Culiacán, Sin.- Dos meses antes de ser emboscado por su ahijado Joaquín Guzmán López, El Güero, Ismael Zambada García ya había orquestado uno de sus últimos ajustes de cuenta, de acuerdo con documentos de la Corte Federal de Nueva York: el asesinato de su sobrino Eliseo Castro Imperial, El Cheyo Ántrax.
El crimen ocurrió el 30 de mayo de 2024. La carretera Internacional México 15, al sur de Culiacán, parecía transcurrir con la rutina de cualquier tarde de finales de mayo. El calor envolvía el asfalto y los vehículos avanzaban entre la salida de la ciudad y el panteón Jardines del Humaya, ese lugar donde descansan —o se exhiben— algunos de los nombres más poderosos del narcotráfico sinaloense.
Eran casi las tres de la tarde cuando el rugido de dos vehículos rompió la monotonía de la carretera que va hacia El Salado, pueblo natal de los Zambada. En cuestión de segundos, una camioneta Chevrolet Colorado blanca quedó atrapada entre ráfagas de fusil. Al volante iba Eliseo Imperial Castro, “El Cheyo Ántrax”, uno de los hombres que años atrás ayudó a construir el brazo armado más temido del Cártel de Sinaloa. Nadie imaginaba que la orden para matarlo habría salido del mismo hombre al que había servido durante décadas: su tío, Ismael “El Mayo” Zambada. (El padre del Cheyo era Eliseo Imperial, hermano de Margarita Imperial, madre de Ismael Zambada Imperial, El Mayito Gordo.)
Dos años después, cuando faltan apenas seis días para que el juez federal Brian Cogan dicte sentencia contra el histórico capo en la Corte Federal de Brooklyn, aquella ejecución volvió a cobrar vida, esta vez en un expediente judicial. La Fiscalía de Estados Unidos presentó un escrito en el que recordó el perfil criminal del cofundador del Cártel de Sinaloa y describió algunos de los asesinatos que, según los fiscales, ordenó en los meses previos a su captura del 25 de julio de 2024.
Entre ellos aparece el homicidio de su propio sobrino. El motivo, sostiene el documento entregado el 13 de julio de 2026, fue tan frío como revelador de las reglas del poder criminal: “El Cheyo” cobraba deudas utilizando el nombre de su tío, pero lo hacía sin autorización y para quedarse con el dinero.
La emboscada fue ejecutada con precisión. Los sicarios cerraron el paso a la camioneta, dispararon contra el cofre, las puertas y el parabrisas hasta obligarla a detenerse sobre el acotamiento. Después descendieron y remataron a Imperial Castro con disparos directos a la cabeza antes de que alguna patrulla pudiera acercarse. En la escena quedaron cerca de cuarenta casquillos de fusiles AK-47, conocidos como “cuernos de chivo”. Al menos tres impactos destrozaron su rostro. Dentro del vehículo, las autoridades encontraron armas largas, cargadores y cartuchos útiles, un recordatorio de que incluso quien alguna vez dirigió un ejército privado nunca dejó de vivir preparado para la guerra.
La muerte de Eliseo Imperial Castro simbolizó algo más que un ajuste de cuentas familiar. Representó el final de uno de los fundadores de Los Ántrax, la organización creada por “El Mayo” en 2008 para blindar a su familia, custodiar sus movimientos y ejecutar las misiones más delicadas del cártel. Junto con José Rodrigo Aréchiga Gamboa, “El Chino Ántrax”, el grupo construyó una reputación basada en la violencia y el lujo, al grado de convertir a uno de sus líderes en una celebridad de las redes sociales.
Pero en el universo del narcotráfico, donde la lealtad suele durar menos que el poder, ni los lazos de sangre ofrecen garantías. Hoy, mientras el hombre que ordenó aquella ejecución espera escuchar su sentencia en una corte de Nueva York, el expediente judicial revive una vieja máxima del crimen organizado: para quienes gobiernan desde el miedo, la traición —real o percibida— suele pagarse con la muerte, incluso cuando la víctima lleva el mismo apellido.

