Por Gabriela Camacho
Mi cuerpo no era como quería, no era hombre, yo era muy mujer
Mis manos gruesas me recordaban cada día que era otro día que dolería, que iba a llorar. Me levantaba muy temprano, a veces sin dormir bien. Mi sabana era casi rosa, me encantaba, pero era la provisional, no tenía muchas. Mi madre, no había lavado las azules, que iban ad hoc con mi cuarto blanco con franjas azules en lo alto de las paredes roñosas.
No vivíamos mal, no había dificultades económicas, pero lo hubiese preferido que al vivir así sin sentirme libre. Siendo falso.
Caminaba hacia el baño, hacía pipí, me miraba al espejo y al lavarme la cara lloraba incansablemente, todos los días, tenía bellos en la barba. Obviamente me los rasuraba. ¡Qué asco!
Solo los hombres podrían con eso. Sin hablar de mi pene, no sé por qué aquello colgaba, era feo y para mí innecesario. En fin. Eso sentía. Total, cubría solo una necesidad fisiológica.
Buscaba en mi armario los pantalones más ajustados, mis favoritos. La blusa más bonita. Volvía al espejo. Tomaba mi labial, que obviamente escondía en mi armario, dentro de un bolso plateado con brillos rosas. Era el único que tenía, era rosa pastel y cremoso. Luego de pasarme un polvo de arroz para evitar el brillo y evidenciar menos los puntos que quedaban en mi barbilla rasurada, pasaba lentamente el color hermoso por mis labios. Me sentía la más hermosa. Después, lo echaba a mi bolsa junto con mi espejo, pero lo retiraba de mis labios, sabía que mis padres lo reprobarían cuando bajara a desayunar.
Un amigo me regaló en una ocasión unas zapatillas con un tacón del 12, preciosas. Eran metálicas con un soporte en el tobillo que me daba seguridad, misma que ni yo tenía. Me las probaba cada mañana y antes de bajar con mis padres, las escondía.
Bajé las escaleras y llegué al comedor, besé a mi mamá. Saludé a mi papá. Presentí que estaba molesto. Su ceño fruncido y su cara de rabia, lo evidenció. Me puse nervioso.
Me volteó a ver y me dijo “pareces joto”, “esos pantalones apretaditos”. Sentí miedo. Su mirada de odio, me debilitó, me sentí fea, insegura y triste.
Lo ignoré. Solo tomé un pan con mermelada, me serví café en mi termo y me fui.
Mamá me echó el grito “te amo hijo, que te vaya bien”. Ella se daba cuenta, que era su hija.
Debía ir a la escuela. Estudiaba la licenciatura en derecho en la escuela pública del estado. Ahí también sentía que no era aceptada. Comentarios negativos siempre me regalaban mis compañeros, quizá de burla, quizá por queda bien con otros, quizá porque eran igual que yo. La única que me entendía era Mónica, mi mejor amiga desde la primaria. La amaba.
Ese día solo le envié un mensaje diciéndole “Te amo, gracias por existir y ser parte de mi felicidad”.
Nunca llegué a la escuela. Todos los días eran así, debía esconderme, aguantar, ser falsa, no ser yo, sufrir, sentirme miserable, sentirme excluida.
No decidí yo vivir en un cuerpo diferente, mi alma pensaba y sentía una cosa, yo era otra. Yo era mujer. Nunca nadie lo entendió.
Mis padres me lloraron y me encontraron días después, en una bodega cercana a mi barrio, solitaria. No me costó mucho. Solo me llevé una soga y la até en un polín, debajo de él puse una cubeta que había ahí. No costó trabajo, pero dejé de ser infeliz.