supiste decir con los ojos pequeños: detente.
Tomaste mi mano.
Gracias