Un día –era una mañana calurosa- se asomó por los visillos de la ventana que da a la avenida Álvaro Obregón, y descubrió que encima de la cantina clausurada habían puesto un anuncio espectacular de un candidato a la alcaldía.
No le tomó importancia, eran los tiempos de campaña. Basura electoral por aquí, promesas en la fosa común de las buenas intenciones.
Preparó café y desayunó con la radio encendida, en donde cada cinco minutos se escuchaban anuncios de los candidatos. “Fulano es el mejor”. “No, Sutanito quitará la pobreza”. “Mi gallo pavimentará su calle”.
Los anuncios se sucedían unos a otros, con un triste desapego de la realidad, con entrevistas tersas a los prospectos a gobernar… desgobernar.
“Dígame, señor Candidato: ¿Qué se siente haber nacido en pañales de seda y ahora abrazar a los niños pobrecitos de los barrios pobres donde nacen y mueren los sicarios?”.
La exaltación del valor, la honestidad y el heroísmo trasnochado. “Vote por el Padrote”… “Mi Permutador sí le cumple”. “El cuñado del narco es el mejor”. Nombres que se suceden unos a otros, como en una orgía terrible donde la gente de a pie es más que un simple espectador.
Harto de la radio y sus mensajes subliminales, salió a la calle. Por fortuna, la música-ruido de los camiones urbanos aún no había sido sustituida por propaganda infinita.
En los postes del alumbrado público, rostros optimistas se propagaban por toda la avenida, con sonrisas altaneras y maquilladas para el público. Siempre un pendón tras otro, como en un desfile de caras agónicas que multiplican el horror.
Dios debió ser político, reflexionó: Eso de prometer el Paraíso no es de una Divinidad, tiene que ser político.
En el centro de la ciudad, la plaga era creciente: automotores con altavoces ampliaban el estruendo subliminal, chicos en bicicleta duplicaban el espanto. Los periódicos no hablaban de otra cosa que de los candidatos y sus promesas huecas. No hablaban de su ignorancia, que a momentos no es más que la ignorancia del pueblo.
Como ladrones de la alegría que son, las calles se inundaban de una propaganda insoportable, toneladas de basura que doblegaban a las azoteas con sus afiches espectaculares.
Y así, día tras día, levantase, mirar por la ventana el rostro pecoso del candidato, iluminado por los primeros haces de luz del sol naciente; encender la radio y escuchar el vocifero profundo de los comentaristas y de las entrevistas simuladas.
Qué hacer. Nada. Atrapado en una ciudad, ni el campo es buena opción: campesinos que portan playeras con las insignias de los suspirantes, un sinfín de objetos que sólo repiten el esperpento.
Los altares son cambiados por los templetes donde se trepan grupos musicales y los hombres que buscan el poder, desde donde, cual predicadores de la agonía, intercambian nuevamente espejitos por oro. El “yo les prometo” es lo mismo que el “yo pecador”. Mesías de bolsillos, ellos, los ladrones de la esperanza, llegan a los pueblos y arrasan con la felicidad de la gente.
Toman ciudades y tribunas; la promesa se convierte en una verdad incuestionable. El sueño en realidad…
Un día quiso olvidarse de todo y decidió perderse en ese mundo virtual que es Internet. Buscó un video de música antigua, refugio a donde todavía no había llegado la propaganda infinita.
Pero cuando echó a correr el Youtube… el señor Candidato estaba ahí. Molesto Salió de su departamento. Quería alejarse de toda esa orgía proselitista, y recordó que el poste de los alambres telefónicos de la esquina todavía estaba virgen, libre de todo pendón.
Oh, terrible verdad. La plaga estaba ahí, en forma de propaganda, colgada del poste donde él y los vecinos solían poner las bolsas de basura para hacerlas inaccesibles a los perros. Ya no se marcharía para siempre.
Semanas más tarde, sumergido en la amargura de la plaga, escuchó en la radio que la campaña había terminado. Con una alegría primigenia, como si se tratara de la primera lluvia de la temporada salió a la calle, para ver el milagro… Pero el drama se asentó más cuando vio, con perpleja tristeza y espanto, que la plaga seguía ahí.
Por Martín Durán
Tu personaje me recuerda a alguien muuuuuy cercano a mí jajaja