BONOS NAVIDEÑOS Y OTRAS PREBENDAS

Édgar García Colin

En la ética de los políticos mexicanos, el hecho de recibir bonos sexenales, navideños, prerrogativas fuera de presupuesto y regalos de todo tipo es totalmente válido.

Esto no obedece a la torcedura maquiavélica de sus mentes perversas, como lo quieren hacer ver muchas veces los medios de comunicación o rivales políticos que en su momento no han accedido a dichas prebendas. Todo lo anterior se debe precisamente a la estructura y operación del sistema “democrático” mexicano y a una larga tradición en el quehacer político en nuestro país.

Me explico. Durante décadas el pueblo de México desconoció cualquier mecanismo democrático en absolutamente todas las instituciones a las que de alguna u otra manera ha tenido acceso. Desde la creación de los sindicatos -por ejemplo- hasta las elecciones constitucionales, la participación del ciudadano resultaba ser un mero trámite y solo servía para colocar a los pretensos en turno en los puestos vacantes. Esto se hizo más que tangible cuando de elegir presidentes de la república o gobernadores se trataba, ya que la voluntad del ciudadano se limitaba a votar o no por los candidatos del partido oficial, que durante más de 70 años resultó ser el mismo. Así las cosas, los actores políticos, tenían también que responder a un sistema piramidal en donde en lo alto de la estructura siempre estaba el presidente de la república.

Con esta gris tradición antidemocrática a cuestas, el político mexicano contemporáneo, sea del partido que fuese, entiende que la carrera política es siempre y antes que nada, un proyecto personal, una carrera individual, un desarrollo curricular en donde tarde que temprano se deberá ver reflejado en su status y, sobre todo en su bolsillo, el “trabajo” desempeñado de origen. Entiende el político mexicano que una de sus principales virtudes, para sostenerse en la pirámide, serán desde el principio, la simulación y la falta de pudor: la nula vergüenza.

Todo esto tiene que ser así para poder funcionar, de otra manera no existe la posibilidad de subir en el escalafón; obrar de otra forma dejaría al político en ciernes fuera de la nomenclatura. Actualmente, la idea del beneficio propio sigue permeando en el imaginario de la clase política, de ahí que la obtención de un puesto público se ve inmediatamente como una victoria personal y el resto de los actores que pululan alrededor del “agraciado” verán solo posibilidades económicas en dicha designación.

La democracia, tal y como es concebida desde los griegos, tiene que ver con un ejercicio y un espíritu de servicio auténtico en el quehacer de quienes se desempeñan como servidores públicos. El concepto de que los gobiernos se establecen fundamentalmente para proporcionar a los ciudadanos las mejores condiciones de vida posibles, es la marca auténtica del demócrata. El político pues, en teoría, debe de ser aquella persona que realmente sienta en las venas la cálida pulsión del progreso de la sociedad en general, antes que del suyo o de sus familiares. Este amor profundo por la “Repúblika” es un sentimiento muy, pero muy ajeno a nuestros queridos políticos. Sus objetivos y sus fines no son precisamente los mismos que los del vulgo.

Ahora bien, es muy plausible que de 500 diputados y otros tantos senadores, más de 40 se hayan manifestado por rechazar la “prestación” del bono navideño. Sin embargo el asunto es mucho más profundo que el de aceptar o no, lo que a su juicio legítimamente les pertenece. El cambio radical sería una reforma en el sistema político mexicano en donde se dé cabida a una real participación ciudadana y haya un análisis exhaustivo de los perfiles de todos los candidatos a ocupar un puesto en el servicio público.

La revisión clara de sus aspiraciones a partir de lo que precisamente los pretensos hayan desarrollado como ciudadanos debe ser la prioridad. Y más aún, la democratización de las instituciones pasa por una auténtica transformación de la vida orgánica de las mismas. Secretarías, Sindicatos, Organismos descentralizados, instituciones de salud y un largo etcétera, deben tener a los servidores que mejor se entiendan precisamente con la idea de servir y dar lo mejor de sí a los demás, y no sostener a los políticos rapaces que son colocados para coronar sus ambiciones personales y de sus grupos de poder, que tanto daño le hacen al ciudadano común y a la sociedad en general.

Édgar García Colin

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