María había llegado a esa edad en la que sentía que no había hecho nada con su vida. Debía haber logrado algo pero estaba tan cansada que ni siquiera quiso plantearse excusas, echarle la culpa a alguien más. Esta era la realidad, su realidad.
El tiempo le había pasado por encima y la había dejado atrás, allá donde quedan las cosas olvidadas, empolvadas, atropelladas por las circunstancias. La existencia misma consistía en sobrevivir, en lograr llegar a la siguiente quincena. El ánimo para hacer más de lo que indicaba un día de sustento se le había agotado. Tampoco en eso tenía caso ahondar.
El futuro se vislumbraba como más de lo mismo. Lo único a considerar era seguir perdiendo el tiempo hasta que éste se acabara por completo, hasta que un día se sumiera en la completa oscuridad del viaje sin retorno y nadie atinara a recordar quien había sido ella.
Llegó a casa deseando que su mente olvidara que estaba tan harta y tan cansada, para enfrascarse en alguna de las películas del especial de Halloween de cada año en la televisión con un tazón de palomitas acarameladas y un vaso de coca cola con hielos. No pedía más. El manojo de llaves se agitó en sus manos. Eran 17 llaves de aquella casa vieja de las cuales sólo servía una, la que abría la gruesa y agrietada puerta de madera de la entrada. Los primeros en cerrarle el paso fueron sus dos gatos negros que había rescatado del abandono el verano pasado. Para esos malagradecidos rechonchos era la hora de comer ya que había llegado la mujer de las croquetas.
Observó junto a la pared contigua las viejas cajas que arrastran llenas de recuerdos de los años vividos. También estaba harta de aquel peregrinar por casas rentadas, sin tener nada propio donde establecerse por fin.
Más allá de la sala, en el modesto comedor que servía de escritorio estaba Ricardo trabajando, aun, frente a su computadora. Había compartido su vida con ese hombre durante los últimos años y aún sentía que ambos se habían conformado en una relación que no iba a ninguna parte, carente de pasión y llena de buenas intenciones, como el resto su vida. No importaba ya, no importaban tantas noches en que deseó que él reaccionara de una forma distinta, que aquello llamado amor fuera perceptible en sus ojos, con el brillo de un fuego que nunca estuvo ahí. Olvida todo, pronto este día también llegará a su fin. Pero no podía juzgarlo como si Ricardo fuera sólo eso, después de todo lo amaba y él la amaba a ella, se lo había demostrado de muchas formas, en especial al asumir esa vida de sobrevivencia a su lado.
María prendió el televisor y se acomodó en el viejo sillón. Ricardo dejó lo que estaba haciendo y la acompañó casi por inercia, era noche de películas de terror. Pasaba los canales en el inconfundible recorrido de Halloween con personajes como Myers, Krueger, Voorhees, inclusive el muñeco odioso de cabello naranja que María no podía comprender cómo logró tantas secuelas. Otros con su versión más ligera para todo público con Scissorhands y Skellington —que también las transmiten en Navidad. Por supuesto, no podían faltar los de posesión demoniaca y la dotación sobrenatural al estilo falso documental. Era eso o un maratón zombie.
Se levantó por la bolsa de palomitas de maíz acarameladas que había reservado de la anterior noche de películas, no sin antes meter al microondas un paquete de palomitas con mantequilla extra para Ricardo considerando que, siempre que van al cine y él le pregunta cuáles comprar, terminan optando por las normales, porque son un poco más baratas y a él le fastidia el sabor del caramelo.
Sirvió dos vasos de refresco con hielo. Y no encontró sus palomitas.
—¿Sabes dónde están mis palomitas acarameladas? —preguntó desde la cocina.
—Se acabaron.
¿Se acabaron? ¿Se las acabó?
El pequeño microondas emitió el característico sonido de fin de ciclo, las palomitas de maíz con mantequilla extra estaban listas. A Ricardo no le gustan las palomitas acarameladas, inclusive evita las comidas dulces y prefiere lo salado o picante. Pero tenía que comérselas, como pasa con otros bocadillos cómodos que evitan pasar tiempo en la cocina preparando algo más consistente. ¿Acaso Ricardo no había comprado esos asquerosos Tetrapak de claras de huevo para hacerse algo sencillo, rápido y “sano”? Eso era lo que él decía cuando María le llamaba la atención al respecto.
Pero no, tuvo que comerse las palomitas acarameladas, esas palomitas de maíz que María había reservado para otra ocasión, para alargar un poco, a otro día, el placer de comerlas.
Una vez más pitó el microondas para avisar que el contenido en su interior estaba listo, pero María no atendió. No escuchaba más. La vida había sido una larga, muy larga secuencia de sonidos de aviso inmediato; el insistente claxon de los automóviles urgidos por llegar a su destino; el checador de entrada y salida que fallaba irremediablemente y tenía que plasmar su huella hasta diez veces mientras detrás de ella se acumulaban empleados desesperados por checar antes del tiempo de tolerancia; la música de ambientación para motivar el trabajo en la oficina, con mensajes especiales para que agilizaran su desempeño; debes abrir la puerta del microondas para que deje de sonar, resonaba en su cabeza la voz de Santiago, el intolerante y compulsivo compañero de trabajo que diario tenía que soportar. Debes colocar bien la tarjeta de salida y esperar a que suene antes de querer abrir la puerta.
Sonó nuevamente.
Determinada, María abrió la puerta del microondas para sacar el paquete inflado de palomitas de maíz. Las vació en un tazón, las preparó y las llevó junto con los refrescos a la sala. Su deseo de ver películas y disfrutar de su botana de caramelo había colapsado. Prefería ver de reojo cómo Ricardo consumía sin pausas las palomitas con mantequilla extra. Trágatelas todas.
—Están muy buenas, ¿qué les echaste?
De dos, de tres y a veces de cuatro palomitas eran los bocados que Ricardo ingería ávidamente. María había dejado de fingir ver la película para centrar su atención en el momento justo en que aquel desgraciado hombre colapsara. Sus pequeños ojos brillaban de expectación. Era cuestión de tiempo para que su garganta empezara a cerrarse por la hinchazón y lo condujera a una muerte segura.
El hijo de puta se comió mis palomitas…
Le divertía pensar que Ricardo nunca volvería a comer algo por simple y llana gula, algo que ni siquiera disfrutaba o le gustaba, que encontró demasiado fácil y a la mano para llevarse a las muelas por pereza. Algo que era suyo y que, como todo en su vida, le había sido arrebatado, porque siempre surgía alguien con más viveza que se aprovechaba de las circunstancias y lo tomaba primero, alguien que se le adelantara.
No había problema, ella sabía esperar, después de todo había esperado una vida entera porque algo sucediera.
Lo vio empezar a ahogarse, toser y agitarse buscando ayuda con los ojos más abiertos que nunca.
Ah, ¿olvidé mencionar que era alérgico al maní?
—Amor, tienes tiempo aún, de aquí a que caigas inconsciente, para conseguir mis palomitas de maíz acarameladas que tanto añoré todo el día, entonces te daré tu inyección de epinefrina.
María siguió cambiando los canales satisfecha al fin, una sonrisa surcaba su rostro, nadie diría que no había logrado nada en la vida. Nadie volvería a adelantársele.
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Eleana Carrasco es una periodista, documentalista y fotógrafa sinaloense que ha trabajado en El Debate, Akáes y actualmente es la editora de la Revista Gente. Tiene dos documentales: El Puente Negro y Memorias de Culiacán, los cuales han obtenido estímulos del Consejo Ciudadano para el Desarrollo Cultural Municipal de Culiacán y Conaculta.
© Imagen Jeanne Moreau en la película Eva, dirigida por Joseph Losey.