La siguiente es un relato realizada por Manuel Aceves en base a una historia relatada por Juan Diego Macías. Forma parte de un proyecto de colaboración en el que se narran historias de interacción entre la policía y la criminalidad de nuestro estado, en la que los personajes siempre están al filo de la navaja.
Aquella noche nadie, absolutamente nadie, en Alicante, España, se imaginó que la muerte haría de las suyas y mucho menos que ésta vendría de un pueblito sinaloense. Esa noche los fuegos artificiales, la música y la fiesta, hicieron que el puerto pareciera el paraíso; un camarero servía bebidas y se fue bailando al ritmo del dancehal. Una rumana brindó en las piernas de un español camisa floreada, la bodypaint robótica estaba haciendo malabares con un par de pelotas color neón, con esa escena y el sonido seco e intempestivo de las ráfagas Kaláshnikov. Siguió la música en medio del estupor. El resultado de la lluvia de balas fueron dos cuerpos tendidos en el suelo y uno más sobre una mesilla. Botellas de vino derramadas. Cristales rotos. Sangre. Olor a pólvora quemada.
Los muertos tenían rato dándose la gran vida, eran cínicos, sinvergüenzas y majaderos. Esos mexicanos nomás se ponían borrachos y se soltaban con un salivero, se la llevaban diciendo que eran mafiosos de Sinaloa, que tenían ranchos, caballos y hasta tigres. Puro blof. Según ellos, eran dueños de casas “bien placosas”, carros último modelo y aparte, se henchían diciendo que eran de los narcos más buscados en México. En realidad sí eran buscados pero no el gobierno ni la policía sino un mafioso pesado que les había puesto cola, uno de verdad, de los que no vocifera, sólo jala el gatillo y pum, ¡a chingar a su madre todo!
Antes de ser malandrines guanabi en el sureste de España, nadie daba un peso por ellos. El primero, apodado el Gaby, tenía un taller mecánico en medio de una carretera que conducía a un pueblito de Navolato; ahí, el Chato y el Pájaro eran sus chalanes: un par de perdedores que no tenían otra vida más que ahogarse de borrachos en ese taller pichurriento donde todo empezó. Por absurdo que suene, el dinero les llegó rodando, de la manera más bizarra e inimaginable, como mucho de lo que ocurre en Sinaloa. Bebían cerveza en el taller mecánico, escuchaban canciones de Valentín Elizalde y de pronto los sacudió un estruendo.
— ¡Me lleva la chingada!— se quejó el Gaby al constatar que la llanta de un tráiler había impactado contra su carro.
El Chato y el Pájaro soltaron la risa.
— A la madre, carnal, tienes que tener muy mala suerte pa’ que te pasen estas cosas— le había dicho el Chato ignorando que la suerte es relativa, que minutos más tarde el escenario cambiaría de forma que no habían imaginado.
—Te dijera que corretearas al trailero pa’ que te pague, viejo, pero no creo que lo alcances en la bicicleta, ni cuenta se dio el vato de que te desgracio el carro—, dijo el Pájaro.
Llevaron la llanta a una vulcanizadora cercana con miras de sacarle el rin y venderlo en el fierro viejo. Algo tenían que recuperar después del daño que les causó la llanta. ¡Sorpresa! Descubrieron que el neumático era una fachada, varias pacas de billetes de 100 dólares estaban comprimidas en el interior. Ni cien años de trabajo en el taller alcanzaban para reunir aquella cantidad.
— ¡Nos cuajamos, viejón!, ¡nos cuajamos!— gritaron emocionados.
—Diosito nos está recompensando por tantas desveladas—, expresó el Gaby besando una paca de billetes.
El llantero no entendía nada. Le regalaron la llanta, el rin y mil pesos para que no dijera nada. Los plebes no tardaron ni una semana en irse del pueblo. A familiares y amigos les dijeron que se iban por un tiempo a los Estados Unidos a hacer dinero, el truco es que ya lo llevaban hecho.
Se fueron un tiempo a Chihuahua y de ahí les llevó casi un mes planificar su salida del país con todo y dinero.
Estados Unidos se les hizo muy cerca, si querían estar a gusto tenían que irse más lejos “cruzar el charco”, como había propuesto el Pájaro. Se arriesgaron con un tratante de blancas quien les cobró un ojo de la cara.
—Necesitamos mover una merca fuera de México y a nosotros con ella, si todo sale bien hay chanza de seguir haciendo negocios—, le habían dicho.
Ahí fue donde comenzó la mentira, tuvieron que decir que eran narcos peligrosos para no terminar siendo estafados en tierra ajena. El Raya, como le apodaban al tratante, les consiguió traslado seguro, pasaportes falsos, la conversión de varios miles de dólares por euros, y hasta un lugar sencillo para vivir.
La historia pudo haber terminado ahí con un: y vivieron felices por siempre, pero a los mafiosos no le gustan los finales felices.
— ¿Dónde tienes el dinero, pendejo?, le gritaban los sicarios a un trailero amarrado en un cuartito oscuro y húmedo. La tortura llevaba días.
—No sé, no sé, se los juro que yo no quite la llanta— respondió llorando el chofer. Tenía la cara llena de sangre y las manos esposadas.
—Ya párenle— ordenó el narco de la plaza— vamos a dar un paseíto y si no encontramos nada, nos lo vamos a cobrar con un miembro de tu familia.
No tardaron mucho en descubrir lo que había pasado, el dueño de la vulcanizadora no fue discreto, la llanta era enorme y en vez de esconderla la utilizó como letrero publicitario.
“Llantera a 5 kilómetros”, se leía con pintura blanca sobre el neumático gigante.
— ¡Fueron los plebes, los plebes del taller!— gritó el llantero media hora más tarde, luego de varias inmersiones de su cabeza en un escusado. A esos sicarios les encantaba la tortura.
Los ladrones tenían rostro, nombre y apellido. Peor aún: tenían familia, pero el Raya ya se había encargado de moverlos. Se la pusieron difícil al mafioso de la zona, el Chacal, quien lo tomó como una ofensa directa a su embestidura de narco; aunque quería cobrar la afrenta, también sabía que debía ser paciente y esperar un error. El blof hace eco y en España también hay mucho narco sinaloense, así que no tardó en correr el rumor de los tres mexicanos que se daban la gran vida en el sureste de España, gozaban del amor “bajo demanda” que ofertan las prostitutas, de lujos y excesos; ya no les quedaba mucho dinero, no tenían margen de maniobra, tampoco idea de los alcances de ese Chacal sinaloense.
¿Quién tuvo la culpa? Quién sabe. Puede que haya sido el destino, tal vez las malas decisiones o, a lo mejor, ésa pésima costumbre de algunos de andar decidiendo sobre vidas ajenas; el punto es que el narco se cansó de esperar a que volvieran y, como buen ajedrecista, el Chacal aprovechó la oportunidad para realizar una jugada fulminante.
Manuel Aceves es jefe de Información de Luz Noticias zona centro de Sinaloa y es colaborador de TDN Noticias, televisora de Argentina. Ha sido corresponsal de Grupo Radio Fórmula, freelance de RioDoce, periodista televisivo en Meganoticias, trabajó en el periódico Noroeste y ha colaborado en La Pared Noticias, Reporte 18, Radar Sonora, Códice de Baja California, NN Noticias, entre otros, en coberturas de nota roja, temas sociopolíticos, locales, de carácter nacional e internacional.