Después de una semana en Roma me dirigí a visitar a Wastian, ya que tenía que cobrarle todas las veces que le había servido de guía en México. Él mismo me ofreció hospedaje y consiguió un boleto económico en la ruta nocturna.
El tren me llevaría hasta la estación de Klagenfurt, con una escala de dos horas en Trieste, tiempo insuficiente para dar imagen a lo escrito por Drago Jancar, pero si para comer una crema de champiñón y aceite de oliva en un local cercano. Las doce horas que duró el trayecto fue una lucha conmigo mismo para no quedar dormido, compartiendo vagón con un árabe que pugaba cada vez que perdía en Candy Crush, y una napolitana que no paró de roncar hasta Florencia.
Completaría el último tramo al pueblo montañés en el coche de mi amigo Wastian, subiendo extensas curvas por una autopista que se veía interrumpida constantemente por ciclistas y rocas que salían de la nada. Tenía que cerrar los ojos para calmar el mareo que raspaba mi estómago. De la radio sonaba música regional que Wastian denominaba como canticos de las montañas. Yo la reconocía por las viejas caricaturas de Bugs Bunny cuando se burlaban del estereotipo alemán. En ciertas zonas la luz del sol era obstruida por pinos y en los fragmentos de silencio que hay entre una canción y otra se podía percibir el suave arrullo de un rio, tan escaso que daba la sensación de prohibido.
Conforme subíamos los poblados se empequeñecían. Wastian lanzaba nombres que no podía retener. Desde los que contaban con universidad o plaza comercial hasta aquellos donde apenas podía distinguirse algunas casas. “Los jóvenes crecen y se van a Viena o Salzburgo”, era la explicación de mi amigo por la inevitable desaparición de las localidades. Gigantes cabañas de colores pasteles y paneles solares. Encima de todo estaba Eisenkappel, con callejones medievales y sin risas infantiles. El resto es una caída libre hasta los dragones de Liubliana.
Bad Eisenkappel es el pueblo más al sur de Austria, la última mancha de civilización antes de llegar a tierras eslovenas; en español, significa “casco de hierro”. La población no supera los dos mil habitantes, pero si los 40 años como media de edad. En invierno cae nieve desde los Alpes eslavos y en verano llegan turistas alemanes e italianos para sanar sus pieles en las aguas termales que brotan de las montañas. Los hombres prefieren la cerveza casera de las tabernas y las mujeres pasan las tardes en alguna de las tres cafeterías del centro. Bad Eisenkappel es de esos pequeños poblados de cuentos de hadas que huele a pan horneado y donde a todos nos gustaría pasar nuestra vejez; más nunca la juventud.
La Posada Gasthaus Germadnik fue mi alojamiento durante los cincos días que duró mi estadía en aquel pueblo de los Alpes. El lugar se dividía en dos grandes secciones unidas por un corredor tapizado con fotografías viejas del lugar y unos cuernos de alces de otro tiempo. En la primera se encontraban las ocho habitaciones para los huéspedes, cada una con su bestiario particular: retratos de leones con sabanas naranjas, delfines en un edredón azul celeste y mis pájaros colgados en la pared ante cobijas violetas. También había un pequeño cuarto de lavado donde la única niña que vi en el pueblo, limpiaba las sabanas. La segunda sección se conformaba por una recepción con una de esas viejas cajas de cobro, aún funcional, y por un amplio restaurante en la parte trasera, de unas 16 mesas en el interior y otras seis en el jardín de fuentes de piedras. La repisa de licores en frascos de formas irregulares, que era la barra del lugar, se asemejaba a la de un alquimista.
El piso, como casi todo el lugar, estaba echo de madera, crujía en las noches; lejos de incomodar daba la sensación de nostalgia. Parecida a los paisajes de las figuritas en casa de la tía o a la caricatura de Heidi con sus cabras. El frio atravesaba las paredes de pino e impregnaba la habitación con un aroma a bosque. Bastaba con un abrazo de la cobija violeta para calentar el cuerpo.
El dueño era Peppo, un amigo de la familia de Wastian, un hombre corpulento de mediana edad, de esos gorditos vivarachos que parecen estar hechos de porcelana. Hablaba con un alemán golpeado. Apenas pronunciaba algunas oraciones en inglés y su español era nulo más allá del Hola amigo. Pese a las adversidades lingüísticas, mi anfitrión encontraba la forma de entender, de solucionar aquella dificultad que se me presentaba. El café, en vez del jugo por la mañana. Los gestos y sus manos eran su principal punto de articulación, los límites de la corporeidad son más exactos que el dinamismo del sonido. Por alguna razón dos pulgares arriba era otro aguardiente. Gustaba de estar en la barra, recibiendo la visita de amigos o familiares, sirviendo tragos y saludando a los huéspedes croatas que llegaban en verano para trabajar en el aserradero. Un abrazo era su mejor forma de decir nos vemos pronto.
Mi relación con Peppo, pese a las ambigüedades de comunicación, fue la mejor. En las mañanas me acompañaba con el café, sabia cuando acercarse para preguntarme, respaldándose en una aplicación de traducción, por la comida y la gente de mi país. Me mostraba fotografias en blanco negro, o en escalas de rosas, del pueblo a mediados del siglo pasado. Hombres y mujeres construyendo casas, los cimientos de lo que en un futuro se convertirían en las gigantes cabañas con paneles solares y antenas parabólicas. Me daba indicaciones rumbo a lugares desconocidos. Riachuelos cargados de truchas, por ejemplo, o un museo local donde exponían un modelo del Benz Patent Motorwagen de finales del siglo XIX. Y un cementerio escalonado, presidido por un monolito negro, tatuado con el nombre de aquellos que perdieron la vida en la guerra. En Bad Eisenkappel solo da frio al recorrer sus calles en solitario.
Por las noches, al regresar de mis rutas con Wastian, Peppo, ya consumido por la euforia de sus visitas nocturnas, me hacía parte de su grupo de guerreros. Hombres de porcelana igual de vivarachos que él, todos vestidos de traje y sombreros de bombo, corbatas con dibujos de alces o timones. Me sentía como un viajero en el tiempo. Reí de chistes que debían de ser graciosos, ya que no paraban de reir. Retándose mutuamente para saber quién me ofrecía el aguardiente más sabroso o quién articulaba mejores palabras en español. Cantaban canciones de las montañas y reían de anécdotas que no podía entender. Servían de botellas sin etiqueta. la fermentación de la fruta rasgaba mi garganta. Al percibirse el aroma de la embriaguez en sus bocas empezaban a despedirse con un abrazo, retirándose de dos en dos, repitiendo cada noche esa borrachera que no termina de llegar. Peppo quedaba solo y antes de subir a mi habitación nos dábamos el ultimo trago.
La razón de escribir sobre ese pueblo perdido en los Alpes fronterizos de Eslovenia y Austria, radica en una llamada telefónica ocurrida hace algunas semanas, donde Wastian me comunicaba que Peppo, por cuestiones personales, había decidido cerrar Gasthaus Germadnik. Tuve flashazos de una fotografía donde él, con no más de diez años, con su cara sucia jugaba con unas latas sobre un terreno llano, mismo que años más tarde convertiría en posada. La noticia me hizo reflexionar en uno de los grandes paradigmas del viajero: cuando te dan esos abrazos que son para verse pronto y años más tardes descubres que fue el último, que hay lugares en la vida donde hemos sido felices, pero a los que ya no podremos volver. El tiempo lo devora todo.
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Jorge Iván Chavarín (Culiacán, 1991). Egresado en Lengua y Literatura Hispánicas por la Universidad Autónoma de Sinaloa y de la Escuela Normal de Sinaloa. Ha participado en distintos cursos y talleres con escritores como Élmer Mendoza, David Toscana y Federico Campbell. Ha publicado cuentos y ensayos en revistas regionales y nacionales como Terrario, Akáes, La Sombra, Fricciones y Timonel. Becario Interfaz en el programa Los signos en rotación en 2016 y beneficiario del Programa de Estímulos a Creadores del Estado de Sinaloa en 2017-2018. Fue partícipe en la antología de cuento Todos los nombres cuentan y de Libro Negro. Narrativa de no ficción.


