Y entonces aquel sábado 14 de noviembre París se quedó en silencio. París, aquella ciudad luz que apagó sus luces. El pináculo de la democracia y la República, del siglo de las luces, aquella París una vez más había sido atacada por terroristas.
Por Elier Lizárraga
Luego de las muertes en el teatro Bataclan, el Estadio de Francia y los bares del barrio de pequeña Camboya perpetradas por militantes del grupo terrorista ISIS, la capital francesa no volvió a ser la misma.
Las calles estaban abandonadas. Los parisinos apenas se hablaban unos a otros en el metro o las oficinas. Las madres cuidan a sus niños para que no salgan a la calle y los hombres caminan desconfiados, aislados de sí mismos.
En todo el mundo, los monumentos de las ciudades más importantes se iluminaron con los colores de la bandera francesa en solidaridad con los parisinos por las pérdidas sufridas.
Pero no todo es desgracia. Hay parisinos que intentan recuperar la vida que les quitaron aunque sea en el recuerdo. Un hombre toca Imagine de John Lennon frente al Bataclan. Una multitud se reúne en la Plaza de la República para guardar luto a las más de 100 víctimas que cayeron a manos de islamistas radicales.
Los hechos aún duelen. El parisino camina por las calles con miedo. Está asustado. Teme un ataque terrorista más. El dolor por Charlie Hebdo seguía vivo cuando Isis los atacó nuevamente.
Alberto Camacho Sarabia, culiacanense que vivió de cerca los ataques de Isis en Francia, todavía recuerda el silencio en las calles, a los parisinos agachados y asustados, los vehículos ausentes y el silencio por todas partes.
“El sábado no se escuchaba nada en la calle. Normalmente se escuchan pasar carros, gente con sus perros o cualquier tipo de cosas, y ese día ningún ruido se escuchaba en las calles. Fue el domingo cuando la gente empezó a salir de sus casas y se empezaron a juntar donde está el Bataclan y la Plaza de la República, donde la gente va a manifestarse. Ahora es el altar para los fallecidos, hay velas, carteles y todo tipo de ofrendas”, manifiesta.
Luego de esto viene la estampida. La gente que se había reunido en la plaza escuchó el rumor de que había un hombre armado entre la multitud y la situación se descontroló. Los parisinos huyeron en todas direcciones.
“La gente prefirió correr y se armó una estampida. Se sentía la sicosis aquí en París”.

Semana negra
Una vez más, el silencio. Alberto recuerda como la gente en el metro no hablaba, no se dirigían la mirada. No se hablaban ni para decirse que no se hablaban.
“Venían viendo el piso. Nadie hablaba con nadie. Cuando llegaba el metro a la estación, rápido se levantaban de su silla, a paso veloz, casi corriendo, se salían de la estación. Así transcurrieron domingo lunes y martes, con la gente alterada, muy nerviosa”, recuerda.
Fue entonces que la autoridad francesa tomó cartas en el asunto. El miércoles por la mañana, en el barrio de San Denis, la policía logró cercar a un grupo de terroristas en un departamento. Se desató un tiroteo que se prolongó durante seis horas. El saldo: tres terroristas muertos y cinco arrestados. El orquestador de los ataques fue abatido.
Esto le trajo tranquilidad a Francia, pero los ciudadanos decidieron seguir cautos. Todos salieron a las calles, tomaron las calles. Tous au bistrot. La luz fue volviendo poco a poco, pero en la cara delos parisinos el miedo seguía presente.
“La gente a nueve días está volviendo a la normalidad, pero todavía se les nota ese sentimiento, ese nerviosismo y precaución que sienten en caso de que algo sospechoso ocurra. Poco a poco, la ciudad vuelve a la normalidad”, dice Alberto.
Repudio musulmán
Ante los ataques, el gobierno francés decidió cerrar las fronteras al mundo para prevenir ataques y colocó a sus fuerzas policiales y militares en alerta máxima.
A pesar de ello, un musulmán se pasea por las calles ofreciendo abrazos gratis. Quiere la paz, esa que sus correligionarios buscan a través delas armas, él la busca a fuerza de abrazos. Y los parisinos los reciben, se dejan querer por quienes muchos alrededor del mundo consideran el enemigo.
“Muchos musulmanes en redes sociales han externado sus condolencias y su desacuerdo con el Estado Islámico. Se ha visto que la gente ve a los musulmanes con precaución en las calles”, señaló.

Un culichi en París
Pero para Alberto fue una semana normal. Se encuentra en París en un intercambio universitario gracias al Tecnológico de Monterrey y regresará para Navidad a su tierra natal. Pero para él, lejos de ser una situación de miedo, toma precauciones a las que está acostumbrado en Culiacán luego de la guerra contra el narcotráfico en 2008.
En las calles de París prácticamente hay un policía en cada esquina. Si alguien nota algo sospechoso, investigan a todos. Para registrar una casa no es necesaria una orden de cateo, solo se necesita un aviso verbal.
“Eso me hace sentir más seguro, pero recuerdo la situación en 2008 cuando se da la guerra de cárteles en Culiacán. Cuando veo las noticias me acordé de esa situación, que la gente no salía de sus casas si no era necesario. Tomando en cuenta ese antecedente, yo ya sabía qué hacer en la calle”, dice.
El sábado después de los ataques no supo cómo actuar, pero el domingo simplemente decidió no salir de su casa. No por miedo, sino por precaución y por el antecedente en Sinaloa, cuando la gente decidió no salir por temor a los enfrentamientos.

Si bien no ha pasado nada, evita los lugares con mucha gente, sobre todo las estaciones de metro más transitadas porque son posibles blancos terroristas.
“Me siento tranquilo en este momento. No tengo el miedo que tiene un parisino, que ve cualquier cosa rara, una mochila tirada y sale corriendo. Si voy en la calle, voy con precauciones pero voy tranquilo”.