Culiacán, Sin.-Eran poco más de las 9 y media de la mañana del martes 12 de abril, todo estaba más que listo para recibir a los 20 invitados, 20, a quienes se les había hablado para confirmar su asistencia al convivio. Llegó el gobernador y todo se descompuso: nadie le había corrido la atención al presidente municipal de Culiacán, Sergio Torres, ¿quién lo invitó?
Antes, llegaron a la casa de Juan Manuel Ley, el hijo, los “convidados de piedra”, la señora que se encarga de la comida de todas las tiendas Ley y su comitiva. Menú muy sinaloense para que el secretario comiera antojos de todos calibres. El doctor Meade iba a salir como “bobito” si es que pudiera comer un yogurth, pellizcadas de chorizo y chilorio, tamal gratinado con machaca, pan dulce, jugo de naranja, tortillas de maíz recién hechas y postres regionales… y no tanto.
El anfitrión listo para recibir a los empresarios jóvenes más destacados de Sinaloa, todos avisados de que el invitado era nada menos que el titular de Sedesol, José Antonio Meade Kuribreña, que ese mismo día estaría firmando un convenio de quien-sabe-qué-cosa con Casa Ley y otro más con SuKarne, sí, la misma empresa de carne que posee Jesús Vizcarra.
Afuera, todas las policías de Sinaloa al tanto de la visita, rodeando el complejo residencial “Los Álamos”, el mismo que alguna vez fuera cateado por los federales en busca de quien-sabe-qué-cosas.
Llegan los empresarios, uno a uno. Caminando desde su casa, el magnate de los medios Javier Salido; René Carrillo, Javier Lizárraga y Fernando Letamendi muy temprano desde Mazatlán; el guasavense Socorrro Castro y un acompañante; Jorge Ritz, y más. Poco a poco se llena la sala mientras esperan a los invitados de lujo. Café y charlas insustanciales.
Pasadas las nueve y media, poco más, llegan las camionetas y toda la parafernalia, ahora sí los guardaespaldas se ponen atentos: como vehículo central, una Suburban manejada por el propio gobernador Mario López Valdez y de copiloto el secretario Meade. Corren los de seguridad para abrir las puertas para que ambos personajes “aterricen” a gusto en la casa ubicada casi al final del fraccionamiento.
La recepción es a cargo del anfitrión quien se funde en cálido abrazo con el distinguido visitante. Más acá, el presidente municipal que llega sin haber sido invitado, su nombre no aparece en la lista, ¡hay que echarle más agua a los frijoles!
Todos pasan al comedor en donde hay 20 sillas, solamente 20, y los malabares empiezan para acomodar a 22. ¿Dónde poner a quien no fue invitado?
Para colmo, el embajador Sergio Ley llega y obliga a que el anfitrión se levante para ceder el asiento pero Mario Zamora sale al quite: el muy cercano colaborador de Meade se ubica en la esquina de la mesa, jala una silla, y Ley Bastidas se ubica casi justo enfrente del visitante.
Mientras se sirve el desayuno, frugal y fresco, el secretario empieza a hablar y el gobernador interrumpe. La plática se extiende y se tocan temas diversos, el gobernador calla, tamborilea dedos sobre la mesa, escucha y nuevamente interrumpe. Lo suyo no es precisamente la paciencia.
“Momento, que tenemos un video preparado”, dice el anfitrión, saca una pantalla de computadora y transmiten el documento. Son dos minutos en los cuales los comensales callan, buen documento que hace sonreír al invitado principal quien al final solo alcanza a exclamar un “muy bueno” que se pierde entre aplausos.
No llega el tamal gratinado y ya están platicando sobre los temas de pobreza, de abandono social y sobre lo que en ello está implícito. Datos, cifras, estrategias y un software para medir datos. El secretario está bien enterado.
El tema del tomate abarca varios minutos y muchos son los que lo abordan, sin dar respiro al titular de la SEDESOL que sabe que es el precio a pagar por estar en una reunión preparada ex profeso para su lucimiento. El gobernador expone lo que más tarde dirá en la reunión: que se trata de un hombre que ha estado en cuatro secretarías y que lo del tomate Meade lo defendió como si sembrara en el valle.
Llegan los postres y el final del desayuno, cada uno de los asistentes se queda sin más que decir mientras el cierre corre a cargo del anfitrión: el apoyo ahí está, el institucional, claro, para combatir la pobreza. El secretario sonríe y por supuesto, entiende el mensaje.
Al final, las fotos del recuerdo, las de la gloria inmortalizadora, las de que hacen vigente eso de que quien se mueve, no sale.
Charlas fuera del protocolo y de repente el secretario se pierde por unos minutos, Salió a “atender un asunto”, por la calle Macetas, al final. Fue a ver a “alguien” que desde hace rato lo esperaba. Quien suponga que solo fue para firmar un convenio puede y se equivoque.
El desayuno ha terminado. Podéis ir en paz…
CYNTHIA VALDEZ
Del impreso de LA PARED