Diván de Letras
“Campo Divino”
Por Gabriela Camacho
Eres un faro que quiero encender, pero estás aún fundido.
Coincido con la dicha que me da la esperanza que has puesto en mi.
Siempre pensé que la perfección podría existir, pero no lo es así, sin embargo, tú eres lo más cercano.
He contado los días para que sanes.
He contado los días para que digas que estás listo.
Lo banal de mi historia se ha borrado con tu sonrisa y con tu sabor de piel chocolate.
Tu mirada fija y tu nitidez, ha hecho notar tu transparencia, y sigo viéndote desde lejos para saber si realmente quieres color.
Ese resplandeciente que podría darte yo.
Cuando hablamos de raíces, no nos damos cuenta que quizá las nuestras ya estaban entrelazadas.
Que quizá la paja la teníamos que sacar de nuestras vidas para encontrarnos.
Hoy lentamente, o quizá no, debamos abonar la tierra, regarla pausadamente y construir nueva vida para regalárnoslas.
Soñaba con un nuevo árbol, nuevos brotes y aunado a ello frutos que solo podría compartir con ese que nunca me soltaría de la mano.
Ahora estando a la expectativa, llegas tú, pero no eres árbol, no tienes brotes y no das frutos.
Pero eres fértil, revives campos, cortas la maleza y regalas hectáreas de vida.
No es un árbol, no es un fruto, eres cosecha divina.
Solo faltaba sembrar la semilla, y ahora ya crece.
Se encamina.
Irradia luz.
Como el faro que pensé que no prendería, pero con buenas manos y con herramienta necesaria como el amor, segura estoy de que alumbrará bonito.
Será quien guíe mis pasos y por quien vea en la oscuridad y quizá se mantenga porque necesitará siempre una cariño que lo arregle y que le siente bien.