Al Tiburón lo conocí en el Tío Pepe, una noche de mi pronta juventud en que intentaba devorarme todos los libros, todas las historias, todas las cervezas, todas las putas y todas las tristezas. El hombre era un borrachín bonachón, que compartía hasta su última botella con sus amigos, y una tarde en que lo encontré solo en una mesa de la cantina me leyó sus poemas.
Murió hace tiempo El Tiburón de un asma bronquial que nunca se cuidó. Fue una enfermedad miserable, crónica, que lo redujo a pura mierda, pero nunca, hasta su muerte, se le quitó lo borracho.
–¡Adiós, poeta! –, me gritó la última vez, recargado en la pared del Edificio Toledo, por la calle Antonio Rosales, a espaldas de Correos de México.
Se caía de ebrio. Voz en cuello, hablaba de la Santa Poesía, con mayúsculas, a la que siempre quiso poseer como se posee a una mujer.
–Adiós, Tiburón, ¡que vivan las putas! –le solté, para unirme a su coro atrabiliario.
El Tiburón me sonrió, tal vez, no sé, lloró.
Todas las noches, invariablemente, esperaba el camión de la ruta San Miguel que lo llevaba a casa, en la colonia Buenavista.
Por el día, se dedicaba a bolear calzado. Cargaba a cuestas un cajón de bolero donde traía papeles viejos donde anotaba sus versos, sus penas, sus elucubraciones de hombre desorientado por la bebida y la miseria.
Lo conocí por el poeta Víctor Antonio López Gómez, alias Víctor Luna, The Vick Moon, alias El Puerco, y su compinche Rubén Rivera, el primero autor de Alegría del huérfano, y el segundo de Al fuego de la panga. Ambos, considerados por mí, amigos por amigos, y no por poetas.
Habría que ver a estos insólitos borrachos en la cantina, resolviendo el mundo, preconizando la muerte del espanto, envueltos en un hedonismo bárbaro, un ritual del gollete con lecciones del mal vivir, pesadillantes de las buenas conciencias del arte y la cultura en Culiacán.
Siempre tuve la impresión que El Tiburón quería ser poeta por ellos dos, sus amigos selváticos. En términos estrictos, nunca fue vate. Garabateó algunos pensamientos, leyó unos cuantos libros que le hacían llegar sus amigos, y la tarde en que conocí sus escritos, había entrado al Tío Pepe en busca de algo de compañía y de unas Pacífico, entonces la cerveza reglamentaria que exigía el manual.
Estaba solo y un poco borracho. Ya había cumplido con la faena del día, de bolear algo de calzado, unas cuantas monedas para ganarle el paso al tren de la necesidad.
Yo todavía debía estar en la universidad, pero había veces en que me escapaba para beber unas botellas en alguna cantina hedionda del centro.
El Tiburón me invitó a su mesa. Me ofreció, además, unas cervezas. Me sorprendía que el pobre hombre no tuviera para comer pero sí para invitar a un indigente como yo a embrutecerse. Daba igual, él también era un bruto.
Tenía unos papeles arrugados sobre la mesa. Parecía que antes de mi llegada escribía algo, pero no lo quise interrumpir, y opté por escaparme por la ventana, mientras él garrapateaba letras ininteligibles.
–Poeta (siempre adoptaba esa pose de mamarracho del Víctor Luna cuando estaba borracho) –me gustaría que leyeras uno de mis poemas; yo sé que soy un ignorante, que no sé nada, mis amigos me prestaron unos libros, quiero escribir bonitos poemas.
Más enfadado que interesado, intenté echarle una ojeada a sus escritos, pero me consumía la impaciencia de no conocer su obra.
Le pedí que mejor me la leyera, así sabría si tenía alguna vena de poesía. En realidad, a esas alturas sólo pensaba que El Tiburón era un mal remedo de sus amigos, acostumbrados a deleitar a los parroquianos del Tío Pepe con gritos, imprecaciones y malabares de malditos. Pero él era diferente.
Leyó el primero. Una tontería sobre una abeja que volaba en mitad de la cantina y fue aplastada por un borracho idiota. Ahí terminó la pinche abejita, en el piso sucio del local, entre gargajos, servilletas, cáscaras de limón, bolsas vacías de cocaína, miados, semen y mierda de la gente que llegaba a beberse la vida, la tristeza.
El segundo poema no lo recuerdo, pero tenía las mismas características, otro insecto cuya vida terminaba mal.
–Pinche Tiburón, son mamadas esas –le dije.
–Es que me inspiró una abeja que murió. Así se va la vida.
Continuó en la lectura. Pero al llegar al tercer poema, entonces sí por primera vez creí que todo mundo, como lo pregonó Bretón, puede llegar a ser poeta.
No recuerdo todo el texto, en él hablaba de los últimos días de su padre, alcohólico también. Las últimas dos líneas eran una imagen que conservaba de él en su infancia.
Las reproduzco aquí, a cierto tiempo de la muerte del Tiburón, como una especie de homenaje, para recordar al hombre bonachón que murió por las cantinas:
Mi padre, embrutecido, se apoyaba en el barandal de la casa,
donde estoy ahora.
Mi corazón, ahora niño, lo mira sonreír de nuevo…
–A la fregada,Tiburón, te la rifaste.
No creyó la alegoría del elogio, pero se alegró al fin y al cabo porque quería publicar sus versos en la revista Centauros, de Luna y Rubén, pero de oscuro financiamiento.
Ya no recuerdo más diálogos con el bolero. Ni en la cantina ni en la calle ni en ningún otro lugar. Todo lo demás se pierde en la oscuridad de mi memoria.
Muchos meses después, una noche de parranda en Los Portales, Víctor López Gómez leyó algunos de sus sonetos dedicados a los amigos muertos.
En vida, nunca supe el nombre del Tiburón, pero cuando leyó el soneto que le hizo Víctor, supe que se llamaba Sergio Castro.
Puedo decir que me consternó, pero fue algo parecido lo que sentí cuando supe la noticia, ello en virtud de que al momento en que conocía el nombre de Tiburón sabía de su muerte.
En los últimos semestres de Letras hispánicas, la carrera que cursé, yo había escrito un cuento cuyo personaje era alguien parecido al Tiburón, pero le inventé una historia diferente, pero similar. Por eso me puso triste su muerte, tan desvalida y miserable. Puto destino.
Al Tío Pepe ya no había vuelto, hasta en épocas recientes. Durante años dejé de ir, tal vez por no encontrarme a los poetas malditos o a sus fantasmas. Regresé la vez pasada con López Gómez. Estaba Lázaro, un albañil del sur, maestro del enjarre y el tabique.
La cantina ya no es la misma sin El Tiburón. Falta su puta mirada describiendo a la imbécil abeja aplastada en el piso sucio, de nuevo con gargajos y rebosando de mierda.
Martín Durán/La Pared