Ataúd y mediodía | “El Ahogado”, de Erick Arteaga

Cada año, en las fiestas de Todos los Santos, viajo a mi pueblo para visitar a mi familia y amigos. Xantolo, como le decimos en Veracruz, es una tradición que se festeja en Tempoal, un pequeño municipio ubicado al norte del Estado.

Cuando era niño, mis abuelos me contaron historias de terror y de fantasmas que ocurrían en la celebración del Xantolo y que solían asustarme. Ahora ya de grande, pensaba que solo eran simples palabras.

Aquella noche parecía de lo más ordinario. Observaba la danza y los cantos típicos, las calaveras bailaban y cantaban, había comida y el pueblo estaba pintado de fiesta. En la plaza principal era donde la gente solía reunirse y celebrar a sus difuntos seres queridos. Era hasta entrada la madrugada que todos regresaban a casa, incluyéndome a mí.

En un pueblo rodeado agua, para regresar a casa tenía que cruzar por un gran río. Por las altas horas de la noche, no había nadie quien pudiera ayudarme con un bote a cruzarlo. Con unos tragos encima, decidí llegar al otro lado por cuenta propia. Me quité las botas y la camisa y me sumergí en el agua con el brazo izquierdo extendido hacia arriba para evitar que la ropa se empapara mientras que, con el otro, nadaba rumbo a la orilla. El agua estaba tan fría que sentía cómo los dedos se congelaban y la piel se ponía de gallina. Era un tramo largo para ser cruzado y un poco hondo para quienes no supiesen nadar, aunque eso no era problema para mí. Desde pequeño aprendí en este mismo río.

A mitad de camino noté que una brisa extraña golpeaba las hojas de los árboles y los hacía moverse con furia. Pensé que una tormenta estaba a punto de iniciar y yo aún me encontraba dentro del agua. El silencio del río me puso incómodo y me hizo querer llegar a tierra lo más pronto que fuera. De repente, una especie de nubosidad invadió mi alrededor y estremeció mi ser. Pude notar cómo la neblina se tornó más densa con el pasar de los minutos hasta el punto de perder de vista el otro lado del río. La única luz presente era el resplandor de la luna llena que me iluminaba la cara como lo hacían las lámparas que había en la plaza. Mientras nadaba, escuché un extraño ruido e imaginé era el sonido del río cuando sumergía el brazo para impulsarme, pero noté que algo más estaba oculto.

Lo que parecía una extraña sombra oculta en la neblina por detrás de mí, emergió de la profundidad del río, ocasionando que al agua se alborotara para después sumergirse de nuevo. Tuve la sensación de angustia porque había algo acercándose hacia mi ser, por pensar que un animal estaba a punto de atacarme, pero al observar detenidamente, me di cuenta de que la silueta era la de una persona y que estaba persiguiéndome. Solté mi ropa y con ambos brazos intenté llegar a la orilla con rapidez, hasta que esa extraña figura me tomó por los pies y con violencia logró sumergirme dentro del río. Ahogado en gritos, peleé con todas mis fuerzas para liberarme de aquella cosa que habitaba en el agua. El aire me hizo falta y pensé que me quedaría ahí atrapado, pero corrí con suerte al darme cuenta de que unas personas escucharon mis gritos y acudieron a mi auxilio.

Estaba agotado, agotado hasta no poder más por aquel susto de mi vida. Cuando por fin me rescataron y me llevaron a la orilla, mi corazón palpitaba y mi vista estaba nublada, aún sentía la agonía, esa sensación me de pánico en mi espíritu por saber que era perseguido.

Asustado, les conté a ellos lo que me había ocurrido y con una cara seria y delirante, me hablaron sobre el Ahogado, una extraña presencia de alguien quien perdió la vida en ese mismo lugar y cada año durante la madrugada, por las fechas del Xantolo, se aparece por los alrededores de ese río.

Esas palabras me estremecieron. No podía digerir lo que había ocurrido. Al regresar a casa, mis manos continuaban temblando y mi aliento seguía seco por el último suspiro de supervivencia en el río. Al pueblo no volví jamás y nunca volví a nadar en un río. Mi mente reprodujo la imagen del Ahogado durante aquella noche, robándome el sueño por saber que estuve cerca de ser quien lo acompañe en esas aguas frías y desoladas.

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Erick Arteaga (Veracruz, 1994) es licenciado en Criminología y Criminalística especializado en Documentoscopia, Grafoscopía y Dactiloscopía. Además, es egresado de la Licenciatura en Lengua Inglesa. Ha colaborado en líneas de investigación a través de instituciones particulares y formó parte de la Fiscalía General del Estado de Yucatán en calidad de meritorio. Tiene gusto por el deporte, la escritura, fotografía y guitarra. Esta es su primera publicación.

© Con imagen de la película El espinazo del diablo, de Guillermo del Toro.

 

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