La siguiente es una crónica realizada por Manuel Aceves en base a una historia relatada por Juan Diego Macías. Forma parte de un proyecto de colaboración en el que se narran historias reales de interacción entre la policía y la criminalidad de nuestro estado, en la que los personajes siempre están al filo de la navaja.
El atardecer era un espectáculo rojizo embellecido por garzas en vuelo, un paraíso de fresca brisa marina, con calles empedradas y el sonido lejano de olas topando contra las rocas. Sobre el malecón, los restos de una cinta amarilla y casquillos percutidos advertían que ese lugar estaba muy lejos de ser el edén.
El comandante Tirado nunca imaginó lo que provocarían un par de eventos desventurados en los que estuvo involucrado. Le decían “El Calacas” por su papel en una fugaz operación bautizada como “Saldo Blanco”, la cual terminó en un auténtico desmadre.
La Semana Santa estaba por llegar y el gobernador había sido contundente en la instrucción:
—No quiero ni un muerto en el puerto durante los próximos días.
Omitiremos el nombre del puerto para no herir susceptibilidades. En medio de una guerra entre grupos delictivos que se peleaban la salida al mar, aquella instrucción era como pedir un espectáculo de pingüinos en el desierto. El secretario de Seguridad reiteró la instrucción en un encuentro de trabajo con el director de la municipal y comandantes.
—No sé cómo le van a hacer pero me controlan la situación, la próxima semana cortamos el listón del nuevo malecón y nos visita el presidente de la República para arrancar el operativo vacacional. Todo tiene que estar perfecto. Ya escucharon al gobernador, ni un solo muerto.
La orden bajó a elementos policiales e incluso a cabecillas del narco con quienes se pactó una tregua momentánea. Corrieron las horas. Nada parecía ir contra el orden establecido hasta que el radio Matra reportó lo contrario a las 3 de la mañana: un muerto en pleno malecón. Aquello era equivalente a una mosca en la sopa, una patada en los huevos o una mentada de madre a mitad de la misa.
—¡¿Cómo que un pinche muerto?! — gritó alarmado el comandante Rodríguez, director de la Policía Municipal
—Lo acaban de aventar, jefe, — respondió Tirado, quien estaba a cargo de la seguridad en la zona.
—¿Hay testigos?
—Ni uno jefe, fue muy a la sorda, lo mataron en otro punto y lo aventaron aquí nomás por hacer la maldad los desgraciados.
Ahí fue cuando surgió la idea macabra. Cuando el camino se torció para ambos agentes. Cuando la necesidad de quedar bien con los de arriba los llevó a portarse con los escrúpulos más bajos.
—Llévatelo de ahí, déjalo en otro lugar. No podemos arriesgarnos.
Tirado titubeó nervioso, luego soltó:
—Jefe, ¿está seguro de lo que me está pidiendo?
—Cabrón, no tenemos opción, llévatelo de ahí. Déjalo en algún ranchito desolado— ordenó sin poder contener la ira y el desespero.
—Lo que diga, jefe—, respondió Tirado consiente de que a partir de ahí estaría incurriendo en un ilícito, pero como decía Maquiavelo: “el fin justifica los medios”. ¡Pinche Maquiavelo!
¿Y cuál era el fin? ¿Qué el gobernador se luciera con el presidente?, ¿Qué todos pensaran que la seguridad estaba poca madre en la región?, todas estas preguntas desfilaban por la cabeza de Tirado mientras jalaba el cuerpo y lo metía a la cajuela de la patrulla en medio de la oscura noche. Condujo varios kilómetros y en cada uno de ellos luchó contra el cansancio y los nervios. No era costumbre suya eso de viajar con un muerto en la cajuela.
¿Por qué lo habrán matado?, ¿se habrá robado algo?, ¿sería puntero de los contrarios?, ¿se metería con la morra de algún malandrín?, las preguntas fueron dándole forma a un juego detectivesco en la cabeza del policía hasta que un perro a mitad de la carretera lo hizo volver a la realidad. Frenó de una y en el acto la patrulla giro abruptamente para luego salir disparada de la carpeta asfáltica.
— ¡Chingadamadre! — renegó el agente al tiempo que forcejeaba contra la bolsa de aire. Bajó del auto y notó el cofre achatado por el impacto y humo saliendo de éste. Tosió en medio de la humareda y se tiró de espaldas sobre la cajuela.
—Ni modo, carnal — le dijo al muerto—. Voy a tener que dejarte aquí.
El perro sobreviviente se acercó al punto como observando el desmadre que acababa de provocar.
El agente dejó el cadáver en ese lugar al que había llegado por obra de la casualidad, más dicen que la casualidad no existe y que todo es obra de un ente caprichoso llamado el destino, el pinche destino. Lo que Tirado no imaginó fue que había regresado el cuerpo a unos metros del punto de origen. Para el Chacal, lugarteniente del cártel, amo y señor de esa comunidad, aquello fue interpretado como un reto que le estaba lanzando la Policía Municipal. Al parecer no tenía idea que en realidad se trataba de una orden desesperada de un jefe policiaco y un agente accidentado. Al grado que ya tenía lista la ofensiva.
Pasaron las horas como toros desbocados en un jaripeo texano.
Rodríguez no superaba la noche, mucho menos Tirado, quien traía la cara hinchada por los golpes del accidente y el cuerpo molido por empujar la patrulla en su intento de subirla de nuevo a la carretera. Ambos estaban en la oficina, el sol entraba de lleno por un pequeño cubículo dejando ver las partículas suspendidas en el aire como un espectáculo bizarro en medio de aquel espacio de paredes grises.
—Lo bueno es que no te quebraste ni un hueso, mi comandante Calacas—, le dijo Rodríguez bromeando a Tirado al tiempo que encendía un cigarro.
—Esta madre te va a salir cara, Rodríguez, mínimo unos mariscos con la Güera.
—Una almeja chiluda, si quieres, cabrón.
Ambos rieron.
Los radios Matra sonaron. Reportaban el hallazgo de otro cuerpo en el malecón. El corazón de ambos agentes latió como caballo desbocado y casi se infartan con la llamada del secretario de Seguridad.
—Dime que lo que estoy escuchando es falso cabrón, les dije que ni un muerto y C4, me está reportando todo lo contrario. Si no arreglan eso ahorita mismo váyanse despidiendo de la chamba. Arreglen esto antes de que llegue un enjambre de reporteros al lugar, encárguense ya.
—Ahorita mismo procedemos a supervisar jefe, le aseguro que debe ser un malentendido, allá mismo está el comandante Tirado patrullando la zona, en un momento me comunico con él—, respondió Rodríguez mintiendo para salvar el pellejo de ambos, luego volteó a ver al recién bautizado comandante Calacas—.Lánzate al malecón, en código, jálate para allá y desaparéceme ese cuerpo, me vale madre si hay testigos, inventa algo, diles que por su bien más vale que no anden corriendo la voz.
Salió como alma que lleva el diablo en un Tsuru patrulla y en menos de veinte minutos ya estaba en el punto. Con pistola en mano dispersó al gentío que rodeaba al cadáver.
— ¡A ver cabrones!, me van borrando esos vídeos de sus teléfonos, si los subieron bórrenlos en caliente, aquí los únicos perjudicados con eso van a ser ustedes, pónganse las pilas porque si esto se sabe se nos caen los turistas.
Una vez lanzada la advertencia, Tirado intentó concentrarse en el cadáver pero sólo de observar la grotesca escena sintió deseos de vomitar. Estaba desmembrado: un brazo en un extremo, un pie en otro, el tórax por allá, los testículos muy aparte y junto a ellos un mensaje en una cartulina en el que se leía: “Regrésamelo”.
Aquello no le quedó claro a Tirado. Lo entendió más tarde cuando uno de sus informantes le avisó que el Chacal estaba molesto y andaba buscando al que le había regresado el cadáver.
No tuvo tiempo de escapar: un par de horas después un grupo de pistoleros interceptaron el Tsuru y lo rafaguearon a unos metros del malecón. En esta ocasión la prensa fue la primera en enterarse.
Manuel Aceves es jefe de Información de Luz Noticias zona centro de Sinaloa y es colaborador de TDN Noticias, televisora de Argentina. Ha sido corresponsal de Grupo Radio Fórmula, freelance de RioDoce, periodista televisivo en Meganoticias, trabajó en el periódico Noroeste y ha colaborado en La Pared Noticias, Reporte 18, Radar Sonora, Códice de Baja California, NN Noticias, entre otros, en coberturas de nota roja, temas sociopolíticos, locales, de carácter nacional e internacional.