Culiacán, Sin.-La ciudad es el frente de propaganda. Los ejércitos avanzan, se alinean con sus cabezotas de fibra de vidrio para invadir los sitios públicos, sus caras aparentemente inocentes que dibujan una sonrisa, y cuya utilidad todavía es desconocida.
Aquí y allá los Morrines se alistan para el asalto, para convertir la ciudad en el espectáculo circense en que se ha convertido la campaña “Al 100 x Culiacán”. Según anunció el alcalde Sergio Torres Félix, se trata de 50 monigotes más.
Esta vez para evitar las críticas de los dineros públicos invertidos en hombrecitos inútiles que soportan como soldados estoicos las inclemencias del tiempo, el anuncio fue que un grupo de empresarios donaron al municipio los figurines. Los anteriores tuvieron un costo de 162 mil pesos, y la marabunta de ‘memes’ inundaron las redes sociales, las críticas.
No importa. En tiempos preelectorales, que hablen bien o mal de ti es irrelevante. Lo importante es que hablen, ya habrá tiempo de contrarrestar, sumar, olvidar los dislates.
Depende de como se le mire, el hombrecito es odiado o querido, y amenaza con sus ojillos a seguir siendo blanco de las burlas, quizá de las fotos con niños sonrientes, quizá víctimas del vandalismo, de las lluvias y el calor, del furioso río Tamazula.
Se reúnen en fila para marchar, para preparar la estrategia inanimada de un alcalde que ya está pensando en el próximo escalón político, que se abraza con el hombre fuerte del PRI solo para el gesto del twiiter y el facebook, pero que olvida que su ciudad está convertida en un valle de baches y de muertos.
Muertos como esos morrines que miran ahora desde su escondite, en las bodegas del Prometeo moderno que grita ante sus creaciones de pacotilla: “Están vivos, vivos”.
Y el Morrín se levanta, camina y toma su lugar pleno en el mundo de la ciudad, en el parque, en la calle, en las aceras, convirte los espacios en lugares reales, los torna plenos, les insufla una alegría inenarrable, una alegría que quizá no es compartida por el pobrerío que habita en aquellos cinturones de miseria de Culiacán, en la periferia vedada a la felicidad del monito sonriente.
Martín Durán