Diván de Letras
Por Gabriela Camacho
Casi lo pedíamos a gritos. En ocasiones no teníamos ganas de ver gente, nos reiterábamos que nos encantaba estar encerrados en casa en lugar de salir de fiesta y socializar, nos creíamos indiferentes a los abrazos y a la euforia de las personas efusivas que nos rodeaban, incluso pasados algunos meses en cuarentena seguíamos insistiendo que esto era la gran vida. Tomando vinos de reserva, cocinando hasta gourmet, horneando postres, ideando juegos en familia. Total, eso fue acabando.
Cansados de las mismas paredes que vemos a diario, respiramos el aroma del mar al cerrar los ojos, sentimos su brisa cuando nos tocamos el alma y nos sumergimos en él al romper en llanto. Esa libertad la que ahora añoramos.
La locura también llegó, nos amarraba las entrañas, dolía y mucho. No alcanzábamos a entender la magnitud de las cosas y nos preguntábamos si saldríamos airosos de este confinamiento, si algo realmente bueno nos dejaría. Si aprenderíamos a ser mejores humanos, mejores personas. La verdad siempre eso ha estado en duda. Cuantas más ganas tenemos de vencer y evidenciar que somos mejores, caemos y aquí estamos en el mismo hoyo de siempre, pero encerrados. Ya ni es fácil la convivencia, sacrificamos las sonrisas, ya no existen los abrazos, ya el aire no se respira puro.
El hartazgo, cautiva.
La figura hasta nos ha cambiado, la espalda se nos ha hecho más curva. Nuestras manos se han puesto resecas por tanta agua. Nuestros labios se ven cortados. Los trastornos nos afloraron, ya no podemos ni dormir. No sabemos de las horas, ni la secuencia del sol. La rutina es nuestra única amiga. La esperanza el pan de cada día. Solo gritamos “no queremos morir”.
El miedo se apoderó y aunque luchamos, no queda más que dejarlo que siga nuestros pasos. De vez en cuando lo abrazamos y es nuestro mejor aliado. Sin él no tendríamos límites, sin él estuviéramos más relajados.
La contaminación nos atrapó y el virus del egoísmo nos contagió. Las compras de pánico han estado latentes, priorizándonos a nosotros mismos y a nuestra supervivencia, por eso no progresamos, seguimos pensándonos merecedores del mundo cuando jamás hemos sido partícipes de su mejoría.
No sé por qué, pero primero fue el papel higiénico, después la despensa, ahora las medicinas que podrían ayudarnos a prevenir la muerte o bien, las complicaciones en el pecho por el virus.
Sigo pensando en que nos lo merecíamos cuando lo pedíamos a gritos. Sin pensar en el bien común, sin ayudar tanto, sin la unión de fuerzas para sostener al prójimo, sin cuidar nuestro planeta, sin responder mensajes de quienes se preocupan por nosotros, sin hacer esa llamada que quizá sería la última, sin amar de manera incondicional, sin perdonar, sin extrañar, sin nada. Entonces pregúntense ¿nos merecemos realmente este mundo que nos ha dado tanto?
Mientras tanto pensando en qué se yo, disfrutemos el llorar en ocasiones porque sé que cuando acabemos de hacerlo estaremos más limpios, quizá más limpios desde adentro, quizá más limpios en nuestros corazones, quizá más limpios como humanos.