Diván de Letras
“Hierba”
Por Gabriela Camacho
Si un sol atípico nubló tu esencia, y luego viene a resplandecerte el aura ¿qué valor tiene si no el que más que no ha hecho nada?
No le bastó más.
No rescato sus sonrisas, pero lo anhelo con el alma.
Aunque erice la piel, sólo se esconden tragedias, que, si bien no fueron arropadas, tampoco fueron negadas.
El dolor de la semilla que dejó en vida permanece y aunque la semilla sigue creciendo siendo un árbol voluptuoso, grande y feliz, funge como un cuchillo atravesando el pecho.
No bastó con uno solo, integró uno nuevo en su campo, el que dice, resplandece verde y al que ha abonado para que permanezca al lado del otro que, sin duda, son su vida.
Sin embargo, la hierba, esa que intenta cortar de raíz para evitar darle abono y agua. Crece junto con los vientos, pero refiere que así crezca, infeliz o que no crezca.
La hierba proliferó, creció en el monte, se enraizó esparciéndose rápido.
Y por ahí nos encontramos, volvimos a la misma escalera que nos hizo ser altos y trascender, pero ahora estamos en el último peldaño viéndonos desde otros edificios.
Seguimos contemplando la luz que nos dio el ocaso en la cara, uno del otro, cuando un sol real no nubló nada, atravesó el plano del horizonte, iluminó senderos y abrazó tu aura.
Y no tenía campo, ni árboles, ni siembra, ni nada.
Mucho menos hierba.