Cultura | La vendimia de un cuerpo

Diván de Letras

Por Gabriela Camacho

 

Tocas lo más profundo de mi ser con tus sucias manos cada vez que te encuentro.

Deseas sensaciones diferentes, sonríes y me tocas, luego callas, nos alejamos y encontramos privacidad.

Yo solo lloro por dentro entre la necesidad y el odio de la vida que me hacen ser fuerte. Deseo salir y gritar, respirar algo puro en estas nubes grises.

En contra de la infidelidad y siendo parte de ella.

Al sentir, solo deseo que ya acabe.

Al mirar por ventana me cuentan las estrellas que la luna es blanca y la noche es aún corta.

Sin la protección de mi burbuja de sueños ahora estaría tiesa bajo tierra, ya había pensado en el suicidio.

El esperar cada vez se vuelve más lento, pero al salir, mi recompensa vale más que mi dignidad que tan turbia está.

Cada vez grita más fuerte para que la salve y la abrace, solo quiere que me ame.

Al culminar la noche y al iniciar un nuevo día, solo viene paz porque descanso y sueño con la espera de este gran final que derrocha martirio y vulnerabilidad.

Lloro.

Quisiera que el día fuera tan largo y no existiera la oscuridad que para mí ya es un infierno donde no hay lunas, solo silencio.

El soportar mentes débiles que al tener “todo” creen merecer más conformándose con momentos callejeros.

A su vez, agradezco porque les debo el pan de cada día, a pesar de estar segura de que mi valía se ha perdido, les debo tanto.

En ese momento estoy segura de que no valgo más.

En este encierro, en estas circunstancias, en esta vida trágica, me expongo aún más porque se supone que guardándonos nos cuidamos de un virus del que ni vacuna hay, pero otro de ellos es el mío de donde no he podido salir ya.

Aunque este contrato no incluye besos, ni desinfectantes, procuro cuidar lo más importante, el amor propio, ese sí no se vende. Ese no tiene un valor más que el que yo le pongo y aún es grande.

No sé si habrá una nueva vida después, o si tal vez llegaré al día de mañana, si tendré para comer, o si podré tener trabajo, solo pienso en aguantar un poco más para poder salir de esta. Para que Dios me ayude.

Yo le pido todos los días. Me siento pecadora.

Me siento ultrajada. Me siento poca mujer.

Me cuido hasta donde se puede, pero conozco cada persona que no sabe serlo.

A veces me siento incapaz, pero cuando sientes hambre, no piensas más.

Aún en lo difícil de estas noches oscuras y llegando a casa, no puedo borrar los momentos. No puedo olvidar el llanto, me duele el cuerpo, pero más el alma.

Uno llora en silencio, pero sollozando porque los hijos luego preguntan y no sé qué decir. Lo único importante son ellos.

Tampoco les puedo compartirles a qué salgo y con quién salgo, solo evito que me hagan esas preguntas. Es vergonzoso. Duele.

He llegado a desear no volver. Leo las noticias y hasta he pedido que me agarre uno de esos locos. De esos que te hacen desaparecer.

Luego veo las sonrisas de mis hijos y me digo “aguanta poquito más, esto acabará.

Yo no decidí ganarme la vida de esta manera, pero tras años de luchar y pedir ayuda, me resigné.

Decidí poder comer y darle lo mejor a mis hijos.

Sola estuve y sola fui.

Ellos no, nunca.

Siempre me tendrán a mí.

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