Ataúd y mediodía | “Elisa”, de Jafet Guerra

Julia conducía fumando en una vieja carretera que a nada estaba de desdibujarse. Atravesaba poblados de antaño que mezclaban el olor de la leña con el de su tabaco, y que poco a poco se disipaban en el aire. Era una ruta que desde mucho tiempo atrás se encargaba de guiarla a casa, después de visitar a su hermana.

La luz del atardecer le golpeó los ojos. Deslumbrada, apagó con la lengua su último cigarro y tanteó en la guantera en busca de sus lentes. Encontró un cubo rosado. Al examinarlo por encima del volante, se sorprendió al descubrir un joyero musical asi como la sensación de incomodidad que le transmitió.

Una manija torcida sobresalía de la caja, Julia la giró sosteniendo la caja con una sola mano, y una bailarina de plástico amarillento comenzó a bailar. Parecía una pieza desagradable, de esos juguetes que se regalan a falta de creatividad y de buen gusto y que al final siempre acaban rematándose en un bazar. La radio del vehículo se encendió, las bocinas emanaron un ruido lastimoso similar a la herrería cuando es golpeada, desbastada. Julia apagó la radio, pero en lugar de cesar, los chirridos se dilataron, moldeando su voz y la de su hermana:

—¿De dónde sacaste esto? —Julia se recordó en la sala de su hermana, el día que el joyero llegó a sus manos. Tenía la voz irreconocible, inhumana.

—Saqué este joyerito en los cajones de mamá.

—¿Es aquél dónde metió los cabellos que quedaron en la almohada de papá?

—Ese mero. En vida ni se aguantaban, pero cuando se nos fue, que siempre sí lo quería.

—Cómo son las cosas, ¿no?

—¿Creerás que todavía funciona? Le cambié las baterías, le di una buena talladita al oxido y puse a bailar a esta princesa. ¡Me salió mi lagrimita al escuchar al Beethoven!

—Y tanto que la odiábamos. A mamá le dio por hacer girar a la bailarina a la hora de la cena, hasta que se dio cuenta de que de tanto abrirla los cabellos de papá se le habían escapado.

—Yo creo que por eso se nos murió, quería irse para arrancarle unos cabellos más a papá. —Por un instante la voz de su hermana fue reemplazada por el estrépito de innumerables casquillos y resoplidos agitados. Julia giró la perilla del radio y volvió a la conversación. —La verdad es que todo esto me hizo pensar en mi sobrina, con eso de que aún no te decides por el…

—¡¿Otra vez con lo mismo?!

—Julia, no te pongas así

—¡Pues no me pongas así!

—Perdón, pero ¿cómo que quieres ponerle a mi sobrinita como a la madre del cretino de Pe…pe? —el sonido en las bocinas se entrecortó con los chirridos.

­—Todavía no … decidimos, pero cualquiera que sea será decidido… los dos.

—¿Cómo puedes seguir con … cucaracha? ¿Qué diría mamá si… que lo sorprendiste con…

—¡Cállate! ­

Su grito en la radio se acrecentó, distorsionándose en el ruido metálico. Sentía que los tímpanos se desgarraban y antes de que la cabeza le explotara un silencio absoluto la envolvió.

En la carretera el sol casi se extinguía. Julia se dio cuenta de que manejaba en sentido contrario y que un tráiler se aproximaba a toda velocidad. Volanteó culebreando sobre la línea que dividía los carriles y recuperó el control, en el acotamiento. Redujo la tensión junto a su velocidad, se detuvo y encendió las intermitentes. A su mano derecha le faltaban tres uñas. La manivela del joyero, que estaba en el asiento del copiloto, giró y la bailarina bailó la marchita versión de Für Elise de tal forma que ella y el joyero se volvieron objetos independientes. Los colores del cielo cambiaron como si gigantes gotas de pintura naranja se escurrieran en una pared, desde lo más alto hacia al horizonte. Los faros del vehículo se encendieron iluminando a un caballo café que estaba de espalda, con la cabeza torcida en dirección a Julia. El potro golpeaba los casquillos de sus patas delanteras, sacudía la cabeza presumiendo su hermosa crin negra. En la cola tenía una trenza que se tensaba hasta la punta y llegaba al suelo, cerca de un bebé que gateaba.

El bebé se sentó esforzándose en sostener el cuello, extendía los brazos buscando consuelo. Julia advirtió se percató de que en su pecho se desenvolvía el instinto maternal. Desabrochó el cinturón y, antes de abrir, la puerta la cola del caballo se enrolló en el cuello del bebé. El animal empezó a trotar, Julia pisó el acelerador. Pronto se daría cuenta de que a nadie parecía importarle ver a un caballo arrastrando a un bebé con brutalidad seguido de una mujer que manejaba desquiciadamente.

La bailarina saltó del joyero al tablero del coche, Julia gimió aterrorizada e intentó aplastarla, sin éxito. La radio se encendió:

 —Pepe ya te dije que solo es un cliente —Del transmisor se escuchó una discusión que había tenido con su esposo, en casa de su hermana.

—Sí, pero tú das esa confiancita. ¿Y esta chingadera? ¿Otro de tus clientes? —Julia recordó a su marido encontrando el joyero en su equipaje.

—No, Pepe, es de… putitas que te… cogiendo en nuestra cama.

La radio disolvió las voces en el ruido de la herrería infernal. Julia sintió un dolor en la cabeza igual o peor al ocasionado por un batazo. Conducía a máxima velocidad, con el caballo adelante. El cielo, ahora rojo, brillaba con intensidad. A la bestia se le descascaraba la piel y los músculos; en su espalda un par de enormes alas agujereadas le brotaron. El bebé gemía desesperado, sus magulladuras le cubrían todo el cuerpo. Julia le imploró al caballo que se detuviera y él no hizo más que acelerar. Las alas negras del caballo se extendieron, ondeando en cada galope. El aire en el ambiente se adelgazó, saturándose con electricidad que reventaba en forma de rayos. La piel se erizaba, chispeaba al roce. El potro despegó del suelo, sus aleteos arrojaron ventarrones que sacudían los árboles a los costados. La bestia se elevó alto, hasta donde el parabrisas permitía ver; su carne se desprendía en trozos, destrozándose en el asfalto y en el capó del coche. El bebé colgaba amarrado del cuello, tenía la piel morada y se retorcía aullando de dolor. Un olor a plástico quemado se esparció en el vehículo, Julia vio a la bailarina sacudiéndose con fuertes espasmos en el asiento de al lado, la cara se le derretía bañándola en un líquido blanquecino y grumoso. Los cristales del vehículo se resquebrajaron al encenderse la radio:

—No sé que…  te diga Pepe, ya te lo mostré todo ¡y sigues sin creerme! pues al carajo… lo que quieras… esta es la… vez que me avergüenzas con mi hermana —La radio reprodujo su última pelea con Pepe, regresaban de casa de su hermana.

—Debí confundirme de hermana. Embaracé a la amiguera.

—¡Jódete! ­—Julia recordó aventarle el joyero a su marido.

En la radio se escuchó el derrape del automóvil mezclado con alaridos metálicos. Julia lloraba desolada mientras el caballo se convertía en un monstruo esquelético que volaba con el corazón expuesto. El bebé comenzó a caer dando vueltas por la fuerza de la trenza al desenrollarse.

Julia mantuvo su vehículo en dirección del bebé; el potro se despedazaba en el cielo carmesí del que brotaban un sinfín de nubes doradas que se apretujaban como si el espacio celeste no fuera suficiente. Finalmente, el bebé rompió el techo del auto con su caída, deshaciéndose en una masa de piel, cabellos y sangre gelatinosa sobre Julia. El vehículo se estrelló contra un árbol arrojándola por el parabrisas.

El joyero seguía sonando. Pepe sollozaba desamparado en la orilla de la carretera abrazando su cuerpo; revisando su pulso mientras le decía que todo estaría bien.

Pero Julia no escuchó eso, ni la ambulancia y patrullas acercándose ni mucho menos la bulla de la gente que la rodeó para alimentar su morbo; pues en su cabeza solo quedó espacio para el fragor del joyero. Harta de la cajita musical se puso de pie dejando tendido su cadáver y el de su bebé, que tintaba de sangre su vestido. Un fragmento de cristal en el pavimento reveló una protuberancia en la frente del espectro de Julia, se movía hinchando su piel y deformándole la cabeza. Quiso aplastarlo a puñetazos, pero terminaba abombándose en otra parte. Julia tomó un vidrio y laceró la sesera hasta rebanar el bulto junto un cacho de piel con cabellos, en la nuca. Lo retuvo en su mano. Apretó el puño haciendo un plasta de fluidos y pelos que escurrió de entre sus dedos dejando solamente a la bailarina de plástico, que se contorsionaba chillando como bebé. La regresó a su joyero cuidando que no se le escabullera y lo cerró silenciando la música.

La policía llegó a delimitar el área del accidente, los paramédicos se enfocaron en atender a  Pepe y comprobar el estado del cuerpo que Julia dejó de reconocer como propio. La gente, la brisa, los árboles y todo a su alrededor empezó a moverse a una velocidad inverosímil;. Julia, mareada, tapó el rostro con las palmas y deseó irse a casa. Cuando reunió el valor suficiente para mirar se encontraba sentada frente al volante de su vehículo que ya no tenía ni un rasguño. Satisfecha, encendió el motor, guardó en la guantera una caja rosada, que descansaba en el asiento del copiloto y sacó su último cigarro.

Minutos más tarde Julia conducía fumando en una vieja carretera que a nada estaba de desdibujarse, atravesaba poblados de antaño que mezclaban el olor de la leña con el de su tabaco y que poco a poco se disipaban en el aire, al igual que sus recuerdos.

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Jafet Guerra Ávila (Mérida, Yucatán, 1993) Ingeniero civil egresado del Instituto Tecnológico de Mérida. Actualmente trabaja en la Secretaría de contraloría general del estado de Yucatán como auditor de obra pública.

© Imagen del video “Karma police”, de Radiohead.

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