El luto colectivo en San Francisco de Asís: Escuinapa despide con rabia e impotencia los féretros de Grecia y su tío Ramiro

Escuinapa, Sin.- El incienso flotaba espeso bajo las bóvedas de la Parroquia de San Francisco de Asís, pero no alcanzaba a mitigar el dolor invisible que la violencia dejó grabado en el alma de Escuinapa.

Hoy, el templo católico se convirtió en el epicentro del desamparo de un pueblo entero que se partió en dos frente a dos cajas: una de madera y otra de un blanco inmaculado, rodeadas por una marea de ciudadanos indignados que abarrotaron las naves de la iglesia para decir basta.

Afuera, el calor de este miércoles aplastaba las calles; adentro, el aire estaba congelado por el llanto de una comunidad que acudió a manifestar su rabia y a cobijar a una familia destruida.

La tragedia que hoy movilizó a todo el municipio ocurrió la madrugada del lunes, cuando la fatalidad y la desidia criminal se cruzaron en el camino de una familia trabajadora.

En la colonia 13 de Septiembre, Grecia Guadalupe, de apenas 14 años, sufrió la picadura de un alacrán. Ante la urgencia de salvarle la vida y la falta de ambulancias inmediatas, su tío Arturo Ramiro y su tía Yessica no lo dudaron: subieron a la menor a una motocicleta para trasladarla de emergencia al hospital general.

Sin embargo, al pasar por una gasolinera en la zona urbana, el destino los arrojó al epicentro de un encarnizado enfrentamiento entre grupos delictivos armados.

Las ráfagas de grueso calibre no supieron de emergencias médicas ni de la inocencia de una niña que buscaba un antídoto; tío y sobrina cayeron muertos en el lugar, mientras que Yessica resultó gravemente herida, convirtiendo un acto de amor y auxilio familiar en una carnicería que hoy estremece a Sinaloa.

Por eso, la despedida en el templo no se leyó en los fríos partes oficiales, sino en los rostros de los muchachos que hicieron la guardia de honor junto a los cuerpos.

El sector deportivo del municipio, compañeros de escuela, entrenadores del Instituto Municipal del Deporte y vecinos colmaron cada banca y pasillo del recinto. Jovencitos vestidos con camisas negras y moños rojos al cuello montaron un respetuoso y doloroso perímetro alrededor del ataúd blanco, asumiendo con entereza el peso de una despedida que ningún adolescente debería vivir.

Al lado, deportistas de las ligas locales miraban al altar sin poder asimilar la pérdida de Ramiro, un hombre entregado a promover el deporte entre la juventud.

En las bancas de madera, el retrato de la menor sostenido con fuerza contra el pecho de una de sus familiares recordaba a todos los presentes la magnitud de lo arrebatado, la crueldad de una vida segada cuando apenas comenzaba, mientras los hombres y mujeres del pueblo permanecían con los brazos cruzados, conteniendo las lágrimas ante la impotencia de saber que nadie está a salvo.

Esta misa no fue un acto de resignación; fue una dolorosa manifestación de indignación colectiva que retumba en las conciencias de una sociedad herida.

En Escuinapa, donde todos se conocen, salir corriendo en la madrugada para salvar a una sobrina debería ser un acto cotidiano de protección, no una sentencia de muerte firmada por la delincuencia organizada.

El llanto en San Francisco de Asís se convirtió hoy en un eco coral, una exigencia implícita de justicia de un pueblo harto de poner los muertos en guerras ajenas.

Cuando los féretros salieron finalmente por el portón principal de la parroquia con rumbo al campo de béisbol municipal para un último homenaje, cientos de personas marcharon a pie detrás de las carrozas bajo el sol, formando una marea humana que acompañó el cortejo hasta el cementerio local, enterrando a sus muertos con una profunda herida abierta en el corazón del estado.

Redacción/LaPared

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