Con las horas contadas (VI) | “Sorpresas te da la vida”, por Manuel Aceves y Diego Macías

El siguiente es un relato realizado por Manuel Aceves en base a una historia relatada por Juan Diego Macías. Forma parte de un proyecto de colaboración en el que se narran historias de interacción entre la policía y la criminalidad de nuestro estado, en la que los personajes siempre están al filo de la navaja.

El canto de un gallo interrumpió el silencio de la madrugada y desvaneció los sueños del comandante Rojas. Miró el reloj: las tres de la mañana, la hora macabra. El gallo imprudente del tono de teléfono que uno de sus sobrinos le había instalado esta vez anunciaba al secretario de la presidencia municipal.

La ansiedad hizo de las suyas y no era para menos, el pleito entre dos células criminales de la zona había convertido el municipio en un infierno, la gente del Chacal y la del Javi, se estaban dando con todo y los jefes del cártel prefirieron deslindarse del pleito. “Si quieren matarse entre ellos pues que se maten, tengo problemas más grandes que eso, ustedes no han hecho nada para sacar a la Marina del municipio y mientras esos cabrones del ancla sigan husmeando entre mis propiedades yo no pienso a mover un solo dedo”, sentenció el patrón de los narcos cuando el presidente municipal solicitó su apoyo para calmar las cosas. Ningún director de seguridad había durado más de 2 meses en el cargo desde que empezó el conflicto, todos tenían las horas contadas. En medio de esa guerra quedaron los policías, estos no podían mostrarse a favor o en contra de ningún bando, si por error lo hacían, corría la sangre. La anarquía se convirtió en el pan de cada día y los puchadores tuvieron luz verde para envenenar a diestra y siniestra, no había quien los detuviera. Varios agentes renunciaron, otros se pasaron al lado oscuro y en la corporación reinó el miedo.

Abandonó las ganas de seguir soñando y respondió la llamada.

—Diga.

—Comandante—voz nerviosa—, ocupo que me eche la mano, unos pistoleros levantaron a mi concuño, el que es policía, es el muchacho que está asignado a la escolta del presidente municipal.

—Sí, sí, ubico bien al chavalo. ¿Qué pasó? ¿A qué hora fue eso, licenciado?

—¿Qué si a qué hora fue, mija? —preguntó el secretario a su esposa quien en ese momento consolaba a la mujer del levantado.

— Ahorita como a las dos, Refugio— se escuchó de fondo a la señora—, dice Julieta (esposa del levantado) que unos muchachos de la colonia le dijeron que se lo llevó la gente del Chacal.

El secretario repitió lo dicho por su esposa. Rojas sudó frio. Se sintió en desventaja. Volvió a ver el reloj y respondió:

 —Híjole, mi lic., le prometo que en cuanto amanezca despliego un operativo para buscarlo, la verdad ahorita sí está complicado el asunto. Si mando a mi gente los expongo a una emboscada, ya ve cómo anda de rabioso ese malandro. Deme chanza de que salga el sol y le aseguró que en la noche va a estar cenando tacos con su concuño.

No era la respuesta que don Refugio Palmenares esperaba, pero aceptó el compromiso. El comandante Rojas no pudo conciliar el sueño, sabía que El Chacal y sus hombres eran engendros de la noche. Por eso la instrucción del comandante Rojas esa mañana fue como dejar entrar un coyote a un gallinero.

—Vamos a uno de los nidos del Chacal, los quiero a todos “en uno”— acuñó el término policial que significa estar en guardia: preparados, alertas o al tiro para lo que haga falta.

Varios protestaron pero no les quedó remedio, se subieron a las patrullas y peinaron las rancherías y colonias. Cuando se trata de dar con delincuentes casi nadie colabora con la policía pero en esta ocasión ayudó el hartazgo de un agricultor que durante la madrugada divisó un comando armado abrirse paso entre sus cosechas. Había llovido desde la tarde anterior y el lodo ayudó a detectar el rastro que habían dejado las camionetas de los sicarios.

Entraron por las parcelas y de ahí se perdieron en el monte varios kilómetros adentro.

—Pónganse truchas, plebes, no sé ustedes pero yo todavía no tengo ganas de cenar en el infierno— bromeó el comandante por radio. A nadie le hizo gracia.

Las marcas de los neumáticos los llevaron a un paraje agreste y luego a un canal de riego que detuvo el paso de las patrullas.

—Estos cabrones traen camionetas todo terreno, vamos a tener que ir por tierra. Ramos, Tavares, Aguilus, Espero, Mejía, ustedes se quedan en las patrullas para hacer torres de vigilancia, los demás se vienen conmigo a echar chingazos—, ordenó Rojas envalentonado a través del radio.

Cruzaron valiéndose de unas tablas que alguien más ya había utilizado para hacer lo mismo, así, todos mojados, avanzaron entre las brechas. Se abrieron camino entre las ramas pero los nervios, el lodo, la humedad caliente que emergía del suelo y el peso de las armas y equipo táctico hicieron de aquel momento un calvario. Rojas dio instrucciones con señas, se les notaba el miedo, a unos metros divisaron una casa abandonada en medio del monte y cuatro sicarios paseando sus fusiles de asalto AK-47. Por extraño que pareciera no había halcones, punto a favor. Se acercaron en silencio. El factor sorpresa les dio ventaja para el asalto pero de un momento a otro todo cambió y tuvieron que fluir con lo inesperado.

Cantó el gallo y los sicarios se dieron cuenta que no estaban solos, era el teléfono de Rojas y una llamada inoportuna del secretario Refugio Palmenares.

Los malandrines se activaron y comenzaron la pesquisa, uno de ellos disparó al aíre y el miedo hizo que los policías también jalaran sus gatillos. Los principios básicos de actuación son los primeros que se olvidan cuando la adrenalina hace de las suyas en el cuerpo; comenzó el intercambio de plomo. Dos sicarios cayeron.

— ¿Qué están haciendo, pendejos? — inquirió Rojas rabioso.

Otros pistoleros salieron de la vivienda como abejas enfurecidas listas para picar, tenían con qué y razones para hacerlo: los policías alborotaron el panal.  Más ráfagas hicieron eco en el ambiente. El miedo engendra monstruos pero el pánico es peor, hace que te mees en los pantalones.

Uno de los agentes salió corriendo, cruzó en reversa el canal de riego y pasó de largo las patrullas para esconderse entre parcelas de maíz.

—¡Nos van a matar!, ¡nos van a matar a todos! — gritó aterrado el policía.

Traca, traca, traca, traca, siguieron sonando los disparos. Ninguno hizo blanco.

—A las patrullas, plebes, váyanse a las patrullas — ordenó Rojas.

Cruzaron de nuevo el canal, no sin antes asegurarse de arrojar las tablas a la afluente. Eso les daría un poco de ventaja. Todos se replegaron a las unidades, menos el policía que minutos atrás había salido corriendo a las parcelas, el miedo lo convirtió en una trilladora humana que se abrió paso entre los surcos, sudaba como puerco, se caía y se ponía de pie en cuestión de segundos, desesperado, temeroso.

La idea de Rojas era un ataque frontal, pero cambió de idea cuando vio surgir de los matorrales, al otro lado del canal, a dos camionetas equipadas con fusiles Barrett M82.

—Ya valimos madre— gritó uno de los agentes.

Sudor, adrenalina, frustración y coraje se combinaron en un par de segundos.

— Si nos quedamos nos van a machacar y si nos movemos también, vale más darles pelea, tenemos el canalito de ventaja— ordenó el comandante.

—No chingue jefe, es un suicidio, las camionetas de los mañosos están blindadas. No la vamos a cuajar— respondió uno de los policías. Su temor era razonable, se trataba de una contienda entre David y Goliat.

Los barrets del gigante filisteo comenzaron a escupir fuego contra las patrullas. Demasiado tarde para escapar. La lluvia de balas calibre 50 despedazó el cofre y los cristales de dos patrullas, los policías lograron bajarse antes, uno de ellos con una herida sedal en el hombro, otro en la pierna.

Al otro extremo del canal, los sicarios en suelo escupían plomo con rifles AR-15 y fusiles AK-47.

Rojas intuyó que los pistoleros eran principiantes, “puro mocoso de 18”: el Barrett tenía un alcance de 285 metros de distancia y apenas le dieron al frente de dos patrullas. Solicitó refuerzos por radio mientras su compañero de patrulla iba en reversa hacía los surcos de maíz.

El resto hizo lo mismo, las dos camionetas oficiales ardieron frente a ellos, las camionetas doble rodado avanzaron lentamente hacía el canal de riego, eran un par de gigantes torpes intentando llegar al otro lado. El comandante vio una oportunidad.

—Ramos, Tavares, encárguense de los que están en tierra, Mejía, ustedes tírenle a las llantas de la doble rodado. Vacíenles todo el parque— dijo Rojas para luego enfocarse en los pistoleros que detonaban los M82.

Aunque las unidades tenían placas blindadas, el bajar por la pendiente del canal hizo posible que los pistoleros en la caja pudieran quedar en la mira.

La puntería de Rojas era implacable y una le fue suficiente que uno de los sicarios asomara las manos para volarle los dedos.

—A ver con que se limpian la cola, cabrones— celebró Rojas con una carcajada.

Los cuerpos de los pistoleros cayeron sobre sus propios charcos de sangre. De un momento a otro, la balanza se inclinó a favor de los policías quienes si bien habían recibido impactos de bala, milagrosamente, no se afectaron órganos vitales.

—Aguilus, llévate a los heridos—, ordenó Rojas por radio.

—Jefe, Aguilos está herido, me los llevó yo— respondió uno de los policías.

—Llévatelos en caliente, Quevedo—, insistió el comandante, inmerso en el infierno de sus pensamientos.

Si salía vivo de la refriega, tenía que perderse porque el Chacal no le perdonaría la afrenta. Sintió una vibración en el pecho pero no sólo era su corazón, el su teléfono celular que ya acumulaba 14 llamadas del secretario Palmenares.

Los cristales antibalas de la camioneta 4×4 cedieron, David por fin descalabró a Goliat. Los cuerpos tendidos le recordaron al comandante   la famosa obra de arte La balsa de la Medusa que el alcalde tenía en su despacho.

Por fin, después de minutos que parecieron eternos los policías parecían haber ganado la contienda contra la gente del Chacal. Cantó de nuevo el gallo. Rojas tomó el teléfono y lo arrojó por la ventaja.

—¡A chingar a su madre!, ¡viejo enfadoso!

Tras inspeccionar el área comprobaron las bajas y lograron detener a tres personas escondidos en la casa que servía como laboratorio de drogas sintéticas. No había rastro del concuño de Palmenares.

Rojas sintió un hueco en el estómago que luego se convirtió en nauseas, dio instrucciones para que delimitaran y resguardaran el área y se dirigió a la carretera de nuevo abierto paso entre los surcos de maíz, a mitad de camino se topó con el agente aterrado que había huido antes de la refriega.

Lo subió a la patrulla y estaba por regañarlo cuando la fatalidad se dibujó frente a sus ojos. Veinte camionetas se aproximaron a ellos. Se detuvieron súbitamente y el cobarde policía se meo en los pantalones. No había tiempo de escapar, no había tiempo de reaccionar, ahora sí, era demasiado tarde. El comandante chistó y se sujetó fuerte el brazo izquierdo, sintió un dolor poco común pero se esforzó para mantener la calma.

Las camionetas color gris se detuvieron frente a los agentes, de una de ellas descendió el famoso Chacal, el terror en persona, sus coloridos collares en honor al dios Elegua, se destacaron en la distancia.

En la religión Yoruba, a este dios se le conoce como el dueño de los caminos y el destino, el que abre o cierra el camino de la vida, para los policías aquello iba enserio. En el otro extremo de la camioneta gris, bajaron dos personas, eran el secretario Palmenares y su concuño. La imagen desconcertó a Rojas y al resto de la tropa, quienes también descendieron de las patrullas.

—Llevó casi una hora marcándote Rojas, nos tienes con pendiente, cabrón— reprendió Palmenares una vez lo tuvo enfrente.

—Déjelo, déjelo, este cabrón se acaba de ganar una medalla— dijo el Chacal con una sonrisa burlona. Parecía no estar enterado de la balacera pero en realidad era todo lo contrario.

—Te equivocaste de guarida Rojas, acabas de chingarte uno de los laboratorios del Javi, tuviste suerte cabrón porque acabamos de llegar a un acuerdo con el Chacal, mi concuño va a ser el enlace directo con el presidente, bien dijiste, cabrón, esta noche yo invito los tacos — reveló Palmenares.

A los días, Rojas renunció a la dirección de seguridad y se fue a Cuba no sin antes canalizar su malestar hacía el agente que los abandonó en la balacera.

Manuel Aceves es jefe de Información de Luz Noticias zona centro de Sinaloa y es colaborador de TDN Noticias, televisora de Argentina. Ha sido corresponsal de Grupo Radio Fórmula, freelance de RioDoce, periodista televisivo en Meganoticias, trabajó en el periódico Noroeste y ha colaborado en La Pared Noticias, Reporte 18, Radar Sonora, Códice de Baja California, NN Noticias, entre otros, en coberturas de nota roja, temas sociopolíticos, locales, de carácter nacional e internacional.

 

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