¿Cultura de paz? La recuperación del espacio público en Culiacán

 

Por Martín Durán

 

Todas las tardes, decenas de chicos en bicicleta circulan por el Parque Las Riberas y sus alrededores, unos se aventuran en el Malecón y otros más evaden a los deportistas en el Centro Cívico Constitución.

En este espacio deportivo, al caer la tarde, cientos de personas acuden a ejercitarse, unos andan en caminata o trotando en la pista de atletismo, muchos niños y niñas acompañados de sus padres entrenan al futbol, otros al básquetbol, al beisbol, jóvenes de todas las edades llegan para encestar, otros para jugar al voleibol o al frontenis.

El Jardín Botánico, un excelente espacio arbolado saturado por el canto de los pájaros y fresco por la sombra de olivos negros, tabachines y tantos árboles endémicos de la región, también se llena de culichis que lo toman por asalto para ejercitarse, sacar a pasear a sus mascotas y “echar el novio” en una esas bancas colocadas en el recodo del camino de su milla laberíntica. 

En las canchitas de barrio en colonias como Los Lirios, la Lombardo Toledano y en la placita de la Gabriel Leyva, con su centenario quisco, también las juventudes culichis se baten en duelos de pelota que hacen sacar el estrés y la monotonía. 

La recuperación del espacio público es vital para cambiar nuestra narrativa sobre la violencia. No es quejándonos siempre en redes sociales como vamos a lograr que la violencia termine. Es cierto que hay que exigir a los gobernantes, porque ellos eligieron estar ahí y tienen dentro de sus atribuciones garantizar la seguridad y hacer gestiones en favor de la paz, como lo establece nuestra Carta Magna, Ley Suprema que debe prevalecer. 

¿Cómo generar una cultura de paz?

Desde luego que la violencia es sistémica y estructural, que hay muchos motivos de fondo para que un adolescente de 15 ó 17 años prefiera meterse a las filas del crimen organizado que a esos equipos deportivos que cada tarde hacen vibrar la duela o el campo, territorio de pasiones que sólo conoce el sudor y la emoción de la anotación. 

Es complejo aplicar un plan para arrebatarle todas esas juventudes al narco, pero es imperativo tener en las colonias estos campos deportivos para que los chicos tengan más opciones que estar afuera de un expendio de cerveza fumando mariguana.

La vez pasada me tocó llegar un con balón a las canchitas de mi colonia, en las orillas de esta ciudad, y vi a un puñado de adolescentes esperando quien llevara una pelota, estaban en las gradas de ociosos. Cuando me vieron, me pidieron jugar. Terminé regalándoles el balón, a condición de que lo usaran y se pusieran de acuerdo quién de ellos lo resguardaría. A veces paso por la cuadra y los veo jugando. ¿Un balón puede hacer la diferencia?

En estos tiempos tan convulsos y de confusión, ver a un grupo de jóvenes jugar con una pelota me emociona, verlos también trabajar en mandados para ayudar a sus padres o persistir en hacer sus estudios. Nadie dijo que hacer una carrera es fácil, pero hay que decirles a los jóvenes que meterse al crimen organizado, de hecho, es mortal. 

Según el Consejo Estatal de Seguridad Pública, el 56 por ciento de las víctimas del crimen organizado en Sinaloa son jóvenes de 17 a 30 años. El dato de revelador. 

¿Qué hacer?

El alcalde Juan de Dios Gámez ha hablado de que su proyecto del plan municipal fue realizado con una perspectiva de paz. A veces no entendemos esos conceptos, pero por ejemplo, construir un campo deportivo en una colonia, ya le abona a esa cultura. Es cierto que faltan espacios, porque si algo tiene Culiacán es que ha crecido desmedidamente en los últimos años, pero si uno cuenta los eventos de Gámez Mendívil, se podrá encontrar que muchos de ellos son entregas de estos campos deportivos para que chicos y grandes vayan a ejercitarse, a esparcirse y a generar comunidad. 

Incluso una calle pavimentada que fomenta la colectividad en las colonias, al salir sus habitantes a las banquetas a tomar el fresco de la tarde y echar una  buena platicada. 

En la película Traffic (Steven Soderbergh, 2000), donde aparece Benicio del Toro en el personaje de un policía mexicano corrupto, que sabía que lo era por necesidad, para sobrevivir en la jungla, lo único que pidió a cambio de colaborar con los gringos para entregar al jefe narco, era que construyeran un campo de beisbol para los chicos pobres de las orillas de Tijuana. 

Desde luego es un final poético para cerrar un filme que narra atrocidades, pero el espacio público nos ayuda justamente a eso, a generar comunidad, a tener conciencia de lo que Octavio Paz llamaba la “otredad”, esa “conciencia de la dualidad humana, de ser uno mismo y, al mismo tiempo, estar conectado con la naturaleza, los otros y la cultura.”  En otras palabras, comprender la diferencia que tienen los otros respecto a uno mismo, pero tener una identidad individual y colectiva. 

No es fácil abrazar la cultura de paz. Es un camino lento, pero ver los espacios públicos estos días, me dio esa idea de que son nuestros, de los ciudadanos, que es maravilloso ver corretear a las mascotas, a chicas y chicos en patines, otros corriendo o en bicicleta, olvidados quizá por un momento de una guerra que no es nuestra, que es ajena al pueblo y a esta colectividad que sale todos los días a entregar lo mejor de sí. 

¿Es complicado? Sí, todos tenemos problemas, miedos y situaciones que enfrentar, pero no imposible. 

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