Crónica. El triángulo maldito

Un páramo desolado. Es lo que parece a simple vista, pero al avanzar entre el camino paralelo al canal de riego que atraviesa la sindicatura de Juan Aldama, El Tigre, los campos sembrados de frijol aparecen, se extienden a lo largo de un valle poco accidentado que permite ver a la lejanía la autopista poco transitada a esta hora de la tarde.

Contra el resplandor de un sol absoluto, emerge el color verde, los cerros secos más la norte, los arbustos, el camino pedregoso y los regadores desperdigados entre los sembradíos, que con sus botas de plástico luchan contra el lodazal de los surcos que se inundan de agua.

El hombre que nos indicó el camino afuera del pequeño edificio de sindicatura de Juan Aldama, nos advirtió:

“Vayan con cuidado, pueden encontrar gente”.

Gente, lo sabemos, puede significar sicarios, problemas. Un tarjetón de prensa colgado en el espejo retrovisor de la camioneta nos da un poco valor.

Es miércoles 2 de diciembre, once días después de que las autoridades encontraran la Van en donde viajaban los surfistas australianos Adam Russell Coleman y Dean Lucas, que eran esperados el sábado 21 de noviembre en Guadalajara, destino al que no llegaron nunca.

En la unidad, con registro oficial en Alberta, Canadá, fueron encontrados los restos calcinados de dos personas, cuyas primeras evaluaciones permiten arriesgar que se trata de ambos ciudadanos de origen australiano. La nota, como es sabido, le ha dado la vuelta al mundo, y la prensa internacional ha vuelto a catalogar a Sinaloa como territorio de cárteles.

El alcalde Miguel Ángel Calderón Quevedo calificó esta zona como “un triángulo de las Bermudas”, por ser el tripunto de los municipios de Angostura, Mocorito y Navolato. Desde hace años, las muertes, asaltos y tráfico de combustible robado se han agregado a las estadísticas de impunidad del estado.

Al recorrer la zona, uno trata de imaginar cómo ocurrieron los hechos que culminaron con un vehículo en llamas en la alta madrugada del 21. Cómo llegaron hasta acá estos surfistas que tenían que estar en Guadalajara tras bajar del ferry que los trajo de La Paz a Topolobampo. Imagino ahora, en la soledad del trayecto, al hombre que los vio en el Oxxo cerca de Los Mochis. A los dos australianos conducir por la oscura autopista Benito Juárez, plagada de matones y criminales.

Repaso mental mientras las llantas crujen debajo de las piedras: 22:30 desembarco en Topolobampo, buscar el mapa en el Oxxo, tomar la autopista. De Guasave a El Tigre, cuántas horas pasaron. La memoria de otros casos ocurridos cerca también se pierden con el paisaje.

Las cosas en el pueblo parecen normales, en una actividad cotidiana, meramente agrícola. Nadie nos molestó por la carretera de Culiacán hasta acá; ni siquiera el retén de seis patrullas de la Ministerial a la salida de La Palma, cuyos agentes nos saludaron afablemente.

Por el camino que vamos ahora los trascabos emparejan el suelo, remueven la tierra. No sabemos por dónde seguir hasta que a lo lejos observamos primero un hombre montado en un caballo. A un lado hay un vehículo de modelo reciente color blanco, y un hombre de playera gris charlando de pie.

Le miro la pistola fajada y el radio de frecuencia, y trato de creer que es un policía investigador que anda tras la pista de los asesinos.

Como practicantes del oficio al fin, preguntamos por el lugar donde hallaron la Van de los australianos. Somos periodistas, decimos.

“¿Son periodistas?”, el hombre de la pistola fajada duda un momento. Un rápido vistazo a los ocupantes revelan pecheras, rifles, miradas desconfiadas.

Vagamente nos indica que el lugar que buscamos queda más delante. Se marchan custodiando a otra camioneta que llega en ese momento. Seguimos el camino, sin nerviosismos porque la mentira creada de que los hombres que dejamos atrás eran policías de civil nos tranquiliza.

La brecha se vuelve accidentada a momentos; brotan tierras de cultivo, arboledas y un caserío aparentemente abandonado. La soledad genera un peso, una densidad de preocupación.

Un regador nos vuelve a indicar el punto del doble crimen. Canal Paralelo 48. Cerca de Palos Verdes, un caserío abandonado por los viejos terratenientes de hace décadas.

“Pasan un dren grande y el canal que sigue”, refiere.

¿Cómo trajeron a los jóvenes extranjeros hasta acá? ¿Ellos se salieron de la autopista para tratar de acampar? ¿Los interceptaron en la carretera y los trajeron a este lugar olvidado de Dios, gobernado por el crimen? ¿Para qué, robarles, matarlos por simple locura? Las especulaciones diarias abundan.

La camioneta arrasa piedras. Nos detenemos a fotografiar una vieja casa derruida que parece del siglo XIX. Buscamos restos incinerados de cualquier cosa a la orilla del canal, pero nada.

En el camino entonces aparecen dos unidades: un todorreteno color rojo brillante y una Tacoma blanca, ambas de modelo reciente. Vienen hacia nosotros. Despacio. Las piernas se aflojan. Un nerviosismo recorre la espina dorsal.

Del interior del todoterreno asoma la mirada el chofer, el copiloto y tres hombres más en el asiento de atrás. Llevan pecheras y asoman apenas el cañón de las armas. Nos sondean, ni siquiera disimulan al pasar a nuestro lado. Los hombres de la Tacoma también llevan pecheras, son cuatro. Nos escanean pero no detienen la marcha.

“Nos regresamos a Culiacán”, le suelto a mi acompañante. Fin de la excursión.

Le digo que no quiero que el tercer comando sea la vencida. Corroboramos que las unidades no giran hacia nosotros, y aceleramos rumbo a la autopista, a unos tres kilómetros. La camioneta da trompicones en las piedras, pero no importa, ya queremos salir. Más adelante está La Guamuchilera, y luego de nuevo el retén de ministeriales sobre la carretera a Vitaruto. Allá en El Tigre se pasean los comandos entre los caminos, acá los policías detienen a dos jóvenes en bicicleta y los interrogan.

Atrás, las historias violentas de este triángulo maldito, gobernado por el crimen.

Triángulo geográfico. El terror de transitar.
Triángulo geográfico. El terror de transitar.

 El tramo de la muerte

Los asaltos y los crímenes se han documentado, los cadáveres arrojados en la acotación de la carretera, unos con el tiro de gracia, otros envueltos en cobijas. El 12 de octubre de 2010 un convoy de elementos de la Policía Estatal Preventiva y Municipal de Navolato, que realizaban rondines por los constantes robos carreteros, fueron emboscados por un grupo armado dejando un saldo de 8 policías muertos.

Los hechos ocurrieron a la altura del kilómetro 82, del lado de Angostura, cuando los policías mantenían un punto de revisión automovilística. Este operativo había sido enviado por el gobierno de Jesús Aguilar Padilla para trata de controlar la zona que ya registraba un alto índice de criminalidad.

Pero 18 días después, otro caso cimbró a la opinión pública. La señora Guadalupe Olivas Rivas, de 53 años, fue asesinada junto con su hija Mirta Leticia Román Olivas, de 35 años, cuando circulaban por la autopista a la altura de Chinitos, Angostura.

En este tramo donde se cometió el doble asesinato, para esa fecha, ya habían sido asesinadas más de 5 personas. Uno de ellos fue el líder de la AARC, César Valenzuela, cuyo crimen fue el día 25 de julio de 2010.

Zona sin control, el gobierno la dejó a la deriva. Otro de los dramáticos casos fue el de Héctor Adolfo Villanueva Pimental, de 34 años, quien viajaba con sus padres de California con destino a Irapuato, Guanajuato, en donde celebraría los 15 años de una de sus hijas. Fue la mañana del 21 de agosto de 2013.

A Héctor lo asaltaron, pero los delincuentes le dieron muerte cerca de Guasave. Los padres fueron amenazados, por lo que por kilómetros circularon con el cadáver de su hijo en la camioneta hasta llegar a la caseta de cobro de Costa Rica, en donde no resistieron y denunciaron a los policías federales que se encontraban en el lugar.

El 3 de noviembre del mismo año, el periodista deportivo Alberto Gerardo, con residencia en Hermosillo, Sonora, fue asesinado en las inmediaciones del Campo Plata en Angostura, bajando de La Costera. Tres personas más fueron lesionadas.

Supuestamente las víctimas viajaban a bordo de un vehículo Bora, color blanco y modelo reciente, cuando un grupo armado los interceptó en dos vehículos, y el periodista quien venía al volante imprimió velocidad con la intención de escapar.

Los agresores al ver que los ocupantes intentaba escapar comenzaron a disparar con armas de grueso calibre al vehículo Bora; Alberto Gerardo y la copiloto recibieron varios impactos de bala y al fallecer el periodista perdió el control del automóvil que se volcó hiriendo a las otras pasajeras.

De este crimen, también el gobierno sinaloense se comprometió a esclarecerlo. El comentarista deportivo había acudido a Angostura al velorio de un familiar. Él también regresó a su propio velorio.

 Por Martín Durán

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