Él revivirá los sueños
que te tomó toda una vida destruir.
Nick Cave and the Bad Seeds
–Aquí tengo un demonio–me dijo el hombre colocando un frasco sobre la mesa, en cuya tapa florecía el óxido–. Durante muchos años he tenido tentación de abrirlo para concluir con mi sufrimiento. Pensé que al encerrarlo terminaría la crisis pero, igual que cuando llega el ojo de un huracán rabioso, nada se volvió calma: ¿alguna vez le han impedido dormir los reproches de sus muertos? Cuando el demonio entró en nuestra vida prometió que iba a solucionar nuestras carencias: por eso le dije a mi esposa, con emoción, que finalmente saldríamos de este monte olvidado, que podríamos volvernos ricos y famosos, y aunque ella me miró con recelo, confió en mi visión. Nuestra hija aún era una espiga que brotaba de la hierba, lejos de ser deseada por los hombres. Así que le abrimos los brazos, le brindamos un espacio en nuestra casa y él me contaba sobre el ritmo seductor de la vida de lujos en las ciudades; los espectaculares, sobre los rascacielos, opacando a las estrellas; las fiestas, debajo de estos, dónde las celebridades bailan sin zapatos; yo conocía su naturaleza y, aun así, lo escuchaba con hambre de ilusiones. Hasta la tarde que mi niña desapareció. Primero culpamos a los demás pobladores, aquellas personas que también viven en casas a medio construir; y cuando salí a buscarla y al regresar lo encontré sobre mi esposa, intenté asesinarlo aunque (bueno, usted sabrá) así no se mata a los demonios. Las balas lo atravesaron y dieron contra mi mujer.
–¿Y cómo terminó en el frasco? –le pregunté mirando que no dejaba de acariciar la tapa de metal que, con el tiempo, de seguro ya se habría pegado. La suciedad no me permitía ver el interior.
–Una noche que nos emborrachamos me confesó que temía a los espacios reducidos, en ellos se sentía asfixiado. El frasco fue lo primero que tuve a la mano: ahora me parece ridículo que ésa se convirtiera en su morada. Claro que se resistió: me miró con la misma cara de perro regañado con la que yo lo miré cuando entendí su naturaleza, así que tuve que golpearlo, someterlo, empujarlo; tuve que obligarlo a rendirse ante mi venganza. Desde aquel día han pasado muchas décadas en las que sólo he estado encerrado en esta casa, lejos de los demás, donde todos los días me atormentan los murmullos de mi familia muerta: ¿sabe?, en mis sueños la voz de mi niña me recrimina no haber advertido las señales, haberlas ignorado. Ante esta tortura necesito alguna esperanza: ¿me entiende?
Observó el frasco como si quisiera darle un empujón hacia mí. Pero dudó. Antes de averiguar qué pretendía me puse de pie y hui adentrándome en los kilómetros y kilómetros de oscuridad y silencio, corriendo entre la maleza seca y la tierra, lejos de las atrocidades cometidas por los hombres.
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Sergio Ceyca (Culiacán, 1990). Ha publicado la novela No tendrás perdón (ISIC, 2018). Estudió leyes en la Universidad Autónoma de Sinaloa. Fue beneficiario del Programa de Estímulos para la Creación y el Desarrollo Artístico de Sinaloa durante 2018. Se ha desempeñado como reportero en diversos medios electrónicos como Primera Plana Portal y Plumas Atómicas al tiempo que ha colaborado en algunos impresos como Milenio Cultura y La Jornada Semanal. También ha publicado relatos en las revistas Radiador y Tierra Adentro. Actualmente es editor de la sección cultural de La Pared Noticias y becario en la categoría Jóvenes Creadores del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes (Fonca).
© Ilustración de Carolina Limón.